CAPÍTULO 4 CRECE LA TENSION

1541 Words
Los días se convirtieron en una extraña danza silenciosa. A veces era él; a veces era el otro. Pero siempre era uno de ellos. La cacería había comenzado, y aunque no había gritos ni persecuciones, Laila sentía que cada vez que cruzaba un pasillo, alguien la estaba observando. Con Julian, los encuentros eran breves, calculados, siempre en espacios cerrados o rincones donde nadie más llegaba. Una biblioteca vacía, un pasillo lateral después de clase, la entrada trasera cuando salía. Él aparecía de la nada, como si supiera exactamente dónde encontrarla. No siempre hablaba, pero su presencia llenaba cada rincón del espacio, haciendo que el aire se volviera denso, difícil de respirar. La miraba de arriba abajo con esa calma que la ponía al borde del abismo, y sus comentarios, siempre educados, siempre impecables, llevaban una doble intención que le encendía la piel. —Te ves diferente hoy, Princesa de Papel —le dijo una tarde, recostado contra una estantería de libros, bloqueando su camino sin tocarla—. Como si algo te estuviera cambiando por dentro. O tal vez simplemente te estás acostumbrando a que te observe. —No me acostumbro a nada que no me convenga —respondió ella, sosteniendo su mirada aunque el corazón se le aceleraba—. Y puedes apartarte. Tengo que pasar. Él sonrió, dando un paso hacia ella, reduciendo la distancia hasta que podía sentir el calor de su cuerpo sin llegar a tocarla. —¿Pasar? —repitió suavemente—. A veces creo que te gusta que te tenga aquí, tan cerca, viéndome a los ojos sin apartarte. Hay algo en ti que responde a mi cercanía. Tu respiración se acelera. Tus dedos se cierran. No lo niegues. Tu cuerpo no miente aunque tus palabras sí. Con Erick, los encuentros eran distintos. Más bruscos, más cargados de una tensión que lo hacía inquietarse, caminar de un lado a otro, mirarla y apartar la vista como si le costara mantenerse quieto cerca de ella. La buscaba cuando estaba sola, como si necesitara confirmar que seguía allí, y sus palabras eran más directas, más crudas, pero con un descontrol que lo hacía aún más peligroso. —No deberías hablar conmigo tanto —le dijo una mañana, bloqueando su camino en la salida—. Cada vez que me miras así, algo en mí se rompe. Y yo no sé recoger los pedazos con delicadeza. Ten cuidado con lo que provocas en mí. No soy tan… contenido como mi hermano. Puedo quemarte sin querer. —Y si no tengo miedo de quemarme? —le respondió ella, desafiándolo con la mirada. Él cerró los ojos un instante, apretando la mandíbula, y cuando los abrió, su mirada estaba oscura, llena de un deseo que no intentaba ocultar del todo. —Entonces eres más valiente que sensata. Y eso… es lo que más me atrae de ti. Y lo que más me asusta. Mientras en la academia esa tensión crecía día tras día, fuera de esas paredes, la vida de Laila seguía siendo sencilla, humilde y entrañable. Vivía en un pequeño apartamento al sur de la ciudad, en un barrio donde las calles se iluminaban con faroles antiguos y el vecino conocía el nombre del otro. Su madre trabajaba en una tienda de telas, regresaba a casa con las manos manchadas de hilo y siempre olía a lavanda y algodón. Laila trabajaba de tardes en una pequeña librería del barrio, ordenando estantes y atendiendo a los vecinos que buscaban refugio entre páginas gastadas. Allí nadie la miraba como si no perteneciera. Allí era simplemente Laila: la chica que sabía dónde estaba cada libro, que ayudaba a su madre a cocinar la cena, que estudiaba hasta tarde con una lámpara que apenas iluminaba su cuaderno. Era una vida sin lujos, pero era suya. Y esa era precisamente la información que los Vox ya habían recopilado hasta el último detalle. Sabían dónde vivía, cómo era su cuarto, qué libros leía, cuánto ganaba en la librería. Conocían cada rincón de su vida sencilla, y eso los hacía sentir que la conocían a ella también. Pero estaban equivocados. Sabían su historia, pero no su alma. En la academia, la única persona que no la miraba con curiosidad ni desprecio era Valeria. Con el paso de las semanas, se habían vuelto inseparables. Se sentaban juntas en el comedor, se esperaban a la salida, compartían notas y secretos. Y fue una tarde lluviosa, sentadas bajo los árboles del patio, cuando Valeria finalmente se animó a hablar de lo que le había sucedido. —No siempre fui tan… invisible