La música llenaba el salón, pero para Laila todo lo que escuchaba era el eco de pasos que se acercaban, de miradas que pesaban sobre su piel. Estaba harta. Harta de sentirse observada, de ser un objeto en medio de una vitrina, de que decidieran por ella qué lugar ocupaba en su mundo. No había venido para ser el trofeo de nadie. Y esa noche, las reglas iban a cambiar.
Cuando Julian se acercó, con esa calma impecable que parecía desafiarla sin necesidad de palabras, no se apartó como siempre hacía. Se quedó donde estaba, sosteniendo su mirada, y cuando él le susurró al oído que se veía demasiado hermosa para estar tan sola, ella sonrió, acercándose lo suficiente para que su respiración rozara su cuello, y dijo con voz suave pero firme:
—Gracias por el cumplido, Julian. Pero si quieres mi compañía, vas a tener que ganártela. Nadie se sienta a mi mesa solo porque lo desea. Se lo gana.
Él parpadeó, desconcertado. Nadie le hablaba así. Nadie le ponía condiciones.
—¿Y cómo se gana un lugar a tu lado, Princesa de Papel? —preguntó, recuperando rápidamente su compostura, aunque sus ojos brillaron con renovado interés.
—Demostrándome que eres más que buenos modales y una sonrisa perfecta —respondió ella, alejándose lentamente antes de que él pudiera responder—. Que lo pases bien.
Minutos después fue Erick quien interceptó su camino. No con elegancia calculada como su hermano, sino con esa intensidad oscura que siempre parecía a punto de desbordarse. La miró como si quisiera decirle mil cosas a la vez, y al final solo murmuró que no debería estar tan cerca de él porque no sabía contenerse. Laila levantó una mano y le rozó levemente la mandíbula, un contacto tan breve como eléctrico, y vio cómo él contuvo el aliento.
—No tengo miedo de que pierdas el control, Erick —le dijo bajito, con una sonrisa que no era inocente en absoluto—. Solo ten cuidado de que no sea yo quien lo tome primero de ti.
Se alejó dejándolo inmóvil, confundido, con la mano cerrada como si quisiera alcanzarla de vuelta. No lo rechazó. No lo humilló. Simplemente… no le dio lo que esperaba. Y eso fue más poderoso que cualquier negativa.
Se reunió con Valeria en un rincón apartado, donde nadie se atrevía a interrumpirlas. Su amiga la miraba con ojos muy abiertos, incrédula por lo que acababa de presenciar.
—¿Estás bien? —le preguntó Valeria, todavía sin aliento—. Nunca nadie les habla así. Van a querer destruirte.
Laila se ajustó el borde de su vestido y esbozó una sonrisa pícara, segura y decidida.
—Déjalos intentarlo —dijo con calma—. Valeria, escúchame bien: divide y vencerás. Su reinado se basa en que todos les teman por igual. Pero ¿qué pasa si dejan de estar del mismo lado? Si cada uno cree que tiene una oportunidad… dejarán de cuidarse las espaldas. Y entonces veremos qué tan fuertes son por separado.
—Son peligrosos, Laila. No son juegos.
—Yo no juego —respondió ella, mirando hacia donde ambos hermanos la buscaban con la mirada al otro lado del salón—. Yo no me meto con nadie, pero sé defenderme. Y no voy a permitir que mi esfuerzo, lo que me costó llegar aquí, sea truncado por dos caprichos calenturientos y una manga de lambiscones que solo saben seguir a quien les da sobras de atención. Si quieren pelear por mi atención… que peleen. Pero que entiendan desde ahora: yo soy el premio, no el botín. Y los premios… se ganan. No se toman.
Pero lo que Laila aún no sabía era la verdad que Valeria llevaba guardada en el pecho, quemándola por dentro. Al salir al balcón para respirar aire fresco, su amiga finalmente se animó a hablar, con lágrimas en los ojos y la voz temblorosa.
—Tengo que decirte esto aunque me dé terror que se enteren… —susurró Valeria—. Algunos chicos escucharon Staly diciendo que a los hermanos vox han hecho una apuesta.Y esa apuesta eres tu. El que gane debe llevarte a la cama y luego desecharte y el perdedor entregará su posesión más valiosa junto con una suma enorme y cede su turno de autoridad al ganador. . y su grupo está atento para saber quién te rompe primero esa inocencia y te convierte en su verdadera muñeca de papel. No te ven como persona, Laila. Ven que eres el reto para aliviar su aburrimiento y sobre todo demostrarse quién manda de verdad.
Laila esperaba cualquier cosa, menos eso. Pero no sintió rabia humillada ni dolor. Sintió que algo en su interior se encendió con una claridad fría y decidida.
—¿Una apuesta? —repitió, y en su voz no había herida, sino una comprensión peligrosa—. Me convirtieron en una moneda de cambio sin preguntarme. Muy bien. Que sigan apostando. Pero yo voy a cambiar las reglas de la mesa.
—¿No te molesta? ¿No te asque saberlo? —preguntó Valeria, sorprendida por su calma.
—Me duele que subestimen mi valor, pero no me arrepiento de sentir atracción por sus acciones —dijo Laila con honestidad, mirando hacia las luces del jardín—. No voy a castigarme por sus tonterias de niños ricos. Eso sería darles demasiado poder sobre mí. Si hay algo que odio es que crean que pueden utilizarme … no soy su juego. Es también mi elección. Y si quieren competir… que compitan por algo real. No por una idea que tienen de mí. Por la mujer que soy en verdad. Y veremos si cuando conozcan quién soy realmente… siguen queriendo ganar esa apuesta.
Esa noche todo cambió. Laila no se alejó de ellos, pero tampoco se entregó. Cuando Julian se acercó con esa intención posesiva, ella respondió a su cercanía con una calidez que lo desconcertó, pero siempre manteniendo su espacio, su dignidad intacta. Cuando Erick la encontró más tarde, tenso y desesperado por entender por qué lo trataba distinto a como trataba a su hermano, ella no lo rechazó; lo miró a los ojos y le dijo que si quería estar cerca, tenía que aprender a preguntar, no a tomar. Y ambos descubrieron, con una mezcla de frustración y fascinación creciente, que ella no cedía ante la arrogancia ni se rendía ante la intensidad.
Los límites comenzaron a difuminarse esa noche. A veces Julian se acercaba y encontraba una respuesta suave que lo dejaba anhelando más, y minutos después era Erick quien recibía una sonrisa que lo hacía sentir especial y excluido al mismo tiempo. Los celos ya no eran solo tensión silenciosa; eran combustible. Cada mirada que ella le daba a uno era un desafío para el otro. Y lo que empezó como una competencia fría y egoísta empezó a transformarse en algo mucho más complejo y oscuro.
Porque ninguno esperaba que la persona por la que competían tuviera voz propia, deseos propios, un fuego que no encendían ellos sino que ya llevaba dentro desde antes de conocerlos. Laila no era el trofeo pasivo de su rivalidad. Era el campo de batalla donde ambos iban a aprender que ganar podía significar perderse a sí mismos. Y en ese espacio extraño donde la atracción y la rivalidad se mezclaban hasta ser indistinguibles, los tres entraban en un territorio donde nadie saldría ileso, pero donde ninguno de los tres estaba seguro de querer detenerse.