Eithan
Ahí aparece ella, como una diosa, y enseguida mi cabeza comienza a revolucionar a mil por hora.
Esta mujer te va a llevar a la locura, Eithan.
Enseguida sus hermosos ojos chocan con los míos y puedo ver como trata de controlar la parálisis muscular que casi le da, cuando me vio.
Sigue de pie en la puerta. Observa el escenario como si estuviera reconociendo algo, mientras la detallo de pies a cabeza, dibujando cada detalle de su cuerpo.
Lleva un leggin que se ajusta perfectamente a sus curvas, realzándolas más, y un top deportivo que deja ver el pequeño piercing brillante que se ajusta a su ombligo.
«Como quisiera poder bajar por ahí con mi lengua, después de haber devorado esas tetas deliciosas, y llegar a ese coño rosado para darle placer».
Mi mente está imaginando mil cosas, pero mis pensamientos se detienen cuando noto que se encamina por donde tiene que pasar, justamente al lado mío. Una sonrisa curva mis labios cuando veo la oportunidad que andaba esperando, y como había dicho antes:
¡Esta vez no escapará!
De inmediato me pongo de pie. Dejo todo lo que estoy haciendo y me planto justo por donde tiene que pasar. Veo como aminora el paso, pues venía casi corriendo. Me hago el tonto. No me muevo del lugar, así que termina hablando:
—Señor, por favor, podría ser tan amable de salir de mi camino —frunzo el ceño y paso una de mis manos por mi barbilla.
«¡Oh, muñeca! Te expresaste mal».
—Señorita... —hago una pausa esperando a que diga su nombre. Sé cuál es, pero aun así, lo hago.
—Adrianne, Adrianne es mi nombre —enseguida responde.
—Señorita Adrianne, ¿su camino? No veo su nombre aquí por ningún sitio —noto como su rostro se enrojece. Cambia el semblante por completo, demostrando incomodidad.
—Mire, quizás me expresé mal. Podría ser tan amable de dejarme pasar —su tono irónico es evidente.
«Respuesta correcta, pero esta vez no voy a perder la oportunidad de sentir el tacto de tus manos».
—Claro, como no, pero antes quisiera presentarme. Mucho gusto, Eithan Scott —le extiendo una mano y, después de vacilar unos segundos que pude notar, me extiende la suya.
Cuando lo hace y siento su tacto, no dudo en presionar un poco más de lo normal para que pueda notarlo.
—El gusto es mío, Adrianne Laurent. Y si no es mucha molestia, por favor, necesito pasar.
Retira su mano rápidamente como si la mía le quemara.
«Sintió tu apretón, hombre».
Ese era el objetivo, que pudiera sentirlo, así la dejo pensando como me tiene a mí.
Ando metido en mis pensamientos, pero me hace un gesto con la cabeza para que me haga a un lado, así que lo hago. Me muevo, pero solo lo necesario para facilitarle el paso. Lo hace rozando con la piel de uno de mis brazos, debido a la estrechez del sitio.
¿Quién la manda a pasar justo por dónde estoy yo?
Deja el descaro, hombre, que no tenía opción.
Sonrío por lo bajo para que no pueda escucharme y, cuando pasa, me deleito con la vista que me brinda su trasero bien formado.
Siento unos deseos inmensos de abalanzarme sobre ella, pero me controlo. No será bueno ver su mano estampada sobre mi rostro. Y aunque no la conozco, la creo capaz de hacerlo. Por encima de la ropa se le nota la rebeldía
«¡Carajos, Eithan! Ahora tendrás que continuar con la rutina de ejercicios».
Ya llevo dos horas aquí, pero el esfuerzo valdrá la pena.
Continúo con lo mío. Quedo justo frente al salón donde intenta hacer su rutina. Es evidente que no puede concentrarse. Sus ojos no miran a otra parte y no lo disimula.
«Eithan vamos a darle un toque de emoción».
Lo pienso y lo hago. Me quito la camiseta dejando mis pectorales al descubierto. Sonrío para mis adentros al ver como todas las chicas comienzan a comerme con la mirada, como si fuera la cosa más deliciosa del mundo.
¡Y claro está que lo soy!
«Hombre, eres un total ególatra».
Me reclama mi conciencia.
Ella tampoco se queda detrás y me mira cada vez que puede. Veo como en ocasiones se equivoca de pasos, y es justo por eso. No lo puede ocultar. Por más que lo intenta queda descubierta frente a mí, así que es hora de dar el próximo paso.
Ha transcurrido una hora desde que llegó y me vi forzado a quedarme. Termina su rutina y se dispone a salir. Quiere hacer lo mismo que intentó cuando llegó. Se apresura a la entrada como si anduviera huyendo de alguien.
¡Y ese alguien soy yo!
Vamos linda, ¿a dónde vas tan de prisa?
Me coloco rápidamente la camiseta. Tomo las llaves, el móvil, y la abordo:
—Señorita, Adrianne. Un momento, por favor —se detiene en seco al escuchar mis palabras, pero se queda en la misma posición. Dándome la espalda e invitando a que le toque el culo.
