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—¿De verdad te dieron el puesto? —pregunta Melissa, mientras bebía una taza de café.
Estaban, en la casa de Sofía.
—Sí, la verdad es que está muy feliz de haber conseguido el puesto.
—Me alegra que lo vayas conseguido.
—¿Qué harás con Ana? —le preguntó de pronto a Sofía a Melisa.
Ella, siempre se había encargado de cuidar a su sobrina postiza, ahora que trabajaría eso, cambiaría.
Miró con un poco de pena a su mejor amiga, sin embargo intentó pensar alguna idea.
—Lo lamento —dijo y Melisa negó.
—No te preocupes además la semana que viene ya empiezan las clases. Así que podré trabajar tranquila.
—Está bien.
—Tú has hecho demasiado por mí Sofía, así que no te preocupes de verdad.
Asintió , miró a su mejor amiga con una sonrisa y ambas se miraron un segundo. En el transcurso del día. Todo estaba igual, el cielo se encontraba estrellado, y la luna tenía un aspecto verdoso.
Le daba curiosidad.
Se inclinó sobre sus codos en el balcón, preguntándose cómo le iría mañana.
Al día siguiente amaneció muy temprano; llevaba puesto una camisa blanca, una falda tubo, le llegaba hasta las rodillas.
Dus pasos fueron decididos, mientras acomodaba todo con bastante cuidado.
Algo en eso le recordó a Emmanuel, su antiguo amor . Quien había amado durante tanto tiempo, y ahora ya no estaba.
Nunca más pudo encontrarlo. Por más que lo buscó y llamó a la policía.
Algo se lo había tragado, había desaparecido.
Habían estado juntos por cuatro años, Sofía siempre pensó que él le había pasado algo.
Suspiró, y Melisa tenía razón y se había ido con otra mujer. Cuando terminó de acomodar el escritorio, ingresó a su pequeña oficina, quedaba abriendo la puerta de al lado.
Su jefe, ingresó con un café en la mano, y a ella se le hizo agua en la boca tenía hambre, no había desayunado y sus tripas protestaron.
—Si quieres puedes ir a la cafetería a beber un café, pero apresúrate —ordenó su jefe, y ella asintió completamente avergonzada.
—Lo lamento —dijo y huyó.
No pudo salir de la oficina, sus blazer se había quedado atorado la manija de la puerta.
Casi se cayó, pero se puso de pie.
—L-lo lamento —dijo para después huir despavorida.
En la cafetería, nadie la observaba, estaban todos concentrados en su pequeño mundo y eso ella lo agradecía.
Siempre había causado un poco de curiosidad, con su cabello rubio y con bucles rebeldes.
Se había acomodado de tal manera de tener un rodete. Cuando llegó a la oficina, lo hizo con más energía.
—Señorita, ahora que la tengo frente a mí, quiero que lleve estos documentos, al departamento del frente .
—¿Cómo... cómo llego? —preguntó un poco confundida .
—Tiene que preguntarle al portero. Después de llegar a la planta baja, tiene que caminar y está al frente —dijo como si fuera lo más obvio.
—Lo lamento —dijo y se escabulló.
—Tienes que dejar de decir lo lamento —la regañó y ella asintió.
En cuanto salió hacia afuera, el viento le desparramó el cabello.
Hizo una mueca al sentirse un poco cohibida entre el sol el verano poco a poco se estaba alejando, pero eso que no quería decir, que el sol se marcharía.
Habían días de mucho calor, y ese no era la excepción.
Al llegar al enorme edificio, pudo encontrarse con caminos interminables, pasillos tan largos, no parecían tener fin.
Cuando llegó a la ubicación indicada por el jefe, observó con cuidado al hombre.
—Bienvenida; soy Hernán, gerente y vicepresidente .
—Mucho gusto .
—Soy el hermano de Julián mejor dicho ¿A qué debo tan agradable presencia?
—Mi jefe me envió estos documentos para usted —Dijo y se los alcanzó.
—Muchas gracias, después ¿quieres almorzar conmigo?
—No, tengo cosas que hacer pero muy amable —dijo ella.