Dominic Ferrante
El aroma de la nieve vieja y la pólvora parece impregnar hasta los rincones más lujosos de esta mansión. Estaba de pie frente al ventanal de mi despacho, observando el horizonte grisáceo de Moscú, cuando el sonido de unos pasos familiares y arrogantes sobre el parqué me obligó a tensar la mandíbula.
No necesitaba girarme para saber quién era. El perfume excesivamente caro y la cadencia pretenciosa de su andar eran suficientes para identificar a Cristóbal.
Mi primo. El hombre que compartía mi sangre, pero que codiciaba mi trono con la desesperación de un carroñero.
—Es una fortaleza impresionante, Dominic. Cada vez que vengo, me pregunto si tantas cámaras y guardias son para mantener al mundo fuera… o para evitar que tus propios demonios escapen —dijo Cristóbal, dejándose caer en una de las sillas de cuero frente a mi escritorio sin haber sido invitado.
Me giré lentamente, manteniendo las manos en los bolsillos de mi pantalón de traje. Lo observé con un desprecio que apenas me molestaba en ocultar. Cristóbal manejaba los clubes nocturnos de la organización; se movía bien entre el neón, la cocaína y la prostitución de lujo, pero carecía de la visión estratégica necesaria para liderar un imperio que se extendía desde los puertos de Vladivostok hasta los bancos de Londres.
—Habla de negocios, Cristóbal. No tengo tiempo para tus metáforas de salón —respondí con una voz que cortó el aire como un cuchillo.
Él sonrió, una expresión que nunca llegaba a sus ojos oscuros y envidiosos. Sacó un cigarrillo de oro y lo encendió, exhalando el humo hacia el techo artesonado.
—El Consejo está inquieto, primo. Muy inquieto. Sabes cómo son esos viejos; valoran la tradición por encima de la brillantez. Han estado llamando. Dicen que un líder sin linaje es un líder con fecha de caducidad. Me han sugerido, de manera muy poco sutil, que si no cumples con la promesa del heredero en el tiempo pactado, el puesto de Pakhan me corresponde a mí por derecho de sangre.
Sentí una oleada de furia fría subirme por el pecho, pero no permití que ni un solo músculo de mi rostro se inmutara. El Consejo de la Bratva era un nido de víboras, y Cristóbal era la lengua bífida que usaban para probar mi paciencia.
—Si la organización cayera en tus manos, Cristóbal —dije, caminando hacia él con una parsimonia letal—, la destruirías en una semana. No sabes gestionar un imperio; solo sabes administrar vicios. Confundes el miedo con el respeto y la opulencia con el poder. Bajo tu mando, seríamos cenizas antes del próximo invierno.
Él se tensó, la sonrisa desapareciendo por un instante mientras la ceniza de su cigarrillo caía sobre la alfombra.
—Tal vez. Pero seré un jefe con cenizas, mientras que tú serás un hombre en el exilio.
—Si no tienes nada importante que debie mejor vete—le ordené, mi voz bajando a ese registro barítono que hacía que incluso mis mejores hombres retrocedieran
Cristóbal se levantó, intentando recuperar su compostura arrogante.
Salimos del despacho hacia el pasillo que conectaba con el ala este. Necesitaba escoltarlo hasta la salida para asegurarme de que sus pies dejaran de ensuciar mi casa. Mientras caminábamos por el corredor que daba a los jardines de invierno, su paso se detuvo en seco.
A lo lejos, a través de los inmensos cristales que daban al jardín, la vi.
Aria.
Estaba allí fuera, desafiando el frío que empezaba a arreciar. Llevaba el vestido de seda marfil que yo mismo había seleccionado, pero lo que me detuvo el corazón no fue la ropa, sino ella. Tenía las mejillas sonrojadas por el viento gélido, un rosa vibrante que resaltaba la palidez de su piel de porcelana. Se había inclinado sobre un macizo de flores invernales, cerrando los ojos mientras inhalaba su fragancia. Parecía un ángel caído en un infierno de piedra y pólvora.
—Vaya, vaya… —susurró Cristóbal, y el tono de su voz me revolvió el estómago—. No sabía que habías contratado personal tan exquisito, Dominic. Esa empleada… tiene una estructura ósea divina. Mira esas curvas bajo la seda.
Sentí que la sangre se me convertía en lava. Verlo mirarla, ver sus ojos recorriendo lo que yo consideraba sagrado, despertó un instinto primario de violencia que casi me hace perder el control allí mismo.—Qué desperdicio tenerla limpiando polvo —continuó Cristóbal, relamiéndose los labios—. Dámela, primo. Pónmela en un envoltorio y me la llevo a casa. Tengo un club en el centro donde esa carita de inocente nos haría ganar una fortuna por noche. O mejor aún, la tendré en mi cama un par de semanas antes de cansarme de ella.
El mundo se volvió rojo. Antes de que pudiera procesarlo, mi mano se cerró sobre el cuello de la camisa de Cristóbal y lo estampé contra el ventanal de cristal. El sonido del impacto resonó en todo el pasillo.
—Es mi mujer —rugí, mi rostro a centímetros del suyo—. Si vuelves a ponerle un ojo encima, si vuelves a imaginar siquiera que puedes tocarla, te enterraré vivo bajo este mismo jardín.
