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Un contrato con el millonario

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Blurb

Alicia Mendoza, después que su padre muriera y su madre la abandonara por culpa de las drogas, trata de  salir adelante como una joven independiente. Sin embargo, después de un año esta ahogada en deudas. Un día un cliente de la cafetería donde trabajaba le propone firmar un contrato para tener sexo a cambio de ayudarla con sus problemas financieros. Ella al comienzo no acepta, pero el destino la obligara hacerlo.

 

Alessandro, no busca una relación seria, no cree en el amor. Pero ambos protagonistas no podrán evitar enamorarse. No obstante, él no aceptará sus sentimientos lo que provocará que Alicia tome una decisión dolorosa ¿Quieres descubrir que pasara? Te invito a leer esta historia.

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Capítulo I
Veo mi reloj. Salgo del departamento y pronto llego a mi trabajo. Entro a la Cafetería Rodríguez mientras me dirijo a la barra, donde está mi jefa esta secando unos vasos. —Hola, señora Rodríguez—digo cuando alcanzo finalmente la barra. —Hola, linda —responde cariñosamente. —¿Cómo ha estado el día? — pregunto. —Tranquilo —dice ella. Pero su voz trata de ocultar su preocupación, el negocio no ha estado muy bien por un par de meses—. Necesito hablar contigo antes del cierre—me comunica. Trago en seco porque se que ella me dirá que la cafetería cerrara para siempre. Nerviosa y preocupada de mi fuente de ingresos me pongo mi delantal y comienzo a trabajar. Minutos después ingresa un cliente, el primero en ingresar a la desierta cafetería, se trata de un hombre. Lo observe durante unos instantes, fijando mis ojos en su rostro de pómulos marcados y mandíbula cuadrada. Es alto, de espalda amplia y los músculos se le marcan a la perfección bajo el traje n***o que lleva puesto. Lo inspecciono con la mirada detenidamente. Cuando me encuentro con sus impactantes ojos azules trago saliva. —¿Me puede preparar un café solo sin azúcar, por favor? —me pregunta. Su voz es grave y profunda. —Sí —respondo—. Enseguida se lo llevo a la mesa —indico. —Gracias —dice con seriedad. Se aleja con dirección a una de las mesas del fondo. Comienzo a preparar el café. Después de unos minutos esta listo. —Aquí tiene —digo, interrumpiendo su concentración frente a los documentos que está leyendo. Levanta el rostro. Su mirada de ojos azules vuelve a clavarse en mí. —Gracias —dice él. —De nada —murmuro. Mi vista se desliza involuntariamente hacia él, que ha vuelto a centrar su interés en los papeles que tiene en la mano y que, desde luego, parecen ser más interesantes que cualquier cosa que pueda haber a su alrededor, incluida yo. Aunque tampoco entiendo por qué pretendo llamar su atención. ¿En qué cabeza cabe que un hombre como él va a fijarse en una chica como yo? No tengo características físicas destacables. Mi cabeza es color caramelo que la mayoría de las veces sujeto con un moño descuidado. Mis ojos tienen una tonalidad verde. Al final del día, mi jefa me comunica que la cafetería cierra sus puertas definitivamente dentro de tres días. Era algo que me esperaba, pero pensé que tendría mas tiempo. Estoy oficialmente estoy sin trabajo, debo dos meses de alquiler del departamento en el que vivo y para arreglar la situación mi cuenta del banco está en números rojos y el periodo académico está a punto de comenzar. ¿Con qué dinero voy a pagar la matrícula ¿Por qué la vida tiene que ser tan complicada?, me pregunto impotente. ¿Por qué mi jefa tiene que cerrar? ¿Por qué yo no puedo tener una vida normal como cualquier chica de veintidós años? ¿Por qué todo tiene que ser una mierda? Suspiro lastimosamente y hundo la cara entre las manos. Quiero que me trague la Tierra. *** El día del cierre llegó. Mi jefa, no pudo darme el dinero que me debe completo. Me despido de ella con un abrazo después de cerrar las puertas para siempre. Camino por la acera sumergida en mis pensamientos, pero de repente siento un dolor en mi cuerpo, había chocado con alguien. —Disculpe, no fue mi intención—digo de inmediato. —¿Esta bien?