CAPÍTULO 3 ENTRE DOS FUEGOS

1471 Words
Los días siguientes no hicieron más que confirmar lo que Celia le había advertido. Laila aprendió a moverse por los pasillos manteniéndose al margen, bajando la voz, tratando de pasar desapercibida. Pero sabía que era cuestión de tiempo para que su presencia dejara de ser ignorada por completo. Y fue entonces cuando sus ojos se posaron en Valeria. La vio sentada en un rincón del patio, sola, con el cuaderno abierto sobre sus rodillas pero sin escribir nada. Tenía la mirada perdida, como si estuviera acostumbrada a esperar que el tiempo pasara sin esperar nada de él. Laila dudó un instante. Sabía que acercarse a quien nadie quería cerca era, en cierto modo, firmar su propia sentencia. Pero algo en esa soledad le resultó demasiado familiar. Así que respiró hondo y caminó hacia ella. —Hola —dijo suavemente al llegar a su lado—. ¿Puedo sentarme aquí? Valeria dio un respingo, como si hubiera olvidado que existía gente a su alrededor. Levantó la vista con timidez, y por un momento sus ojos se iluminaron, solo para oscurecerse de inmediato. —Mejor no… —murmuró, cerrando su cuaderno—. Si te ven conmigo, también te ignorarán. No vale la pena. Vete, por favor. No quiero que te hagan daño también. —No necesito que nadie me hable para saber quién soy —respondió Laila, sentándose a su lado de todos modos—. Y no creo que hablar contigo sea algo de lo que deba avergonzarme. Valeria la miró con desconfianza, pero esa pequeña barrera empezó a ceder. —Eres nueva —dijo en voz baja—. Y eres valiente. O no sabes dónde estás, o no te importa lo suficiente. Aquí la gente como nosotras… solo ocupamos espacio. Y a ellos no les sobra el espacio. —¿Ellos te molestan mucho? —preguntó Laila, aunque ya se imaginaba la respuesta. Antes de que Valeria pudiera responder, una risa conocida cortó el aire. Susana Fox y Sofía Halen aparecieron frente a ellas, con esas sonrisas que nunca llegaban a los ojos. Detrás de ellas, Staly y Andrei Moss las observaban con los brazos cruzados, como esperando la orden para intervenir. —Qué escena tan patética —dijo Susana, inclinándose ligeramente hacia adelante—. La becaria y la rica sin apellido. Dos invisibles haciéndose compañía. Es casi conmovedor. Casi. —No te metas en lo que no te incumbe, Susana —dijo Laila, poniéndose de pie lentamente—. No estamos haciendo nada malo. —¿No hacen nada malo? —repitió Sofía, soltando una risa breve—. El simple hecho de sentarte donde tú no perteneces ya es una ofensa. Y ahora vienes tú, recién llegada, creyendo que puedes romper el orden que los Vox han establecido aquí. Qué ingenua eres. —Nadie tiene derecho a decirnos dónde sentarnos —respondió Laila, aunque sintió el corazón acelerarse cuando vio que Staly y Andrei dieron un paso hacia adelante. —Nosotras no decidimos nada —dijo Susana, con voz afilada—. Simplemente mantenemos el lugar limpio. Y tú… estás empezando a ensuciar. Retírate. Ahora. Antes de que tengamos que pedir ayuda. Valeria tiró suavemente de la manga de Laila, temblando visiblemente. —Vámonos, por favor… —le susurró—. No vale la pena. Dejémoslo. Pero antes de que Laila pudiera responder, una figura se detuvo entre ellas. No fue un empujón, ni una palabra elevada. Simplemente, su presencia llenó el espacio. —¿Problemas aquí? Era el chico de la izquierda. El de la mirada oscura y la rebeldía contenida. Su voz no era suave, pero tampoco agresiva. Era una advertencia. Susana y Sofía se enderezaron de inmediato, cambiando sus expresiones de dominio a una sonrisa que intentaba parecer amable pero que delataba su nerviosismo. —Ningún problema, Erick —dijo Susana rápidamente—. Solo estábamos… explicándole a la nueva cómo funcionan las cosas. No queremos que nadie se sienta perdida. —Se nota que lo estás haciendo excelente —dijo él con sequedad, sin apartar la vista de Laila—. Se veían muy asustadas. Sobre todo Valeria. ¿O acaso es tu especialidad hacer sentir mal a quien no te responde? Susana palideció. —No… claro que no. Solo… —Entonces lárguense —dijo, y aunque no elevó la voz, la orden fue innegociable—. Antes de que me pregunte qué hacían molestando a dos chicas