Capitulo 05

2012 Words
Aria Valli ​El aire de la clínica se sentía diferente ahora. Ya no era la enfermera que caminaba por esos pasillos con el peso de las facturas sobre los hombros; ahora, mientras caminaba hacia la salida, me sentía como un recipiente de cristal, frágil y absurdamente valioso. El procedimiento había durado apenas unos minutos, pero la sensación de invasión permanecía en mi vientre, un eco sordo de algo que, según la ciencia, ya estaba allí. Mis piernas todavía temblaban ligeramente bajo el uniforme blanco, y cada vez que mis zapatos chocaban contra el linóleo brillante, el sonido retumbaba en mi cabeza como una sentencia. ​Al llegar a la salida principal, el frío de Moscú me golpeó el rostro con la fuerza de una bofetada necesaria. Inspiré profundamente, llenando mis pulmones de ese aire gélido que quemaba, intentando recuperar la compostura. Busqué con la mirada la parada del autobús, calculando mentalmente cuánto tardaría en llegar a mi apartamento para meterme bajo las mantas y llorar hasta que el sueño me borrara la realidad. ​—Sube al auto, Aria. ​La voz de Dominic Ferrante cortó el viento como un látigo. Estaba apoyado contra la puerta de un sedán n***o, tan imponente y oscuro como la noche que parecía cargar sobre sus hombros. No era una invitación; era una orden revestida de esa cortesía letal que solo él poseía. ​—Puedo irme en el autobús, señor Ferrante —dije, aunque mi voz me traicionó, saliendo más pequeña de lo que pretendía. ​Él no respondió con palabras. Simplemente abrió la puerta del copiloto y me sostuvo la mirada con esos ojos grises que parecían capaces de leer los secretos que yo misma intentaba ocultar. Sin saber muy bien de dónde saqué las fuerzas, caminé hacia él y me deslicé en el asiento de cuero. El interior del vehículo olía a él: una mezcla embriagadora de sándalo, tabaco de alta calidad y un matiz metálico que mi instinto identificaba como peligro. ​El motor rugió suavemente y el auto se puso en marcha. Me quedé mirando por la ventana, viendo cómo los edificios familiares de la zona céntrica pasaban a toda velocidad. Sin embargo, cuando el vehículo tomó un desvío hacia la periferia norte, en dirección contraria a mi humilde barrio de edificios descoloridos, el pánico empezó a treparme por la garganta.​—Señor Ferrante... —comencé, girándome hacia él—. Este no es el camino a mi apartamento. Se ha equivocado de dirección. El desvío era tres calles atrás. ​Dominic mantuvo las manos firmes sobre el volante de cuero, su perfil tallado en granito no mostró ni una pizca de duda. ​—Tu apartamento ya no existe para ti, Aria —dijo con una calma que me dio escalofríos—. Ese lugar no es apto para la mujer que lleva mi sangre. A partir de hoy, vivirás bajo mi techo. Vamos a mi mansión. ​—¿Qué? ¡No! —exclamé, sintiendo que el corazón se me salía del pecho—. Usted dijo que... yo tengo mis cosas allí, mi ropa, mi vida... No puede simplemente decidir que no volveré. ​—Tus pertenencias ya están en camino a la mansión —me interrumpió, girando el volante con una elegancia depredadora—. No necesitas nada de ese lugar. A partir de ahora, tendrás todo lo que desees, pero bajo mis reglas. Tenemos un contrato que firmar, y no voy a discutir los términos en una acera pública. ​Me hundí en el asiento, sintiéndome pequeña y ridículamente ingenua. Había aceptado la semilla de este hombre, pero no me había dado cuenta de que, con ella, también le había entregado mis pasos, mis noches y mi libertad. ​El trayecto continuó en un silencio denso. A medida que nos alejábamos de la ciudad, el paisaje se volvía más bosca y sombrío, hasta que una estructura inmensa empezó a dibujarse entre la nieve y los árboles altos. Era una fortaleza. Paredes de piedra gris se alzaban imponentes, rodeadas por una verja de hierro forjado con puntas