Él me miró con los ojos muy abiertos, pero luego, esa maldita sonrisa falsa regresó a su rostro, aunque su respiración era errática
—¿Tu mujer? —se burló, aunque su voz temblaba—. Vaya… parece que el Pakhan de hielo tiene un punto débil después de todo. Veo que te estás tomando muy en serio lo de producir al heredero. No sabía que habías pasado de la transacción comercial a la… posesión absoluta
Solté su camisa con un empujón que lo hizo tambalearse. Admitir aquello en voz alta me quemaba las entrañas. ¿Por qué lo había dicho? Ella era un vientre, un contrato, un medio para un fin. Pero la sola idea de que otro hombre pusiera sus manos en ella me provocaba una náusea insoportable. Me enloquecía desde el primer segundo en que la vi en aquella cafetería, con su uniforme blanco y su dignidad intacta. Deseaba su fuego, deseaba su sumisión, y me enfurecía que el resto del mundo pudiera ver la belleza que yo había comprado para mí solo.
—Fuera —dije, dándole la espalda para no romperle el cuello
Lo acompañé hasta la puerta principal en un silencio sepulcral. Cristóbal se despidió con un gesto cínico y subió a su coche.
Me quedé en la escalinata, viendo cómo su vehículo se alejaba, pero mi mente estaba en otro lugar. La noticia de que ella estaba en la mansión se filtraría. El Consejo sabría que no es una simple empleada. Todos pondrían sus ojos en mi debilidad.
Y yo estaba furioso. Furioso con Cristóbal por codiciarla, furioso conmigo mismo por desearla, y furioso con ella por estar allí fuera, exponiéndose al mundo.
Caminé con pasos pesados hacia el jardín. Mi rabia era un animal vivo que buscaba una salida. Crucé el umbral hacia el frío y la vi de nuevo. Aria se había incorporado, sosteniendo una pequeña flor entre sus dedos. Al escuchar mis pasos sobre la grava, se giró. Su belleza era un insulto a mi autocontrol. El frío le había dado un brillo especial a sus ojos azules, y ese vestido… ese maldito vestido que se pegaba a sus muslos me recordaba la humedad que había provocado en ella apenas unas horas antes en mi despacho.
Quería tomarla allí mismo, sobre la nieve. Quería llevarla a mi cama, azotarla por su desobediencia y embestirla con una ferocidad que le recordara en cada fibra de su ser que es mía. Quería reclamarla, marcarla, borrar cualquier rastro de la mirada de Cristóbal de su piel. El deseo que sentía era tan crudo que me dolía.—Te ordené que te quedaras en tu habitación —dije, mi voz saliendo como un rugido contenido.
Ella dio un pequeño salto, asustada. Sus ojos buscaron los míos, y vi ese fuego que tanto me atraía, mezclado con una sumisión que empezaba a ser su única defensa.
—Lo siento... el aire era demasiado pesado allí dentro. Solo quería... —empezó a decir, pero se detuvo al ver la oscuridad en mi rostro.
Se veía tan hermosa, tan frágil y a la vez tan desafiante. Su cuello expuesto me invitaba a morderlo, a dejar mi marca para que todo el mundo supiera a quién pertenecía. El instinto de posesión me nublaba el juicio.
Quería que supiera que no es libre, que no puede pasear por mis jardines como si fuera la dueña de su vida.—Lo lamento, señor Ferrante —susurró, bajando la cabeza en un gesto de sumisión que debería haberme satisfecho, pero que solo aumentó mi necesidad de ella—. Volveré a mi habitación de inmediato.
Caminó hacia mí para entrar en la casa, pasando tan cerca que pude oler su piel, una mezcla de flores frescas y ese aroma femenino que me estaba volviendo loco. Estuve a punto de agarrarla del brazo, de estamparla contra la pared y reclamar su boca hasta que no pudiera respirar. Mis músculos estaban en tensión, cada fibra de mi cuerpo gritaba que la hiciera mía por completo.
Pero me detuve.
La vi alejarse, con sus pasos rápidos y elegantes desapareciendo por la puerta de cristal. Apreté los puños hasta que los nudillos se me pusieron blancos. No podía tocarla. No de esa manera. Ella era la mujer que llevaba a mi hijo, el futuro de mi imperio. Cualquier contacto físico personal que no fuera el necesario era una grieta en mi armadura, un riesgo que no podía permitirme.
Me quedé solo en el jardín, con el frío calándome hasta los huesos, pero el incendio en mi interior no se apagaba. Sabía que Cristóbal no olvidaría su cara. Sabía que el Consejo presionaría. Pero lo que más me aterraba era darme cuenta de que, en esta guerra por el poder, mi mayor enemigo no eran los otros mafiosos, sino la mujer que acababa de entrar en mi casa y que, sin saberlo, estaba empezando a poseer al hombre que creía poseerla a ella.
Encendí un cigarrillo, observando cómo el humo se disolvía en el aire gélido de Moscú. Aria Valli no era solo un vientre. Era una obsesión. Y yo era un hombre que nunca dejaba ir nada