Capitulo 04

1765 Words
Aria Valli ​La alarma de mi teléfono perforó el silencio de la habitación como un grito de advertencia, pero yo ya estaba despierta. Llevaba horas con los ojos fijos en una mancha de humedad del techo, trazando el mapa de mi propia ruina. El cuerpo me pesaba, como si mis huesos se hubieran convertido en plomo durante la noche. Me senté en el borde de la cama y hundí los pies en la alfombra raída, sintiendo el frío del suelo subirme por las piernas. ​No podía creerlo. No podía asimilar que en pocas horas mi vientre dejaría de ser solo mío para convertirse en el contrato de un desconocido. ​Caminé hacia la pequeña cocina con movimientos mecánicos. Abrí la nevera, pero el olor a encierro y la visión de un cartón de leche casi vacío me revolvieron el estómago. No tenía hambre. Tenía un nudo de ansiedad apretado en la garganta que me impedía tragar incluso mi propia saliva. Cada vez que cerraba los ojos, veía sus ojos grises. Dominic. Ese nombre resonaba en mi cabeza con la fuerza de un martillazo. ​Mi teléfono volvió a vibrar sobre la mesa. Mamá. ​Era nuestra rutina de cada mañana, pero hoy el peso de la llamada era insoportable. Respiré profundo, tratando de relajar los músculos de mi cara, y contesté. ​—Hola, mamá —susurré, intentando que mi voz no sonara como si acabara de salir de un funeral. ​—¡Aria! Mi niña, te escucho un poco ronca, ¿estás bien? ¿Te has resfriado con ese frío ruso? —La preocupación en su voz era tan palpable que sentí una punzada de dolor físico en el pecho. ​—No, mamá, solo acabo de despertar. El turno de anoche fue largo —mentí. Otra vez. ​—Tu padre ha tenido una noche difícil, Aria —su voz se quebró, y escuché de fondo el sonido de papeles revolviéndose ​Escuché su llanto silencioso, ese sollozo ahogado de quien intenta ser fuerte pero ya no puede más. Me imaginé a mi madre en la mesa de la cocina en Pensilvania, rodeada de sobres con sellos rojos y el miedo reflejado en sus ojos cansados. Mis propios ojos se cristalizaron. Recordé las palabras de Dominic: "Puedo hacer que todo eso desaparezca". ​—Mamá, escucha —dije, y mi voz cobró una firmeza que no sabía que poseía—. Tengo buenas noticias. Excelentes noticias. ​—¿De qué hablas, cariño? ​—La clínica... ellos tienen un programa de incentivos para el personal extranjero —mi mente trabajaba a mil por hora, tejiendo la red de mentiras más grande de mi vida—. Me han concedido un préstamo de emergencia. Es una cantidad muy grande, mamá. Lo suficiente para liquidar la hipoteca de la casa de una vez por todas y con lo que gane de mi sueldo mensual, podremos pagar al mejor cardiólogo para papá. ​Hubo un silencio absoluto al otro lado de la línea. Luego, un suspiro tembloroso. ​—¿Un préstamo? ¿Así de la nada? Aria, eso suena demasiado bueno para ser verdad... ¿Cómo lo lograste? ¿Qué te pidieron a cambio? ​Se me detuvo el corazón. La intuición de una madre era algo aterrador. Bajé la mirada hacia mi vientre, todavía plano, oculto bajo mi pijama de algodón. Trate de convencerme de que esto no era vender un hijo, sino salvar a los que me dieron la vida. ​—Es porque me quieren fija en la plantilla, mamá. Dicen que mi perfil es excelente y quieren asegurar que me quede en Rusia por varios años. Es un contrato de exclusividad, eso es todo. El préstamo es parte del paquete de beneficios. ​—¡Oh, gracias a Dios! ¡Aria, no puedo creerlo! —Mi madre empezó a llorar de nuevo, pero esta vez era un llanto de alivio puro, de ese que te quita un camión de encima—. Tu padre se va a poner tan feliz... Esto es un milagro, hija. Eres nuestro ángel. ​—Solo quiero que estén bien, mamá. Disfruten la casa. Digan al banco que el dinero irá en camino esta semana. Los amo. ​Colgué la llamada y me quedé mirando la pantalla en n***o. "Un ángel". Si ella supiera que acababa de vender mi capacidad de crear vida a un hombre que parecía la encarnación del mismo diablo. Me puse de pie y me metí en la ducha. Dejé que el agua caliente me golpeara la espalda, tratando de lavar la sensación de suciedad que sentía por dentro. Me vestí con mi uniforme de enfermera, me recogí el cabello n***o en una coleta tirante y salí del apartamento. ​El trayecto en autobús fue un borrón. Mis ojos estaban fijos en la ventana, viendo pasar los edificios grises de Moscú, pero mi mente estaba en el consultorio 3. Al llegar a la clínica, mis piernas se sentían pesadas. Entré, ignorando los saludos de mis compañeros, y me dirigí directamente a la recepción del área privada. ​—Aria Valli. Tengo una cita en el consultorio 3 —dije con la voz hueca. ​La recepcionista consultó su pantalla, me miró con una mezcla de curiosidad y respeto, y asintió. —La están esperando, señorita Valli. Puede pasar directamente. ​Empujé la puerta y el aire acondicionado me