que parecían lanzas. ​Al cruzar la puerta principal, el despliegue de poder me dejó sin aliento. Había hombres por todas partes. Hombres con trajes oscuros, abrigos largos y expresiones vacías, cuyas manos descansaban con naturalidad sobre armas que apenas intentaban ocultar. Eran guardias de élite, soldados de un ejército privado que se movían con la precisión de máquinas. El miedo me recorrió la columna, pero al mismo tiempo, una sensación extraña y contradictoria me invadió: en medio de este mundo tan violento, al estar al lado de Dominic, me sentía protegida. Era como estar en el ojo de un huracán; afuera todo era caos y muerte, pero dentro de su radio de poder, nada podía tocarme sin su permiso. ​Dominic estacionó frente a la escalinata de mármol y bajó del auto para abrirme la puerta. Al salir, me sentí diminuta bajo la sombra de la mansión. El lujo era abrumador. Columnas labradas, estatuas de mármol que parecían observar mis movimientos y una iluminación tenue que le daba al lugar un aire de mausoleo sagrado.​—Camina —ordenó suavemente, colocando una mano en la pequeña de mi espalda. Su tacto, a través de la tela de mi uniforme, quemaba. ​Me guio a través de un vestíbulo inmenso donde mis pasos ecoaban contra el suelo de piedra pulida. caminamos por un pasillo flanqueado por retratos de hombres que compartían su mirada implacable. Finalmente, se detuvo ante unas pesadas puertas de roble. Al abrirlas, me encontré en su despacho. ​Era un lugar cargado de historia y testosterona. Estantes que llegaban hasta el techo llenos de libros encuadernados en cuero, una chimenea donde el fuego crepitaba con una furia controlada y un escritorio de caoba que parecía el centro de mando de un imperio. Dominic rodeó el mueble y se sentó, indicándome con un gesto que hiciera lo mismo en la silla de terciopelo frente a él. ​Sacó una carpeta de piel negra y extrajo un documento de varias páginas. Lo deslizó sobre la superficie de madera hacia mí, junto a una pluma estilográfica que brillaba bajo la luz de la lámpara.​—Léelo. Palabra por palabra. Quiero que entiendas exactamente qué es lo que has aceptado —dijo, cruzando los dedos sobre su regazo. ​Tomé el papel con manos temblorosas. El encabezado era frío y legalista, pero el contenido era pura posesión. ​CLÁUSULA DE RESIDENCIA Y PROTECCIÓN: La beneficiaria, Aria Valli, se compromete a residir de forma permanente y exclusiva en la propiedad de Dominic Ferrante durante el periodo de gestación (aproximadamente nueve meses). No podrá abandonar la propiedad sin escolta autorizada ni mantener contacto con personas ajenas a la organización sin supervisión previa. ​Tragué saliva. Nueve meses. Nueve meses siendo una prisionera de lujo en esta jaula de piedra. Seguí leyendo, buscando alguna salida. ​CONDICIÓN DE NULIDAD: En caso de que el procedimiento de inseminación artificial no resulte en una gestación exitosa confirmada tras un periodo de 30 días, la beneficiaria será liberada de sus obligaciones de residencia. En tal caso, el contrato se considerará nulo, cesando todos los beneficios adicionales, aunque se respetará el pago inicial efectuado a la fecha de la firma. ​Un destello de esperanza, o quizás de miedo, me recorrió. Si no estaba embarazada, recuperaría mi libertad. Mis ojos bajaron rápidamente a la sección de beneficios. No era solo un pago; era la salvación total de mi linaje. ​COMPENSACIÓN Y BENEFICIOS FAMILIARES: > 1. Liquidación total inmediata de la hipoteca sobre la propiedad de Thomas y Martha Valli. 