MOGNA
LIDIA, UNA MUJER PODEROSA
CAP 1 - MOGNA
Mogna, es un rincón postergado de San Juan, donde la tierra es hosca y el viento no perdona, pero donde la vida sigue adelante con un impulso feroz.
Lidia es parte de ese paisaje, una maestra rural que no espera calles asfaltadas ni comodidades actuales, sino que se levanta cada día con el sol y monta su caballo para atravesar los tramos más dificultosos, llevando conocimiento a donde pocos llegan.
En Mogna, las distancias son largas, el agua insuficiente, y la escuela es el único albergue contra el olvido.
Los niños la esperan, no solo por lo que enseña, sino porque ella representa la convicción de que alguien se sigue aventurando por ellos, por sus historias, por su futuro.
Su recorrido no es solo físico, es un aguantar contra el abandono, contra la idea de que ciertos lugares son demasiado arcaicos para que importen.
Lidia cabalga con el viento acariciándole el rostro, sintiendo cada piedra, Cada amanecer en Mogna es un reto. El viento seco recorre el paisaje sin estorbos, y Lidia, antes de que siquiera despunte el sol, ya está en camino.
El día comienza con el rito del agua, porque en estas tierras exiguas cada gota es medida, cada uso es pensado. Se aproxima al aljibe, con movimientos exactos, como quien lleva años retocando la rutina. No hay sobrante. No hay distracción.
Mientras engancha su caballo, las primeras luces empiezan a pintar las montañas a lo lejos, dándole un sosiego visual a la aridez del suelo. Sabe que tiene que salir temprano, porque los caminos son extensos, y la escuela, allá en el punto más alejado de la zona, la espera como cada día.
La ruta no es llana. Son kilómetros de ripio, de senderos que cambian con cada viento fuerte, de trayectos que no salen en los mapas. Pero ella conoce cada piedra, cada grieta, y avanza sin aprensión.
Al llegar, los niños ya la esperan, con esa mezcla de emoción y cansancio que solo existe en quienes crecen en un lugar donde todo vale más. La escuelita es pequeña, con materiales que han perdurado más años de los que deberían, pero es un refugio.
Las clases comienzan con algo simple: preguntas sobre la vida, porque aprender no es solo manuales, es entender el mundo que los rodea.
¿Por qué el viento aquí es tan fuerte?
Lidia y su comunidad afrontan los retos de construir en un terreno donde los temblores son frecuentes, el agua es escasa y el viento puede desgastar cualquier estructura si no está hecha con la exactitud adecuada.
Mira a los vecinos fortalecer techos, aplicando técnicas aprendidas de generaciones anteriores, utilizando madera, piedra y adobe de manera estratégica para hacer que las edificaciones sean más seguras.
Quizás la escuela misma tiene una dificultad estructural, una grieta que amenaza con dispersarse, y Lidia tiene que organizar a la gente para repararla antes de que sea demasiado tarde.
Ella no sólo enfrenta conflictos familiares, sino también el desafío de sostener su comunidad frente a dificultades de toda índole. Lidia no solo es una maestra rural, es la dirigente real del pueblo, la persona que todos respetan, la que organiza, la que soluciona problemas cuando nadie más lo hace. No tiene un puesto oficial, pero Mogna la reconoce como su referente.
Y eso, por supuesto, afecta claramente a su hermano. Porque él esperaba ser quien tuviera el control, quien fuera la figura de poder.
Pero el pueblo eligió a Lidia, no por títulos, sino por lo que ella ha hecho por ellos. La Fiesta del Pueblo en Mogna es más que una festividad, es una reafirmación de identidad, de comunidad, de lo que realmente importa. Y en esa celebración, Lidia es el alma.
Desde temprano, los niños realizan sus bailes, los gauchos ajustan sus guitarras, los vecinos disponen las mesas con lo mejor de sus cosechas. Cada rincón está repleto de vida.
Cuando Lidia arriba montada en su caballo, la aclamación es espontánea. No porque tenga poder oficial, sino porque la gente sabe que, sin ella, ese pueblo no tendría la pujanza que tiene.
Los chicos la rodean, ansiosos por mostrar lo que han practicado. Ella no necesita discursos ni juramentos vacíos. Solo los mira con orgullo, con la convicción de que cada uno tiene en sus manos un futuro que aún puede cambiar.
Los gauchos le dedican un canto, una pieza que habla de entereza, de orgullo por la tierra, de agradecimiento por quienes luchan sin pedir reconocimiento. Ella no necesita decir nada.
Mientras todo esto ocurre, su hermano está ahí… pero como si no estuviera.
La gente no lo mira, no lo busca, no lo reconoce. Porque su título, su capital, su influencia no tienen peso aquí.
Aquí solo interesan las manos que han trabajado, los corazones que han sostenido el pueblo en cada dificultad, los nombres que la comunidad profiere con respeto.
Y el suyo no está entre ellos.
Mientras la fiesta sigue, Lidia sabe que este instante no es solo una celebración. Es una manifestación de que su hermano, por más que intente robarle todo, nunca podrá tachar lo que realmente significa para Mogna.
Miguel el hermano de Lidia no solo es un adversario, es alguien consumido por su propia avaricia, alguien que no resiste verla brillar, pero que tampoco sabe cómo recuperar su lugar sin caer en la bajeza.
La fiesta seguía sonando en Mogna, no solo por la música y los bailes, sino por lo que había quedado en claro para todos.
Lidia era la escogida.
Su hermano lo sintió en cada mirada que no recibió, en cada saludo que nunca llegó, en cada mesa donde no le hicieron lugar.
Cuando la celebración acabó, su rencor estaba en su punto más alto.
No podía aceptar que una maestra sin títulos oficiales, sin dinero, sin influencias, tuviera más poder que él en su propio pueblo.
Así que resolvió torcer la historia a su favor.
Al día siguiente, llevó una proposición a los pobladores. Promesas vacuas, cifras infladas, una disertación que hablaba de inversión, de avance, de lo que Mogna necesitaba.