Dominic Ferrante El aroma de la nieve vieja y la pólvora parece impregnar hasta los rincones más lujosos de esta mansión. Estaba de pie frente al ventanal de mi despacho, observando el horizonte grisáceo de Moscú, cuando el sonido de unos pasos familiares y arrogantes sobre el parqué me obligó a tensar la mandíbula. No necesitaba girarme para saber quién era. El perfume excesivamente caro y la cadencia pretenciosa de su andar eran suficientes para identificar a Cristóbal. Mi primo. El hombre que compartía mi sangre, pero que codiciaba mi trono con la desesperación de un carroñero. —Es una fortaleza impresionante, Dominic. Cada vez que vengo, me pregunto si tantas cámaras y guardias son para mantener al mundo fuera… o para evitar que tus propios demonios escapen —dijo Cristóbal, dej

