Adrianne
—¡Adrianne Laurent! ¿Qué carajos crees que haces?
Aquí está, frente a mí, más imponente que nunca. Mirándome como un toro embravecido, mientras espera una respuesta.
Lo observo sin saber qué decir. Y aunque la luz parpadea, puedo notar cómo la mirada se le oscurece. Por el rabillo del ojo puedo ver que otro hombre saca a empujones al chico que hace un momento bailaba conmigo.
Y la gente sigue bailando como si nada.
—¿Qué carajos crees que haces, Adrianne? ¡Te hice una pregunta!
Sigue cuestionando y me doy una cachetada mental que me hace salir de mis pensamientos.
—¿Qué demonios crees que haces tú? ¿Con qué derecho lo haces? ¿Quién te dio la potestad de golpear a mi acompañante?
Casi me muerdo las uñas del coraje, al ver su atrevimiento. Estoy esperando su respuesta, pero no habla. Voy a darle la espalda, cuando siento que me toma del brazo, con fuerza, y me detiene.
Esto no se lo voy a permitir. Él no es mi pareja.
«¡Pero bien que lo deseas!».
¡Cállate!
Silencio a mi conciencia y con el mismo impulso, saco mi mano desde atrás y la estampo en su rostro.
«¡Dios mío! ¿Qué hice?».
Se lamenta mi parte racional. La metiche, como siempre que hay peligro, se esconde.
Trago grueso al darme cuenta de lo que he hecho, pero no le doy importancia, lo hecho, hecho está. Y él no debió tomarse estas atribuciones.
¿Cuándo diablos le di esa confianza a un tipo que ni siquiera conozco? Que nos hayamos visto y hayamos intercambiado palabras, no le da el derecho de comportarse como si fuera mi novio.
Miro su rostro y ni siquiera ha llevado su mano donde di el golpe. A pesar de no tener ojos negros, su mirada se ha vuelto oscura y estoy empezando a temer. Temo por su reacción, pero no le voy a dar el gusto de que lo perciba.
Así estamos, uno frente al otro, cuando sin esperármelo, nuevamente me agarra del brazo y me arrastra, no sé a donde. Intento soltarme. Me sacudo una y otra vez, mientras miro a ver si veo a mis amigos, pero ni rastro. Y tampoco veo al hombre que andaba con él.
«¡Mierda! ¡Mierda y más mierda! ¿Por qué tuve que pegarle a este hombre?».
Es lo único que pienso. Mi parte obscena ha despertado.
Y mientras tanto, el atrevido continúa arrastrándome. Me está llevando al baño de mujeres y es inútil ofrecer resistencia, así que me dejo llevar para no llamar más la atención. De forma inútil, ya he pataleado bastante.
Voy pidiendo a todos los dioses, ángeles y arcángeles para que haya personas allí.
Llegamos, abre la puerta y... ¡Dios mío! Ninguno escuchó mis ruegos. Estoy por pensar que el bullicio que hay en este lugar no los dejó escuchar.
Nótese mi sarcasmo.
Una vez dentro, me suelta. Coloca el cerrojo y se gira, acorralándome contra la pared. Coloca sus fuertes brazos a cada lado de mi cabeza y, se pega a mí, hasta que puedo respirar su aliento.
—Escucha lo que voy a decirte, linda —sus ojos penetran los míos—. Eso que hiciste hace un momento... ¡Nunca, pero nunca más lo vuelvas a hacer!
Paso saliva al escuchar su voz ronca e imponente, y mis piernas comienzan a ceder. Siento mi corazón galopar como un potrillo desbocado. Mis manos sudan, pero no dejo de mirarlo ni un solo instante a los ojos. No le voy a demostrar ni un atisbo de flaqueza.
—Lo haré tantas veces como sean necesarias, ¡te lo advierto! ¡No te tengo miedo! ¿Con qué derecho haces lo que estás haciendo?
Veo como mira mis labios mientras hablo y pasa saliva.
—¿Estás segura de no saber con qué derecho lo hago? —Mira mis labios—. Lo hago con el derecho que me da esto.
