Capítulo 9: Provocando al diablo

3137 Words
Eitan La tengo acorralada en el baño. Por más que intentó rehusarse, casi la arrastro, pero logré traerla hasta acá. No me pude controlar la rabia que sentí cuando me pegó esa cachetada. Y su acción no la pasaré por alto. Le tengo cada uno de mis brazos a cada lado de su cabeza, contra la pared, mientras la miro fijamente a los ojos y trato de controlar esto que me quema por dentro. Cada vez que pienso en cómo ese maldito la estaba manoseando me hierve la sangre. —Escucha lo que voy a decirte, linda —mis ojos penetran los suyos—. Eso que hiciste hace un momento... ¡Nunca, pero nunca más lo vuelvas a hacer! —espeto con rabia. Puedo sentir sus nervios, pero aun así, no deja de mirarme a los ojos. —Lo haré tantas veces como sean necesarias, ¡te lo advierto! ¡No te tengo miedo! ¿Con qué derecho haces lo que estás haciendo? Me habla sintiéndose segura, pero queda descubierta frente a mí. Su pecho brinca. Su corazón está a punto de salirse de él. Y estoy seguro de que si coloco mi mano podré sentirlo. —¿Estás segura de no saber con qué derecho lo hago? —Mira mis labios—. Lo hago con el derecho que me da esto. De inmediato llevo una mano en su pecho. Siento cómo su corazón tiembla. Sé que ese palpitar desenfrenado es por mí. Ese corazón está latiendo al compás del mío, aunque ella no lo quiera admitir. Ninguno de los dos dice nada. Solo me mira con asombro. Aprovecho para dibujar sus labios rojos y puedo sentir el vaivén de su pecho. Cosa que confirma lo que ya estaba pensando. En un santiamén la rabia que sentía me deja y se apodera de mí otro sentimiento. Ese que siento cada vez que estoy cerca de ella: ¡Deseo! ¡Deseo desmedido! Sus labios me atraen de tal forma que los siento como una droga que me desborda y nubla todos mis sentidos. Definitivamente y, sin buscarlo, se han convertido en mi droga personal. No me contengo más. Me dejo llevar por lo que siento y devoro sus labios. Los beso con desenfreno. Como nunca antes pensé besar a nadie. Con hambre pero al mismo tiempo con pasión. Ella intenta alejarme, pero no se lo permito. La aprieto, la aprisiono con más fuerza contra la pared, mientras me dejo llevar por la dulzura de sus labios. Así estamos. Por un momento siento que se deja llevar y disfruta al igual que yo. Pero cuando más emocionado estoy y todo en mí comienza a despertar, me muerde el labio inferior. ¡Maldita sea! Muerde duro. El dolor me hace retroceder un poco y aprovecha para lanzar su rodilla a mi entrepierna. Solo puedo rabiar de dolor. —¡Carajo! ¡Maldita sea, Eithan! —maldigo una y otra vez, en medio del dolor, mientras observo cómo abre la puerta y se larga, dejándome aquí, sujetando mis bolas para intentar mitigar este insoportable malestar. Cuando el todo ha pasado y me siento aliviado, salgo del baño. Me voy a mi mesa y, ahí está ella. A cierta distancia de donde paso. «¿Qué rayos hace Alexandre aquí? ¡Solo eso me faltaba!». Pienso, al verlo hablando con ella. ¿Será que nos vio? «No, imposible». Me respondo a mí mismo. Jamás entró al baño y si la vio salir, a mí no me vio. No hay nada de malo en ver a tu novia salir del baño de un club, ¿o sí? Bueno, no es mi problema. Ocupo mi lugar junto a la mesa y ellos hacen lo mismo. Siento que tiemblo de la maldita rabia que siento. Odio ver a mi linda con él. Odio verla en compañía de cualquier otro hombre. —¿Dónde estabas, Eithan? —cuestiona Eric—. Después de alejar a ese hombre, entré y no te encontré. No respondo. Me limito a mirarlo de forma que le haga cerrar la boca. Pero le vale madres. —Después me vas a explicar que fue lo que ocurrió, porque no entendí absolutamente nada —sigue jodiendo—. Y otra cosa. A esa chica creo conocerla de algún lugar. Ahora mismo no sé de dónde, pero ese rostro lo he visto en algún lado. No presto atención ni a una sola de sus palabras, ya que la tengo puesta en otro lugar. Solo puedo ver a la diabla que está a unos cuantos metros de mí. Mis ojos están clavados en ella, cuando de pronto siento como una mano se desliza por mi entrepierna. Miro y me percato de que se trata de la