que no les han hecho nada. Y sabes que a Julian no le gustan los problemas innecesarios. Especialmente si son tus problemas. Eso fue suficiente. Las dos chicas intercambiaron una mirada rápida con Staly y Andrei, quienes se encogieron de hombros, y se retiraron con paso apresurado, no sin antes lanzarle a Laila una última mirada cargada de advertencia. Los dos chicos las siguieron, y por fin quedaron solos: Erick, Laila y Valeria. Valeria no esperó. Se levantó rápidamente, recogiendo sus cosas con manos temblorosas. —Gracias —alcanzó a murmurar Erick, sin mirarlo directamente—. Pero ahora será peor. Mucho peor. Y se alejó casi corriendo, dejándolos solos. Erick miró a Laila, y por un instante creyó ver algo distinto en su expresión, algo que no era arrogancia ni dureza. Pero ese instante se rompió cuando una voz suave y perfecta llegó desde detrás de ellos. —Muy noble de tu parte, hermano. Interviniendo en defensa de la intrusa. Casi me conmueves. El otro gemelo se acercó con calma, caminando con esa elegancia que parecía no conocer la prisa. Se detuvo junto a su hermano, pero sus ojos estaban fijos en Laila, recorriéndola con una mezcla de diversión y decepción fingida. —No estaba defendiendo a nadie —murmuró Erick, apartando la mirada, como si de repente le molestara haber mostrado amabilidad—. Solo no me gustan los desmanes públicos. Es de mala educación. Julian, no hagas de esto algo que no es. —¿Ah sí? —dijo Julian, dando un paso hacia Laila—. Porque desde donde yo estaba, parecía que nuestra Princesa de Papel necesitaba que la rescataran. Y nada debilita tanto a alguien como saber que no puede sostenerse sola. ¿O me equivoco? Laila sintió cómo el calor le subía al rostro, no de vergüenza, sino de indignación. —No necesitaba que nadie me rescatara —dijo con firmeza, sosteniendo su mirada—. Solo ocurrió que él llegó antes de que yo misma me defendiera. No soy indefensa. Julian sonrió, una sonrisa que no llegó a iluminar sus ojos oscuros. —Esa es tu mayor ilusión, ¿verdad? —dijo suavemente—. Crees que con valentía basta. Pero mira lo que acaba de pasar: tus nuevas amigas te abandonaron en cuanto las cosas se pusieron difíciles. Y tú… te quedaste esperando. Agradecida. Porque alguien de nuestro mundo te protegió del caos que tú misma provocaste al no saber dónde estás parada. No eres fuerte, Laila. Solo no has visto lo suficiente como para tener miedo todavía. Y cuanto más te acerques a lo que no te pertenece… más vas a necesitar que alguien te rescate. Y un día… nadie vendrá. —Y ese día… me las arreglaré sola —respondió ella, sintiendo cómo se le humedecían los ojos aunque se negaba a parpadear—. No necesito que entiendas mi valor para saber que lo tengo. —Valor… qué palabra tan bonita y tan inútil sin poder —murmuró él, inclinándose levemente hacia ella para que solo ella lo escuchara—. Recuerda esto: mi hermano puede ser amable cinco minutos. Pero al final del día, su lealtad pertenece a nuestro apellido, no a ti. No confundas un momento de debilidad suyo con una invitación a nuestro mundo. La puerta sigue cerrada para ti. Y yo… me aseguraré de que se mantenga así. Se enderezó de nuevo, como si la conversación hubiera terminado. —Vámonos, Erick. Tenemos asuntos que no pueden esperar. Y no pierdas tu tiempo con quien no sabe agradecer. Erick dudó un instante. Miró a Laila, abrió la boca como si fuera a decir algo más, pero finalmente asintió con brusquedad y siguió a su hermano. Laila se quedó sola en el patio, con el corazón latiéndole con fuerza y una certeza dolorosa abriéndose paso en su mente: Erick la había salvado de la humillación pública, pero Julian acababa de recordarle que eso no significaba que estuviera a salvo. Al contrario. Estaba entre dos hermanos que compartían la misma sangre pero que veían el mundo con ojos muy distintos. Y ambos, a su manera, estaban de acuerdo en una sola cosa: ella no pertenecía allí. Pero pertenecer no es algo que otros te conceden, pensó, apretando los puños a sus costados. Es algo que tú construyes para ti misma. Y yo no vine a pedir permiso. Vine a quedarme.
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