Termina de hablar y lleva una de sus manos a mi pecho, dejándola ahí. Siento cómo brinca el muy desgraciado, delatándome frente a este demonio.
No digo nada y él tampoco. Solo mira mi boca. Siento que está a punto de darme un paro cardíaco. Y cuando menos lo espero, me sorprende. Toma mis labios con frenesí y los devora por completo, como si en ello le fuera la vida.
Sus labios me saben deliciosos, pero no es correcto, así que trato de reaccionar.
«¿Adrianne que haces? ¡Mujer reacciona! El hombre está que se cae de bueno, pero...».
Cuando me doy cuenta de lo que estoy permitiendo trato de empujarlo, inútilmente porque ni siquiera logro moverlo. Continúa prendido a mis labios y no tengo otra opción que morder los suyos. Le doy un mordisco y, al mismo tiempo, pego con una de mis rodillas en medio de su hombría.
Es la única manera en que me suelta. Se inclina sobre sí mismo, con las manos sujetándose las bolas, a causa del dolor. Y este es mi momento de escapar.
Abro la puerta para huir. Ya estoy afuera, pero cuando doy dos pasos, siento que alguien habla:
—¿Adrianne?
¡No puede ser!
Reconozco la voz de Alexandre y mi corazón da un vuelco, sin embargo, no me detengo. Necesito conseguir que venga detrás de mí, para que no vea al demente salir del baño. De lo contrario, puede llegar a pensar lo que no es.
Mientras camino, paso una mano varias veces por mis labios, para borrar las huellas del beso. Creo lograr hacerlo, hasta que llegamos al punto en que Alexandre me alcanza y me toma del brazo, haciendo que me gire y quede de frente a él.
—Adrianne te llamé, ¿no me escuchaste?
Finjo cara de sorpresa. No me ha gustado la forma en la que me ha abordado, pero lo más prudente es no rechistar.
—Amor, no te escuché —me muestro pasiva—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Esa pregunta la hice yo y quiero que la respondas. ¿Qué estás haciendo en esta discoteca y con quién?
Paso saliva al recordar lo que sucedió hace unos minutos, y le respondo sin miramientos. Creo que en parte se debe al remordimiento. Aunque tampoco me queda claro que está haciendo aquí.
—Estoy aquí con Remi y Camile, Alexandre. ¿Con quién más estaría? Ellos me invitaron y acepté.
Hace un gesto de desdén. Él y mis amigos no se llevan muy bien que digamos.
—¿Y vienes sin avisarme? ¿Tanto te costaba hacerme una llamada? —reclama, al tiempo que suelta mi brazo—. Al parecer olvidas que no estás sola. Que tienes pareja y que debes contar con ella.
—Lo mismo podría decir yo —me defiendo. Quiero parecer dócil, pero tampoco soy estúpida—. ¿Acaso tú sí me dijiste? —Enarco una ceja.
—Ok, tienes razón —mi reacción surtió efecto—. Andaba cerrando un negocio. Todo salió bien y decidí venir a tomarme unos tragos con mi socio.
Él cree que me engaña con ese cuento. Pero un trago no viene a tomarse a un club. Para eso están los bares. Aquí se viene a algo más que a tomar un trago. Yo, por ejemplo, vine a bailar, a divertirme con mis amigos, pero él...
¿A qué vino él?
Seguramente a ligar. Pero si ese es el caso, acabo de joderle la fiesta.
—¿Nos acompañas? —pregunta, tomándome de la cintura.
Paso la mirada de él, y veo al demonio que dejé en el baño dirigirse a una de las mesas. En ella se puede ver al hombre que sacó a empujones, al pobre que bailaba conmigo. Llega y ocupa un asiento al lado de una chica. El otro también está acompañado.
«¡Descarado!».
—Alexandre, estoy con mis amigos y tú con tu socio. No viniste a divertirte con mis amigos ni yo vine a tomar un trago con tu socio. Así que por favor, cada uno a lo que vino.