golpeó como una bofetada. Allí estaba él. Dominic Ferrante estaba sentado en una de las sillas de cuero, con una pierna cruzada sobre la otra. Llevaba un traje azul medianoche que gritaba opulencia y poder. Al verme entrar, sus ojos grises se clavaron en los míos, evaluándome, como si quisiera confirmar que no me había arrepentido. No dijo nada, solo asintió levemente. ​El doctor, un hombre de mediana edad con gafas de montura fina, me indicó que me sentara. ​—Bien, señorita Valli. Vamos a proceder con la entrevista inicial y el historial médico detallado para el registro oficial del procedimiento —dijo el médico, abriendo una carpeta—. ¿Edad? ​—Veinticuatro años —respondí, sintiéndome como una criminal en un interrogatorio. ​—¿Ha tenido hijos anteriormente? ¿Embarazos fallidos? ​—No, ninguno. De hecho... hace un par de años me hice un chequeo ginecológico completo en Estados Unidos para asegurarme de que todo estaba bien después de un desajuste hormonal. ​El doctor asintió, pasando las páginas de la carpeta. —Sí, aquí tengo los resultados. Sus niveles de reserva ovárica son excelentes y su útero está en condiciones óptimas. No hay rastro de endometriosis ni anomalías. ​Me quedé helada. Mis ojos se abrieron de par en par y giré la cabeza hacia Dominic. —¿Cómo que tiene los resultados? Esos exámenes fueron en Pensilvania, en una clínica privada... ¿Cómo los consiguió? ​Dominic se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre sus rodillas. La manga de su chaqueta se retrajo, dejando ver el reloj de lujo y el inicio de los tatuajes en su muñeca. Nunca había conocido a un hombre como él que me daba tanto miedopero al mismo tiempo tanta curiosidad. ​—Te dije que sabía todo sobre ti, Aria —su voz era un barítono profundo que llenó la habitación—. No dejo nada al azar cuando se trata de mi legado. Compré los registros de esa clínica hace tres días. ​Sentí un escalofrío. ¿Quién era este hombre? ¿Un millonario excéntrico? ¿Un hombre con demasiado poder? La forma en que hablaba de "comprar registros" como quien compra el periódico me aterraba. Me hacía sentir pequeña, una hormiga bajo la bota de un gigante. ​—Muy bien —interrumpió el doctor, ajeno a mi crisis interna—. El señor Ferrante ha solicitado que el procedimiento se realice de inmediato. Estamos en el momento perfecto de su ciclo, señorita Valli. La ovulación es inminente. ​—¿Ahora? —pregunté, y mi voz subió una octava—. Pensé que hoy sería solo para hablar... para firmar... ​—El tiempo es oro en mi mundo, Aria —dijo Dominic, poniéndose de pie. Su altura era imponente, obligándome a mirar hacia arriba—. Los documentos ya están firmados por mi parte. Los tuyos te esperan en la mesa de mi despacho Una vez que firmes todo estará como lo acordamos ​—Pase al probador, señorita Valli —indicó el doctor—. Póngase la bata y espéreme en la sala de procedimientos contigua. Todo está listo para la inseminación. ​Caminé hacia el probador como si estuviera en un sueño. Me quité mi uniforme, esa ropa que representaba mi esfuerzo y mi carrera, y me puse una bata de papel fría y desechable. Me sentía vulnerable, desnuda ante la ambición de un hombre que ni siquiera conocía. ​Al salir, el doctor me guio hacia una sala blanca, llena de luces brillantes y equipos metálicos. Dominic estaba allí, de pie en una esquina, observando todo con una frialdad que me recordaba a una estatua de mármol. No se iba a ir. Quería estar presente en el momento en que su semilla fuera plantada en mí. ​Me acosté en la camilla de exploración. El metal estaba helado contra mi piel. Respiré profundo, una, dos, tres veces, tratando de controlar el temblor de mis piernas. El doctor empezó a preparar el instrumental. El sonido del metal chocando contra el cristal me ponía los pelos de punta. ​Cerré los ojos con fuerza. "Es por ellos, es por ellos", me repetía como un mantra. Sentí la presencia de Dominic acercándose. No me tocó, pero podía sentir su mirada gris recorriendo mi cuerpo, ahora expuesto y sumiso ante su voluntad. ​—Relájate, Aria —susurró él, y por un segundo, su voz no sonó tan fría—. Esto es solo el principio. ​Sentí el primer contacto del instrumental médico y un espasmo de miedo me recorrió la columna. Estaba sucediendo. En unos minutos, mi vientre dejaría de estar vacío. En unos minutos, llevaría dentro de mí el futuro de un imperio que no comprendía, bajo el mando de un hombre que me veía como la candidata perfecta, pero que yo empezaba a ver como mi dueño. ​Inspiré profundamente, apretando los puños, mientras el doctor procedía. El silencio en la sala era sepulcral, solo roto por el pitido de un monitor y mi propia respiración agitada. Estaba hecho. El pacto estaba sellado con sangre y ciencia.
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