chica de hace un rato. Pensé que se había ido. Llegué tan enceguecido que ni siquiera la noté. Su mano busca mi polla y la dejo hacer. Necesito sacar la tensión que aún siento. Aunque creo que será imposible. Solo me queda agarrar una de las botellas que están sobre la mesa, y me sirvo un trago. Por primera vez en mucho tiempo comienzo a beber descontroladamente. La veo ponerse de pie y sentarse en las piernas de Alexandre. Mi humor, que ya estaba mal, comienza a empeorar, y siento que voy a abalanzarme sobre esa mesa, cuando lo veo dejar besos en su espalda. De pronto, como si lo estuviera haciendo a propósito, pasa un brazo por el cuello del hombre y lo besa. Lo hace como si en ello le fuera la vida. —¡Mierda! —exclamo, pensando que fue un pensamiento, pero no. Se ha escuchado lo suficientemente alto. Algo que tampoco puedo controlar son mis manos. Descargo mis puños sobre la mesa, haciendo rechinar las botellas y los vasos. Siento una furia que no soy capaz de controlar. Mi cuerpo, que ahora siento en combustión, se alza de la silla. Me pongo de pie al momento, llamando la atención de las personas que están cerca. Las chicas y Eric casi brincan en sus sillas sin entender el porqué de mi comportamiento. Pero no me quedo a dar explicaciones. Salgo del club como alma que lleva el diablo. Mi amigo, aunque no entiende, me sigue hasta que estamos fuera del local. Me siento furioso. No soporto verla con él. ¡Ni con él ni con nadie más! —Eithan, ¿qué sucede? ¿Me vas a decir qué carajos es lo que te está sucediendo? —Exige mi amigo. —¡Ella, ella tiene la culpa! Es ella la culpable de que yo esté así —espeto furioso, mientras señalo con el índice hacia el interior del club. —Pero, ¡cálmate, hombre! —Trata de calmarme—. Por lo que pude ver esa mujer tiene dueño. Estaban juntos en la mesa. —¡No es su dueño! —Me exalto aún más—. Pero ese es el maldito problema, Eric. ¡Tiene novio! Lo tiene, pero me importa una mierda. Y lo peor es que lo conozco. Somos colegas, pero la quiero para mí —declaro, sin reparar en las personas que se encuentran a la salida del lugar. Me importan una maldita mierda en estos momentos. —Tranquilo, Eithan —mi amigo insiste—. Este no es el mejor momento para hablar sobre el tema, amigo. Creo que lo mejor que hacemos ahora es que te deje en el hotel y ya luego podrán arreglar sus diferencias. Es obvio que necesitas conversar con ella. Algo aquí no está funcionando bien y por lo que veo es la comunicación. Intento hacer caso a su consejo y abandonamos el lugar. No hablamos en todo el trayecto y, cuando llegamos al hotel, salgo inmediatamente para irme a mi habitación. —Trata de relajarte. Mañana, si te apetece, hablamos. ¡Ah! Y me debes una —lo miro por un instante—. No olvides que arruinaste mi cita, cabrón. Camino, dándole la espalda, pero antes le muestro el dedo medio y lo escucho reír a carcajadas. Camino a toda prisa. Entro al lobby y no saludo a nadie, e imagino que mi cara, en este momento, debe ser de pocos amigos, porque nadie me dirige la palabra. Ya en la suite, tiro las llaves y el móvil sobre la cama y me dirijo a la barra para tomar un trago. Seguir bebiendo no es la mejor alternativa, pero no siempre hacemos lo que es correcto. Pasan los minutos y comienzo a sentirme mareado. Me encamino a la cama y me dejo caer sobre ella, cuando de pronto se escucha el timbre de la habitación. Me levanto para abrir y cuando lo hago... ¡No puedo creer lo que ven mis ojos! Ahí está ella, la dueña de mis locuras. Quedo perplejo y de boca abierta. No puedo sentir lo que hasta un momento sentía, cuando sin esperármelo, es ella quien se abalanza sobre mí y comienza a devorar mis labios. Cierro la puerta rápidamente, al tiempo que la tomo de la cintura, uniéndola más a mí. La aprisiono. Siento el calor de su cuerpo y el dulce de sus labios provoca que mi corazón quiera salir de mi pecho. No quiero perder tiempo. Esperé demasiado por esto. En medio de la desesperación le arranco todo, como puedo, sin dejar de saborear sus labios. No importa si después tengo que comprarle mil vestidos. ¡Eso sería lo de menos! La tomo