Aria Valli El aire en la suite principal se había vuelto rancio, cargado de una tensión que picaba en la piel como agujas de hielo. Escuché el eco de los pasos de Dominic alejándose por el pasillo, una marcha pesada y errática que delataba su frustración. El portazo que dio al salir no me hizo saltar; ni siquiera me movió un mechón de pelo. Mi cuerpo estaba aquí, sentado rígidamente en el diván, pero mi mente estaba levantando muros, ladrillo a ladrillo, reforzando las defensas de un corazón que se sentía asediado en su propio refugio. Me dolía. Dios, cómo me dolía. No era un dolor físico, aunque el cansancio del embarazo pesaba en mis huesos; era esa punzada sorda en el pecho al saber que el hombre que juró protegerme de todo el mundo, no podía protegerme de su propio pasado. Me sen

