Capitulo 09

1973 Words
Dominic Ferrante El aire en el despacho estaba viciado por el humo de mi cigarrillo y el peso de una decisión que no podía postergar más. Cristóbal era una rata, y las ratas no esperan a que el barco se hunda para empezar a roer las cuerdas; él ya había empezado a filtrar veneno en los oídos de los ancianos del Consejo. Si permitía que la duda se asentara, perdería el control antes de que los quince días de espera terminaran. En este mundo, la percepción de poder es tan vital como el poder mismo. Si el Consejo creía que yo era débil, me devorarían. Si creían que no tenía un heredero, me reemplazarían. Aplasté la colilla en el cenicero de cristal y presioné el botón del intercomunicador. —Lev, entra. Mi segundo al mando apareció en segundos, con esa eficiencia gélida que lo hacía indispensable. —Dime, Pakhan. —Contacta a los siete miembros del Consejo. Quiero una cena aquí, en esta casa, en una hora —ordené, ajustándome los gemelos de oro—. Diles que el motivo es un anuncio oficial sobre la sucesión de los Ferrante. No aceptes excusas. Si alguno dice que está enfermo, dile que mandaré mi propia ambulancia a recogerlo. Lev asintió, sin cuestionar la premura. Sabía que cuando yo movía las piezas de esa forma, era porque la guerra interna estaba a punto de estallar. Una vez que se marchó, me quedé un momento en silencio, sintiendo el latido sordo de mi propia impaciencia. Subí las escaleras hacia el ala donde ella estaba recluida. Cada paso que daba hacia su habitación me recordaba el encuentro en el despacho, la forma en que su cuerpo se había rendido bajo el mío mientras sus labios me maldecían. Aria Valli era un incendio forestal que yo intentaba contener en una caja de seda. Abrí la puerta sin llamar. Ella estaba sentada cerca de la ventana, con un libro en el regazo, pero sus ojos estaban perdidos en el jardín donde horas antes la había encontrado. Al verme, se tensó de inmediato, cerrando el libro con un golpe seco. Su miedo me alimentaba, pero era su desafío lo que realmente me mantenía despierto por las noches.—Unas personas vendrán a cenar en menos de una hora —dije, caminando directamente hacia su vestidor—. Personas importantes. Necesito que bajes y te sientes a mi derecha. —¿Y por qué debería hacer eso? No soy parte de tus reuniones sociales, Dominic —respondió, su voz firme a pesar del ligero temblor de sus manos. No le contesté. Entré en el inmenso clóset que las modistas habían llenado esa misma mañana. Mis ojos recorrieron las filas de seda y encaje hasta que me detuve en uno. Era un vestido de noche n***o, de un tejido que parecía absorber la luz. Tenía un escote profundo pero elegante, y una caída que marcaría cada centímetro de sus caderas. Lo arranqué de la percha y regresé a la habitación, lanzándolo sobre la cama. —Póntelo. No estoy pidiendo tu opinión, Aria. Es una orden. Ella miró el vestido y luego me miró a mí. Esperaba un reproche, una negativa, el fuego que siempre escupía cuando intentaba dominarla. Pero para mi sorpresa, no puso peros. Simplemente tomó la prenda, sus dedos rozando la tela con una resignación que me resultó extrañamente irritante. Prefería que peleara conmigo; su sumisión silenciosa me hacía sentir que la estaba perdiendo de alguna forma. —Estaré lista —dijo en voz baja, sin mirarme. Salí de allí con el pulso acelerado. Me dirigí a mi propia habitación, donde me vestí con la parsimonia de un rey preparándose para una ejecución. Un traje hecho a medida, n***o sobre n***o, una armadura de tela que ocultaba las cicatrices y los tatuajes, pero no la intención asesina que llevaba en los huesos. Me tomé mi tiempo, bebiendo un sorbo de vodka puro mientras el sol terminaba de morir tras los abetos cubiertos de nieve. Cuando bajé, los siete ancianos ya estaban en el comedor principal. Eran hombres que olían a incienso, sangre y años de traiciones sobrevividas. Me senté en la cabecera, presidiendo la mesa con la frialdad que se esperaba de mí. La cena transcurrió entre conversaciones banales sobre las rutas de transporte en los muelles y los sobornos en el puerto de Odessa Yo escuchaba, evaluaba y esperaba el momento exacto. Cuando los platos principales fueron retirados y el vino tinto llenaba las copas de cristal, me puse en pie. El silencio cayó sobre la mesa como una guillotina. —Señores —comencé, recorriendo cada rostro con la mirada— Tomé en consideración nuestra última reunión. El heredero Ferrante ya está en proceso —dije con una seguridad que no me pertenecía, pero que vendí como una verdad absoluta. Hubo un murmullo generalizado de sorpresa y aprobación. Algunos ancianos intercambiaron miradas de alivio. Hice un gesto a una de las empleadas que esperaba en las sombras.—Busca a mi mujer. Dile que es hora. Minutos después, las puertas dobles del comedor se abrieron. Aria entró, y por un momento, el tiempo se detuvo. El vestido n***o acentuaba su figura de una forma que resultó casi obscena ante los ojos de aquellos lobos. Se veía hermosa, etérea, con el cabello recogido y la espalda recta. Caminó hacia mí con una gracia que ocultaba perfectamente el miedo que yo sabía que sentía. Llegó a mi lado y le puse una mano en la pequeña de la espalda, atrayéndola hacia mí en un gesto de posesión pública.