en brazos, para llevarla a una de las esquinas del colchón. ¡Ella sí! Ella sí puede estar sobre mi cama. No decimos absolutamente nada. Solo pueden escucharse sus gemidos y mis gruñidos, mientras la tengo aquí, devorándole el coño. Lo como una y otra vez como el mejor de los manjares. Chupo todo como queriendo obtener su esencia. Ella solo gime y me mira. Se deja hacer abierta de piernas para mí, como tantas veces imaginé que lo hacía. Su coño rosado chorrea de ganas por mí. Acaricio una de sus tetas con una mano y la penetro con un dedo, mientras succiono su clítoris. Siento cómo se contrae, dejando caer su cuerpo totalmente sobre la cama y vuelve un arco su espalda. Sé que está próxima a correrse, así que introduzco otro dedo y la estimulo con más fuerza, cambiando a un ritmo más rápido, sin lastimarla y sin dejar de chupar ese botón rosado que está hinchado a consecuencia del deseo. —¡Córrete para mí, linda! Dame toda tu leche —pido, despegando mi boca de su coño. Alzo el rostro. Observo cada expresión de su rostro, en ese momento, y vuelvo a prenderme de su botón rosa. No tengo que esperar demasiado para escucharla gritar mi nombre. Se deja ir en un orgasmo intenso que dura lo suficiente. Mientras ocurre, chupo y trago todo. Tomo toda la esencia que me da y paladeo como el mejor de los manjares. Sin perder tiempo, ya que no lo había hecho, me deshago de la ropa, al tiempo que observo su cuerpo desnudo. Sus ojos, esos ojos verdes que me hacen nada, me observan como gata en celo y miran mi falo grueso con deseo. —¿Te gusta lo que ves, linda? —pregunto, al tiempo que tomo con una mano mi polla gruesa, con las venas remarcadas. Puedo sentir cómo palpita de deseo. Está más que despierta y lista para ella. Mi linda no responde, solo asiente con un movimiento de cabeza, al tiempo que se muerde el labio inferior. Lo hace con una sensualidad atrayente. Todo en ella me invita a hacerla mía. Así que no se diga más. Tomo un preservativo, me lo coloco y me voy sobre ella en esa misma posición. La lleno de besos. Devoro su boca y palpo su entrada más que lista, cosa que me hace penetrarla de una sola estocada. Se me escapa un gruñido al sentir su coño caliente y apretado. Su estrechez abraza mi polla. Ella gime como perra en celo disfrutando del placer que le doy, mientras deja estragos en mi espalda. Sus uñas se clavan en mi piel. Se abren paso arañando como una gata, pero con ella todo vale la pena. Puedo resistir lo que sea que venga de ella, siempre y cuando esté aquí, sobre mi cama, dejándose hacer por mí. Siento que no puedo más. Quiero venirme en su coño delicioso y me giro con ella en brazos, dejándola sobre mí. La miro a los ojos mientras me cabalga como la más experta de los jinetes. Adrianne se encaja mi polla hasta lo más profundo. Sus caderas se contonean deliciosamente y puedo sentir su humedad en mi piel. Aprieto su culo con mis manos y la suspendo, para poder clavarme con más fuerza. Lo hago aumentando el ritmo. La embisto con fuerza como buscando llegar a su alma. Y llega lo que ya estaba esperando. Una nueva corrida. Mientras lo hace y sin detenerme, busco la mía. Una, dos, tres... diez estocadas profundas más y listo. Me vengo con tanta fuerza que termino totalmente desfallecido. Se deja caer sobre mi pecho. Siento nuestros fluidos inundándonos, al tiempo que recuperamos el aliento y aprovecho para acariciar su cabello. Disfruto demasiado de embriagarme con su aroma. Pasan los minutos y seguimos así, disfrutando de la paz que llega después de amarse, cuando escucho, a lo lejos, el timbre de mi móvil. ¡Mierda! Despierto bruscamente. Abro los ojos y... —¡Carajo! No lo puedo creer. Era un maldito sueño. Estoy que me lleva el diablo. Sentía tan real. Acabo de coger con la mujer que deseo, en sueños, y despierto cayendo de golpe en la cruda realidad. ¿Por qué rayos me pasa esto? Doy un largo suspiro y busco el móvil. Lo tomo de mala gana y veo que se trata de mi padre. —Hola, viejo. ¿Qué tal están las cosas? —hablo sin ánimos. —¡Viejo un carajo! —exclama—. Viejo es tu abuelo y quien quiera serlo. ¿Por qué demoras