como ahora —le confesó, jugando nerviosamente con el borde de su falda—. Cuando llegué aquí, creí que podría encajar. Que tener dinero sería suficiente para que me aceptaran. Y al principio… parecía que sí. Staly Moss se acercó a mí. Me habló, me hizo reír, me hizo sentir que era especial. Caí como una tonta. Él era amable, atento… y cuando ya me sentía cómoda, cuando le conté cosas que nunca le había dicho a nadie… lo utilizó contra mí. Difundió rumores terribles sobre mí, cosas que nunca pasaron, pero que todos creyeron sin preguntar. Me exhibió como un trofeo que había ganado y decidido abandonar. Y ellos… los Vox, Susana, Sofía… todos se rieron. Nadie me defendió. Nadie me miró a los ojos hasta que dejé de existir para ellos. Simplemente… dejaron de verme. Se aburrieron de su juego. Pero el daño… el daño se quedó conmigo. Laila le tomó la mano, apretándola con suavidad. —Nadie tiene derecho a hacerte sentir menos —dijo con firmeza—. No fue tu culpa. Fue la crueldad de quienes creen que lastimar a otros los hace grandes. —Pero ellos siempre ganan, Laila —susurró Valeria con los ojos llenos de lágrimas—. Siempre. Porque aquí las reglas las ponen ellos. Y tú… tú les interesas a ambos. Y cuando los dos quieren lo mismo… ninguno se detiene a preguntar si eso es lo que tú también quieres. Ten cuidado. Porque cuando empiecen a competir por ti, tú serás el premio. Y los premios… no tienen voz propia. Y Valeria tenía razón. Los celos empezaron a brotar entre los hermanos Vox de formas que nadie podía ignorar. Un día Julian llegaba temprano a su clase solo para verla entrar; al siguiente, Erick la esperaba a la salida y se ofrecía a caminar con ella hasta la puerta. Si Julian le dedicaba una frase que la dejaba sin aliento, Erick encontraba la manera de interceptarla después, preguntándole con voz ronca qué le había dicho su hermano que la tenía tan alterada. No se decían nada abiertamente, pero entre ellos había una tensión nueva, silenciosa, cargada de una rivalidad que jamás había existido entre ellos. Y todo por ella. Todo estalló con la fiesta de otoño del instituto. Una celebración que nadie esperaba y a la que Valeria le suplicó a Laila acompañarla. —Si no vas, me obligarán a ir sola —le dijo con ojos suaves—. Solo esta vez. No tienes que hablar con nadie. Solo… quédate conmigo. Por favor. Laila aceptó. No tenía vestido costoso, así que se arregló con lo que tenía: un vestido sencillo de tela oscura que le ceñía las curvas con naturalidad, el cabello suelto sobre sus hombros, sin joyas más que la confianza que intentaba sostener en su pecho. No iba para impresionar a nadie. Iba porque su amiga la necesitaba. Pero cuando entraron al salón decorado con luces tenues y guirnaldas doradas, la atención de la sala pareció desplazarse hacia ella de golpe. No por el vestido. No por cómo caminaba. Sino porque cuando Julian y Erick Vox la vieron entrar, ambos dejaron de hablar al mismo tiempo. Y entonces, Laila hizo algo que nadie esperaba. No se encogió. No bajó la mirada. No fingió ser algo que no era. Se paró en el centro de esa sala llena de gente que la juzgaba, y sostuvo la cabeza alta. Cuando uno de los chicos del círculo se acercó con una copa en la mano y una sonrisa que no auguraba nada bueno, diciéndole con voz burlona si necesitaba que alguien le enseñara cómo comportarse en una fiesta de verdad, Laila lo miró a los ojos y sonrió con una calma que lo desconcertó por completo. —Sé perfectamente cómo comportarme —dijo con voz clara, lo suficientemente fuerte para que quienes estaban cerca escucharan—. Y también sé disfrutar de mi cuerpo, de mi vida y de mis decisiones sin pedirle permiso a nadie. No necesito fingir inocencia que no tengo ni pedir disculpas por ser quien soy. Si eso te incomoda, ese es tu problema, no el mío. Se alejó de él con paso firme, dejando a todos boquiabiertos. No era la chica tímida que esperaban encontrar. No era la princesa de papel que se arrugaría con la primera tormenta. Era fuego. Y los hermanos Vox, desde sus posiciones al otro extremo del salón, lo entendieron al mismo tiempo: no estaban compitiendo por conquistar a una chica indefensa. Estaban a punto de quemarse con alguien que tenía suficiente fuego propio para consumirlos a ambos. Y eso… eso los hizo desearla aún más.
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