CAPÍTULO 20 LA MIRADA QUE QUEMA

1104 Words
El sol se había ocultado por completo tras las torres del instituto, tiñendo el cielo de un morado profundo que parecía el preludio de algo prohibido. Laila esperaba junto a la vieja entrada lateral del gimnasio, donde rara vez pasaba alguien. Sabía que Erick llegaría puntual; cuando se trataba de ella, ambos habían dejado de ser capaces de ignorar su llamada. Y sabía también que Julian no se habría quedado atrás. No lo haría. Porque ahora ninguno confiaba en dejar al otro solo con ella. Los pasos rápidos de Erick resonaron antes de que ella lo viera. Apareció entre las sombras, con el cabello un poco revuelto y esa mezcla de impaciencia y brillo en los ojos que solo ella lograba despertar en él. Se acercó, y por un instante pareció olvidar cómo respirar al verla recostada contra la pared, con esa calma que lo desarmaba por completo. —Me dijiste que viniera —dijo él, con la voz más ronca de lo habitual—. ¿Por qué aquí? ¿Por qué de repente decides darme tiempo a mí solo? Laila sonrió, y no fue una sonrisa tímida. Dio un paso hacia él, reduciendo la distancia entre ambos, pero sin tocarlo todavía. —Porque mereces atención también tú, Erick —susurró ella, lo suficientemente cerca para que él sintiera su respiración—. Aunque tu hermano no esté de acuerdo con eso. Erick frunció el ceño, confundido por la advertencia en sus palabras. Pero ella levantó una mano y lo detuvo antes de que pudiera mirar hacia los lados. Sus dedos rozaron su pecho, apenas, una caricia ligera que hizo que él contuviera el aire. No era una caricia apresurada ni exigente; era deliberada, lenta, como si ella supiera exactamente qué efecto causaba en él. —No te muevas —le indicó ella, suave pero firme—. No apartes la mirada de mí. Erick obedeció, hipnotizado. Laila acercó su rostro al de él, tan cerca que sus frentes casi se tocaban. Sus ojos oscuros no miraban solo a Erick. Por el rabillo del ojo, y de frente también, ella sostenía la mirada hacia la ventana alta del segundo piso, donde sabía que Julian estaba escondido en la sombra, viendo cada movimiento. Deslizó sus manos por los hombros de Erick, sintiendo la tensión en sus músculos, y luego bajó lentamente hasta llegar al borde de su chaqueta, sin llegar a quitarla. Sus labios rozaron apenas la comisura de los de él, lo suficiente para que él cerrara los ojos con un gemido contenido, pero se detuvo ahí. —Respira, Erick —le dijo ella, su voz clara y serena—. Sabe que estoy aquí contigo. Sabe que eres quien tiene mi atención ahora mismo. Y que podría ser tuya… si realmente entiendes que yo soy quien decide cuándo, cómo y hasta dónde llegamos. Erick abrió los ojos de golpe, confundido y desesperado por más, pero ella se apartó apenas unos centímetros, manteniendo una mano sobre su pecho, sobre su corazón acelerado. Y entonces, alzó la vista directamente hacia donde Julian observaba. No ocultó nada. No se disculpó. Solo sostuvo esa mirada fija, desafiante, dejándole ver que ella podía estar cerca de su hermano y que él no podía hacer nada para impedirlo sin perder el control que tanto amaba tener. Desde las sombras del pasillo superior, Julian apretó los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Cada roce, cada palabra suave que su hermano recibía, era como una quemadura en su propia piel. Quiso irrumpir en la escena, apartar a Erick, reclamar lo que sentía que le correspondía. Pero no podía. No era suyo. Y esa era la tortura más grande de todas: saber que ella los tenía a ambos exactamente donde los quería, esperando, anhelando, sin cederles ni un centímetro más de lo que ella decidía dar. Laila volvió entonces su atención completa a Erick, acariciando su mandíbula con suavidad, pero sin besarlo de verdad. —Eres intenso, Erick —le murmuró—, y me gusta esa pasión tuya. Pero no te confundas. Esto no significa que seas el ganador de nada. Significa que te he permitido estar aquí. Y puedo decidir que te vayas con la misma facilidad con la que te llamé. Él asintió, sin apartarse de su mano. —No me importa la apuesta —reconoció en un susurro áspero—. Ya no me importa ganar. Solo me importas tú. Ella sonrió, satisfecha, y retiró su mano por completo, dando un paso atrás para dejar claro que el momento había terminado. —Entonces demuéstralo. Ahora vete. Nos veremos mañana. Erick dudó, quiso protestar, pero vio en sus ojos que no había negociación posible. Con un último vistazo, se dio media vuelta y se marchó, sintiendo que se llevaba consigo el eco de su tacto y la certeza de que nunca nadie lo había hecho sentir tan vivo y tan vulnerable al mismo tiempo. Cuando él desapareció, Laila no se fue. Se quedó allí, de pie, mirando hacia arriba. Y justo en ese instante, Julian emergió de las sombras. No bajó de inmediato; solo se recostó contra el marco de la puerta, observándola desde lo alto, con una expresión que mezclaba furia contenida y un deseo que se negaba a dominar. —Disfrutaste hacerme mirar —dijo él, y aunque estaba lejos, ella escuchó cada palabra con nitidez. —Disfruté recordarte quién está al mando aquí, Julian —respondió ella sin vacilar—. No soy un premio que pueden ganarse el uno al otro. Soy la persona que decide si alguno de los dos entra en mi vida o se queda afuera. Y si eso te duele… entonces estás empezando a entender que el juego ha cambiado. Esperó que él bajara, que gritara, que exigiera algo. Pero Julian permaneció inmóvil, procesando cada palabra, luchando contra sí mismo. Y esa era su victoria más grande: ninguno de los dos podía culpar al otro. Solo podían culparse a sí mismos por haber caído tan profundamente en su red, sin que ella siquiera tuviera que esforzarse por tejerla. Laila se dio media vuelta y se marchó, caminando con paso firme hacia la residencia de estudiantes. Sabía que ambos la observaban irse: uno desde el final del pasillo, el otro desde lo alto de las escaleras. Y también sabía que, desde esa noche, ya no se trataría de quién la llevaba a la cama. Se trataría de quién merecía quedarse a su lado cuando ella decidiera que era el momento de abrir esa puerta. Y hasta entonces… ninguno de los dos estaba seguro de que eso llegara a suceder.
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