Dominic Ferrante El silencio del hospital tiene una cualidad metálica, fría y opresiva. Me levanté del sillón de la sala de espera con movimientos lentos, cuidando de no despertar a Aria. Se había quedado finalmente dormida, con la cabeza apoyada contra la pared y una expresión de agotamiento que me revolvía las entrañas. La dejé allí, respirando con la pesadez del cansancio acumulado, rodeada por la penumbra de un pasillo que olía a antiséptico y a finales que yo no estaba dispuesto a aceptar bajo ninguna circunstancia. Caminé hacia el final del corredor, donde el ventanal mostraba las luces distantes de una ciudad que ignoraba la tragedia que ocurría tras estos cristales. Saqué el teléfono y marqué un número privado. El tono sonó apenas dos veces antes de que una voz somnolienta