—esa voz me resulta familiar, volteo y veo que es el cliente de ojos azules que atendí el otro día. El corazón comienza a latir más rápido en mi pecho. Siento mis mejillas húmedas, no me había dado cuenta que estaba llorando. —Sí —me apresuro a responder. —Perdóneme que insista —dice. En el tono de su voz no hay atisbo alguno de calidez o de afecto— pero, ¿está segura de que está bien? Su interés me descoloca profundamente. ¿Por qué razón habría de contarle a un desconocido el desastre que tengo por vida? ¿Que a este paso acabaré viviendo debajo de un puente? Sin embargo, antes de que pueda impedirlo, estoy hablando como si mi boca estuviera rota y las palabras saltaran de ella sin que yo pudiera impedirlo. —La cafetería cerró —comienzo a decir atropelladamente—. No tengo trabajo, debo dos meses de alquiler más una montaña de facturas y tendré que dejar la universidad porque no puedo pagar las... —al ver que estoy hablado demasiado deprisa decido callarme—. ¿Por qué le estoy contando todo esto? —digo de pronto. —Me está contando todo esto porque se lo he preguntado —dice como algo obvio. Su respuesta me deja sin palabras. Su manera de hablar; seria, autoritaria y... sexy, tremendamente sexy, me deja paralizada. No obstante me obligo a decir algo. —Ya sé que me lo ha preguntado —digo ciertamente molesta por su arrogancia—.Pero sigo sin saber por qué habría de interesarle lo que me pasa. Su mirada intrigada se vuelve insistente y pertinaz en mi rostro, como si estuviera diseccionándolo, o viéndolo a través de unas gafas de rayos X. Su escrutinio me hace sentir incómoda. Tanto que carraspeo tan fuerte que me hago daño en la garganta. ¿Este hombre produce ese efecto en todo el mundo, o solo en mí, que soy idiota? —Me interesa porque quizá pueda ayudarla —afirma en tono tajante. Trago saliva. ¿Ha dicho ayudarme? A lo mejor puede ofrecerme un puesto de trabajo, o recomendarme a algún empresario. —¿Ayudarme? —repito, intentando mantener la compostura. Mi situación es desesperada, pero no tengo que parecer que lo estoy, aunque mis ojos chispean con un brillo de renovada esperanza que no puedo controlar. —Sí —afirma contundente. Y su monosílabo me levanta el ánimo de golpe. Se abre un poco la chaqueta del traje gris que lleva y que le sienta como un guante y saca del bolsillo interior una tarjeta. Extiende el brazo y me la ofrece. Sus dedos son largos y elegantes—. La invito a tomar un café, en la repostería Balicios, mañana por la mañana señorita... —Mendoza—completo. —Señorita Mendoza—la estaré esperando—dice— . Estoy Seguro que podemos llegar a un acuerdo. Por cierto mi nombre es Alessandro —agrega. —Gracias —digo. Aunque intento que mi voz suene segura, no lo consigo. Y en cambio sale de nuevo tímida y algo torpe. Contengo la respiración en los pulmones mientras Alessandro alza la intensa mirada azul y la clava en mis ojos. —Puede darme las gracias después de mañana—menciona. —Sí, es verdad —titubeo. Durante unos segundos se queda mirándome en silencio, con tanta fijeza que llega a intimidarme. —Nos veremos pronto—dice, luego da pasos y cruza por mi lado izquierdo. Realmente no estoy segura si confiar en alguien que no conozco ¿si resulta ser un violador o asesino en serie? Descarte esa idea loca. No tiene pinta de serlo. Además no pierdo nada con asistir a la cita con él. Con una decisión tomada continuo con mi caminar.

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