Dominic Ferrante El aire de este hospital estadounidense es demasiado estéril, demasiado brillante. No tiene la gravedad de piedra y sombra de mi mansión en Moscú, pero respira una urgencia que me mantiene en un estado de alerta gélida. Me quedé de pie, con la espalda apoyada contra la pared de mármol pulido, observando cómo Aria se alejaba por el pasillo. Caminaba con esa determinación profesional que solo una enfermera posee, con los hombros rectos a pesar del agotamiento, buscando al cardiólogo principal para exigir respuestas técnicas que solo ella sabría procesar. La vi desaparecer tras las puertas dobles y, por un instante, me sentí extrañamente expuesto. Sin ella como escudo emocional, me quedaba a solas con la mujer que le dio la vida. La madre de Aria, la señora Valli, pe