—Adrianne, el hecho de que ande con mi socio no significa que no pueda pasar la noche con mi novia. ¿Por qué siempre lo complicas todo?
Con todo lo que ha pasado no estoy en condiciones de discutir. Vine aquí a divertirme, así que termino aceptando.
—Está bien. Pero no iré a tu mesa. Si estás dispuesto a ir a la mía, donde también están mis amigos, entonces puedes acompañarme.
Pongo mis condiciones, creyendo que debido a su situación con mis amigos no aceptará, pero termina haciendo lo contrario. De mala gana, pero lo hace.
Nos dirigimos a la mesa donde se encuentra solamente Remi, bebiendo y chillando, mientras sigue la música con sus alaridos.
Le doy una mirada fulminante. Le reprocho el hecho de que ninguno de los dos haya aparecido cuando los necesitaba. Nota mi gesto. Me mira enarcando una ceja, pero no dice nada al respecto.
Por otra parte, decide ignorar a Alexandre. Mi novio lo mira con cara de quien quiere matarlo, mientras yo sonrío por dentro.
Ahora tendrá que aguantarse. Fue decisión suya venir a esta mesa. Yo no se lo pedí. Pudo perfectamente decir que no. Ahora estaría tranquilo en su mesa, con su socio, o con la puta con la que anda.
Que no piense que me creí el cuento que me hizo.
Saca su móvil y teclea un mensaje. Me dice que avisará a su socio su ausencia en la mesa. Mientras lo hace, miro a la pista. En ella baila Camile con el moreno que ligó, al llegar.
Sigo paseando la mirada y, en mi radio de acción, aparecen los ojos del demonio. Eithan lleva tragos a su boca, descontroladamente, mientras me mira con rabia. Veo cómo la chica que está a su lado desliza una de sus manos por su entrepierna, en busca de su polla, y la masajea a su antojo.
Él no despega la mirada de mí y se deja hacer.
«¡Desgraciado!».
Maldigo para mis adentros.
Eres el demonio y quieres arrastrarme a tu infierno.
No dejo de pensar estupideces. Intento no ver. Quiero apartar la mirada, pero es algo mucho más fuerte que yo. Continúa dejándose hacer mientras me destroza con la mirada. Cada vez que puedo, observo cómo la mujer lo manosea, mientras el bebe del vaso, y el otro hombre le habla.
¿Quieres jugar?
¡Juguemos!
Me levanto y me siento en las piernas de Alexandre. Quedo justo frente al demonio. Mi novio aprovecha la situación. Sus manos buscan mi cintura y deja besos en mi espalda. Justo lo que estaba esperando, así que correspondo. Paso un brazo por detrás de su cuello y lo beso.
Lo beso desesperadamente y con descaro, como si solo él y yo estuviéramos en este lugar. Disfruto el sabor de mi venganza. Sé que esto no le caerá bien al hombre que me desea.
Y así es.
Un estruendo me obliga a dejar los labios de Alexandre y a buscar el sitio de donde proviene. Para mi sorpresa, veo a un Eithan transformado verdaderamente en demonio. Se ha levantado de su silla. Da un fuerte golpe sobre la mesa que imagino, es el segundo, porque lo que escuché anteriormente sonó igual.
Y se larga.
Camina a toda prisa entre la multitud, mientras el hombre que lo acompaña lo sigue. Y ambas mujeres quedan solas en la mesa.
Trago grueso al ver cómo ha reaccionado. La gente sigue en lo suyo y, solo los que estábamos cerca, nos dimos cuenta. Por su parte, Alexandre y Remi hacen una mueca como de: “qué pasó aquí”, pero ponen poca atención.
No creo que haya sido por mí.
Estoy con mi novio y él se estaba dejando manosear, así que se lo tiene bien merecido. Además de que no tenemos nada.
«Pero bien que lo deseas. ¡Admítelo! ¿Por qué te tiene que importar que otra lo esté manoseado?».
La metiche sale de su escondite, pero la ignoro. No pierde oportunidad para lanzarme en cara lo que según ella está mal.