—Señores, les presento a Aria —dije, mi voz resonando con autoridad—. Mi mujer. La madre del próximo Pakhan. Noté cómo Aria se tensaba bajo mi toque. Sus ojos se abrieron un poco más, reflejando una sorpresa absoluta ante la palabra "mujer". Ella esperaba ser presentada como una empleada, como un vientre, como nada. Pero presentarla como mi mujer frente al Consejo era un juramento de sangre. Ella no dijo nada, mantuvo la compostura con una dignidad que me hizo sentir un orgullo retorcido. —¡Por el heredero! —gritó uno de los ancianos, levantando su copa. —¡Por los Ferrante! —corearon los demás. El sonido de las copas chocando y las risas de los ancianos llenaron la sala. Cristóbal estaba lívido, su rostro una máscara de furia contenida mientras se veía obligado a brindar por mi éxito. Fue una victoria perfecta. El Consejo celebraba, elogiando la belleza de Aria y la "astucia" de mi elección. Ella permaneció allí, como una estatua de mármol, permitiendo que yo mantuviera mi mano sobre su cadera, reclamándola ante el mundo. Cuando la cena finalmente terminó y los invitados se marcharon, escoltados por Lev, la atmósfera cambió en un segundo. La calidez ficticia de la cena se evaporó, dejando solo la tensión gélida entre Aria y yo. Ella me siguió en silencio hasta mi despacho privado, pero en cuanto la puerta se cerró, el fuego estalló. —¿Tu mujer? —exclamó, girándose hacia mí con los ojos encendidos de rabia—. ¿Cómo te atreves, Dominic? ¿Cómo te atreves a presentarme así frente a esos hombres? ¡No soy tu mujer! ¡No soy nada tuyo! —Cállate, Aria —dije, quitándome la chaqueta y lanzándola sobre el sofá. —¡No me voy a callar! Solo soy un vientre en alquiler, eso fue lo que firmé. Un trato comercial para salvar a mis padres. No te di permiso para usarme como un trofeo frente a tus amigos. Me sentí como una mercancía en exposición. Quiero irme de aquí, Dominic. Llévame a mi apartamento ahora mismo. Se acabó. Caminé hacia ella con una rapidez que la hizo retroceder hasta chocar con la estantería de libros. Puse ambas manos a los lados de su cabeza, acorralándola. El olor a su perfume y el calor que emanaba de su piel me estaban nublando el juicio. —No vas a ninguna parte —gruñé, mi rostro a milímetros del suyo—. ¿Crees que esto es un juego? ¿Crees que puedes entrar en mi mundo y salir cuando te apetezca? —¡Es solo un embarazo! —gritó ella—. ¡No tengo por qué vivir en esta cárcel! —No es solo un embarazo, Aria. Es el futuro de la Bratva. Ella se detuvo, su respiración agitada rozándome la barbilla. La palabra pareció quedar suspendida en el aire, pesada y letal. —¿Bratva? —susurró, y por primera vez vi el verdadero terror asomarse a sus ojos—. ¿De qué estás hablando? ¿Quiénes eran esos hombres? Me alejé un poco, observándola con una honestidad brutal. Ya no había vuelta atrás. Si iba a llevar a mi hijo, tenía que saber qué sangre correría por las venas de esa criatura. —Esos hombres son el Consejo de la mafia rusa en este territorio —dije, mi voz fría y desprovista de emoción—. Y yo soy su Pakhan. Su jefe. Mi mundo no se rige por leyes civiles, Aria. Se rige por el poder, la lealtad y la sangre. Ese niño que podrías estar gestando no es solo un bebé; es el heredero de un imperio criminal que abarca continentes. Aria se llevó una mano a la boca, su palidez volviéndose casi traslúcida. Dio un paso atrás, como si yo fuera una enfermedad de la que pudiera contagiarse. —Mafia... —repitió, su voz apenas un soplido—. Eres un monstruo. —Soy lo que tengo que ser para sobrevivir —respondí, acercándome de nuevo. La vi temblar, y una parte de mí quiso consolarla, pero mi rabia y mi deseo eran más fuertes—. Y tú ahora eres parte de esto. Te presenté como mi mujer porque es la única forma de que esos hombres te respeten y no te vean como un objetivo. Te he dado mi protección absoluta, pero a cambio, me perteneces. No habrá más apartamentos, no habrá más vida normal. —No puedes hacerme esto —dijo ella, las lágrimas empezando a nublar sus ojos azules—. Mis padres... ellos no saben... —Tus padres están a salvo porque yo lo permito. Pero si intentas huir, si intentas romper este trato, no habrá lugar en el mundo donde puedas esconderte de mí. La vi encogerse, su fuerza desmoronándose ante la magnitud de la verdad. Se veía tan pequeña en aquel vestido n***o, tan hermosa en su desesperación. El deseo de reclamarla, de llevarla a la cama y hacerle olvidar el miedo con una pasión que la consumiera, me golpeó con la fuerza de un mazo. Deseaba azotarla por su insolencia de querer dejarme y luego embestirla hasta que solo pudiera gritar mi nombre.—Vete a tu habitación, Aria —dije, dándole la espalda antes de que perdiera el control y la tomara allí mismo, sobre el escritorio—. Mañana empezaremos a actuar como lo que el mundo cree que somos. Ella no dijo nada más. Escuché el roce de su vestido contra el suelo mientras salía del despacho, y luego el sonido de la puerta cerrándose. Me quedé solo en la penumbra, sirviéndome otra copa de vodka. Mis manos temblaban ligeramente, no de miedo, sino de una adrenalina que solo ella era capaz de provocar. Había ganado la partida al Consejo, pero acababa de perder la oportunidad de que ella me viera como algo más que un carcelero. Sin embargo, mientras miraba hacia el jardín nevado, supe que no me importaba. Ella podía odiarme, podía temerme, pero al final del día, dormiría bajo mi techo, llevaría mi apellido y gestaría mi sangre. Ella era la mujer del Pakhan. Y en mi mundo, lo que el Pakhan reclama, se queda con él para siempre.
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