2. Asignación de un especialista en cardiología de renombre mundial para el tratamiento del Sr. Thomas Valli, incluyendo todos los costos hospitalarios y medicación de por vida. 3. Apertura de una cuenta bancaria a nombre de Aria Valli con un fondo fiduciario inicial para su uso personal y gastos de manutención familiar. RENUNCIA A LOS DERECHOS DE MATERNIDAD: La srita Aria Valli renuncia a la maternidad del menor una vez de a luz ​Cerré los ojos por un segundo. No podía decir que no. No después de haber escuchado a mi madre llorar de alivio por una mentira que ahora podía ser verdad. Miré a Dominic. El me observaba con una paciencia letal, disfrutando de mi dilema interno porque sabía, con la seguridad de un dios, cuál sería mi respuesta. Renunciar a un bebé que crecería en mi... No era mío, era suyo ​—Ya me han hecho el procedimiento, señor Ferrante —dije, tratando de que mi voz no temblara—. No es como si tuviera muchas opciones. ​—Siempre hay opciones, Aria. Pero tú has elegido la que salva a los tuyos —respondió él, extendiendo la pluma. ​Tomé el objeto. Era pesado, frío. Firmé al pie de cada página, sintiendo que con cada trazo de tinta entregaba una parte de mi alma. Al terminar, Dominic tomó el contrato y lo guardó en un cajón con llave.​—Bienvenida a la familia Ferrante, Aria. Aunque sea por un tiempo determinado. ​Se puso de pie y caminó hacia la puerta, haciéndome una señal para que lo siguiera.​—Lev te llevará a tus aposentos. Mañana empezará tu nueva rutina. Dieta, descanso y revisiones constantes. Mi heredero no merece menos que la perfección. ​Apareció un hombre alto y de rostro pétreo, a quien Dominic llamó Lev. Él me guio por otro laberinto de pasillos hasta llegar a una puerta de madera clara. Al entrar, me quedé sin aliento, pero no por la belleza, sino por la magnitud de lo que veía. ​La habitación era más grande que todo mi apartamento anterior. Había una cama con dosel, sábanas de una seda tan fina que parecía agua y una chimenea de mármol blanco. Los techos eran altísimos, decorados con molduras doradas, y un ventanal inmenso ofrecía una vista de los jardines cubiertos de nieve. ​Sin embargo, a pesar de los lujos, a pesar de las alfombras persas y las flores frescas en jarrones de cristal, el lugar se sentía muerto. Era una belleza gélida, sin alma. No había fotografías, no había desorden, no había rastro de vida humana. Era una vitrina, una jaula de oro diseñada para mantener a un pájaro seguro, pero sin el espacio necesario para volar. ​Caminé hacia la cama y me senté en el borde, sintiendo la suavidad excesiva del colchón. Mis pocas pertenencias estaban allí, en una maleta abierta sobre un banco de cuero. Mi viejo uniforme de repuesto, mis libros de medicina desgastados, la foto de mis padres... se veían tan fuera de lugar en esta habitación opulenta, como si la riqueza del lugar se burlara de mi pasado. ​Me abracé a mí misma, sintiendo un frío que ninguna chimenea podría calmar. Estaba en una mansión rodeada de hombres armados, bajo el poder de un mafioso que me veía como un instrumento para su legado, y llevaba en mi cuerpo una vida que no me pertenecía. ​Me acosté en la cama inmensa, hundiéndome en las almohadas que olían a nada, y miré hacia el techo. Estaba a salvo. Mi padre tendría su médico. Mi madre tendría su casa. Pero yo... yo acababa de desaparecer. Me sentía como un fantasma habitando un castillo de cristal, esperando que los meses pasaran para recuperar una libertad que, sospechaba, nunca volvería a ser la misma. ​La soledad de la habitación me envolvió, pesada y absoluta. El silencio de la mansión era tan profundo que podía escuchar mi propio corazón latiendo, un sonido rítmico que me recordaba que, por ahora, seguía viva, aunque mi voluntad hubiera sido comprada con el oro. ​Cerré los ojos, deseando despertar en mi cama raída con el ruido de los vecinos y el olor a café barato, pero lo único que percibí fue el susurro lejano del viento golpeando los cristales blindados de mi nueva prisión. Estaba hecho. El contrato de sangre había comenzado.
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