Me dan ganas de bailar. Agarro a Alexandre de la mano y me lo llevo a la pista. Necesito sacar esta tensión y ahora mismo no veo otra manera de hacerlo. Él es muy buen bailador, así que me sigue. De hecho, fue así como lo conocí, una de las veces que fue a Lion por cuestiones de negocios.
Por un momento me olvido de todo. Bailamos como dos locos mientras contoneo mis caderas, hasta que siento que no puedo más. Él también se ve agotado. Y yo termino sin deseos de seguir en el lugar. Unas ganas inmensas de marcharme se hacen presentes.
Creo que la bebida me ha sentado mal.
«¿Solo la bebida?».
—Alexandre, ¿puedes llevarme al hotel? No me estoy sintiendo bien.
Le pido mientras me pongo de pie, y él hace lo mismo. Remi me mira con cara de preocupación y le hago una seña con una de mis manos para que se quede sentado.
—¿Qué tienes amor? ¿Qué sientes? —cuestiona, preocupado.
—¿Quieres que vayamos contigo? —pregunta mi amigo y Alexandre no puede disimular la cara de fastidio.
—No es necesario, Remi —intento no malograrles la noche—. Es solo un simple mareo y Alexandre me va a acompañar. Un buen descanso y listo. Estaré como nueva.
Sin decir más, salimos del lugar. Después de que le traen el coche nos vamos al hotel, y en pocos minutos llegamos. Alexandre sale del auto para abrirme la puerta y me ayuda para que haga lo mismo.
—No te preocupes, amor. A partir de ahora continúo sola.
—Nada de eso. Iré contigo hasta tu habitación. Quiero asegurarme de que estés bien.
No me opongo. Siento un leve mareo y que me acompañe no estaría mal.
Ya arriba, Alexandre quiere entrar, pero se lo impido.
—Amor estaré bien. Solo fueron los tragos. Cualquier cosa te llamo, ¿sí? Necesito descansar.
—¿En serio no quieres que me quede contigo? Te prometo quedarme tranquilo toda la noche. Solo quiero cuidarte.
—Precisamente por eso no quiero que te quedes. ¿Qué sentido tendría que estés aquí si no podemos follar?
Suelta una de esas carcajadas que sabe dar y que animarían a cualquiera. Pero en serio solo quiero descansar, así que paso.
—Vale preciosa. No dudes en llamarme a cualquier hora. Estaré al pendiente por si me necesitas.
Me da un pequeño beso en los labios y luego se pierde en el pasillo. Cierro la puerta. Lanzo todo sobre la cama y me despojo de la ropa. Ya bajo la ducha, dejo que el agua me empape de pies a cabeza, y la imagen de Eithan vuelve a invadir mis pensamientos.
Si esto sigue así, terminará por meterme en problemas.
Salgo del baño y ya sobre la cama, siento mi móvil timbrar. Palpo sobre el colchón en busca de él, y veo que se trata de Remi.
—¿Divina cómo te sientes? —Si tono es de preocupación.
—No te preocupes, amigo, estoy mejor. Me duché y voy a dormir.
—Cualquier cosa nos llamas. Ya Camile sabe que no te sentiste bien.
—No debiste decirle, Remi. No debes alarmarla sin motivos. Estoy bien. Solo sigan divirtiéndose.
—Te queremos. Cualquier cosa nos llamas.
—Yo también los quiero, mi mariposa. Hasta luego.
Termino la llamada con mi amigo y, justo cuando hago el móvil a un lado, siento que suena el timbre de la habitación.
«¿Quién rayos será ahora?», me pregunto.
—No he pedido servicio de habitación —hablo en voz alta—. ¿Será Alexandre? ¿Acaso no entendió que quiero estar sola?
Me levanto y me dirijo a la puerta. Lo hago con mal carácter, pues imagino que será él y odio decir lo mismo más de una vez. Pero cuando tiro de ella y queda abierta, casi caigo de espaldas al suelo cuando veo al el hombre que está frente a mí.
Una vez más compruebo que las divinidades me abandonaron.
¿Qué carajos está haciendo el diablo frente a mi puerta?