tanto en tomar la llamada? —Estaba en el baño. No había escuchado el timbre —le miento. No quiero escuchar sus reclamos, y sonrío, porque sé que odia cuando le digo viejo. Pero solo lo hago por joder. —Fingiré que te creo. Dejaré que sigas creyendo que tu padre nació ayer, así dejas de llamarme viejo. ¡Pendejo! —No se le escapa nada y lo mejor es no reclamar—. Llamo, ya que no lo haces, y tu madre está preocupada. No has llamado desde que saliste y ya sabes cómo es ella. Además, tampoco lo has hecho con tu hermano para informar sobre la situación del conglomerado en Francia. —Papá, todo está perfecto. Ya sabes como es mi madre, siempre exagerando las cosas. —Eso es cierto. ¿Todo va bien con los hoteles? ¿Lo revisaste todo? —Sí viejo. Está perfecto, como siempre. Ya sabes que Eric lo maneja muy bien todo y es de nuestra total confianza. —¡Eithan Scott! Si vuelves a llamarme viejo te las verás conmigo a tu regreso —amenaza y no me queda más que sonreír—. Aún hago las cosas que tú no haces. Sino, pregúntale a tu madre. Esta vez me carcajeo. Mi padre todavía es joven y, lo cierto es, que se cuida y luce muy bien. —Papá, no me interesa saber sobre tus intimidades con la señora Greta. De solo pensarlo se me ha revuelto el estómago. —Chistosito y todo, el cabrón. Pero ya veremos a tu regreso. Ahora dime cuándo regresas. Tu madre quiere saber. —¿Mi madre o tú? —Los dos, así que responde. —No lo sé. Se me ha presentado un asunto personal y necesito solucionarlo antes de volver. —¿Qué está sucediendo, hijo? ¿Te pasa algo? —Nada de qué preocuparse, padre, así que tranquilo. Es solo que... estaba pensando en abrir una sucursal aquí en Francia y pasar tiempo acá. ¿Qué te parece? —Extraño, me parece extraño. Pero sabes que voy a apoyar cualquier decisión que tomes con respecto a eso. Aunque no puedo decir lo mismo de tu madre. Cuando sepa de tu idea pondrá el grito en el cielo. —No le comentes nada al respecto —le pido—. Todavía no lo decido. Es solo una idea por el momento. Después llamo a mi hermano para comentarle y saber lo que piensa al respecto. —Está bien. No digo nada. Solo compórtate por allá y no pases tanto tiempo sin llamar. Si puedes llamar cada día a tu madre, será lo mejor. Sabes muy bien que ella se preocupa. —¿Y tú no? —Imposible no hacerlo, hijo. Sabes perfectamente que los amo. Ustedes tres son mi devoción. —Yo también te amo, padre. Dale un beso a mamá de mi parte y, por favor, que no sea en la boca. Si se lo das en la boca ya no sería mío —bromeo. Siento como suelta una carcajada y cuando termina corta la llamada. Suelto el móvil en la cama y doy gracias por haberme llamado. Gracias a eso siento que me he calmado, aunque para nada siento paz. Me ducho y salgo del baño como Dios me trajo al mundo. Intento no pensar. Pongo todo mi empeño, pero es imposible. Siento ese sueño tan real que podría jurar que huelo su aroma en mi cuerpo. Mis pensamientos se trasladan a ese momento en el que la tuve en este mismo sitio, abierta de piernas para mí y gritando mi nombre. Es imposible controlar los deseos que poco a poco se apoderan de mí. ¿Estará en su habitación? ¿Estará follando con el novio? Las preguntas comienzan a hacer eco en mi mente y está claro que no podré dormir sin antes evacuar mis dudas. Así que no lo pienso más. Me voy al closet. Tomo un pantalón chándal, una sudadera y me pongo unos tenis. Agarro las llaves y salgo de la suite. Llego al ascensor y lo tomo, pues su habitación queda dos plantas más abajo. Ya frente a su puerta pienso en accionar el timbre, pero otra interrogante me invade: «¿Y si está con el novio?». ¡Qué rayos me importa! Ya estoy aquí y no me iré hasta comprobar lo que quiero. Acciono el timbre una vez. Espero, pero nadie me recibe. ¿En verdad estará follando? Aparto los pensamientos y, antes de que pueda accionar el timbre nuevamente, se abre la puerta, mostrando a la diabla cubierta solo con una toalla. «Estoy seguro de que debajo no hay nada». Es en lo único que puedo pensar. ¡Estás de suerte Eithan! Tu diabla te estaba esperando.
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