Dominic Ferrante Cerré la puerta de la habitación de invitados con una delicadeza que me resultaba ajena, casi repulsiva. Mis manos, las mismas que habían estrangulado hombres y firmado sentencias de muerte, todavía temblaban ligeramente por la fuerza con la que Ekaterina se había aferrado a mis solapas. El aroma de su perfume —algo floral y empalagoso que me recordaba a una vida que ya no me pertenecía— se había quedado impregnado en las fibras de mi chaqueta, mezclado con el rastro salado de sus lágrimas. Caminé por el pasillo de mármol, y cada paso que daba hacia la suite principal se sentía como si estuviera arrastrando grilletes. Me sentía sucio. No porque hubiera hecho algo s****l, sino por la traición implícita que flotaba en el aire. Había claudicado. Había permitido que la cul