¡Carajo hombre, cálmate! Con eso solo provocarás un incidente.
—¿Cree que podamos irnos juntos?
—¿Ir juntos? ¿A dónde? —cuestiona inmediatamente, como por inercia. La expresión de su rostro me dice que no está totalmente cómoda.
—Estamos en el mismo hotel, señorita. Podemos ir juntos hasta el área de habitaciones y cada cual a la suya. No muerdo.
—Bueno, no es perro para morder, ¿o sí?
Buena respuesta. No me lo esperaba. A pesar de todo me gustó y, por lo mismo, me saca una sonrisa. Noto como pasa saliva y desvía la mirada.
¿Vamos a ver qué respondes a esto?
—No solo los perros muerden, señorita Adrianne. Pero tranquila, yo tengo mi momento para morder.
La observo tragar nuevamente al escuchar mi respuesta, pero no dice nada. Solo se limita a caminar a mi lado, mientras nos encaminamos al área del hotel, por donde debemos pasar para llegar a las habitaciones. En toda la trayectoria no decimos nada.
Por mi parte, en ocasiones me quedo detrás, para poder vacilar su trasero. Cada vez que me mira le regalo una sonrisa y ella responde con lo mismo. Me deja ver esos dientes blancos que solo despierta mis deseos de querer comerle la boca. No puedo negar que esos labios son mi debilidad. Es como si los muy desgraciados pidieran a gritos hacerlos míos.
Llegamos al ascensor y le cedo el paso. Aplico lo de las damas primero, ya saben para qué. Le pregunto el número de habitación para poder marcar, y es normal, ya que siendo el dueño del hotel sé exactamente en que planta se encuentra ubicada cada una de ellas. Aunque no voy a negar que es más por saber donde duerme.
Lo duda un poco, pero finalmente termina por darme lo que quiero.
Marco en el ascensor y me inclino contra la pared. Quedo frente a ella. Mis manos se van a los bolsillos del pantalón de chándal que traigo puesto.
Tanta cercanía me hace sentir un calor abrumador en la entrepierna, que hace despertar a mi amiguito saltarín. Se puede notar el bulto y obviamente no pasa desapercibido para ella. Lo noto porque la sinvergüenza no puede despegar los ojos. Se mueve incómoda aunque trata de disimular.
Me mantengo en el mismo sitio, pero yo también miro. Dibujo sus tetas con el mismo descaro que lo hace ella. No me puedo controlar ni me lo permito. La presión de mi amigo casi quiere romper el pantalón y no hago nada para disimularlo.
Por otro lado, calor me sigue torturando. Hace que sude más y en consecuencia la camiseta se me pega al cuerpo. Paso de una pierna a la otra tratando de no perder el control. Ninguno de los dos articula palabra, pero...
Ya no puedo controlarme más y no lo haré.
Decido abalanzarme sobre ella. Doy un paso en su dirección, pero justo en ese momento la puerta se abre y sale disparada como alma que lleva el diablo. Camina a grandes pasos hasta perderse en el amplio pasillo que lleva a su habitación, mientras las puertas del ascensor vuelven a cerrarse.
Quiero seguirla, pero no lo hago. Ya sé dónde duerme y vendrán más oportunidades.
Ella tiene que ser mía. ¡Mía y de nadie más!
Golpeo una de las paredes metálicas, con mis puños, y pateo tratando de sacar la impotencia, hasta que el ascensor se detiene.
Llego a mi suite. Tiro la puerta, lanzo las llaves y el móvil sobre la mesita de noche, y me deshago de la ropa que siento me quema. Así que me meto a la ducha y dejo rodar el agua fría por mi cuerpo.
Mis manos se apoyan en la pared. Mis ojos inspeccionan los nudillos lastimados por los golpes que le propiné al ascensor, y comienzo a pensar en Adrianne.
Pienso también en Alexandre. En cómo él la tiene a su antojo y hace de ella cuanto le apetece. Pensarlo solo hace que mi rabia empeore más, pero curiosamente, también provoca mis deseos.
Mis ganas llegan y llevo la mano a mi m*****o que, aun con el agua fría, comienza a despertar.
«Ese es el poder que tienes sobre mí, Adrianne».
Pensando en ella comienzo a estimular mi falo, lentamente. La imagino abierta de piernas para mí, justo aquí, sobre la barra del bar de la habitación, y mis ganas aumentan.
Puedo sentir como mi polla crece en mis manos y vuelvo a imaginar que la clavo una y otra vez, mientras ella grita para mí. De esa manera, acelero el movimiento, en busca de lo que tanto deseo.
No demora mucho. Todo mi cuerpo se tensa y aparece esa sensación exquisita. El preludio de que viene la corrida, y en efecto, me vengo. Suelto grandes chorros de leche caliente sobre los azulejos y gruño su nombre:
—Adrianne. ¡Aaah! —pero digo algo más—. Prepárate Alessandre, tu mujer será mía.
No sé cuanto tiempo estoy bajo la ducha. Lo estoy hasta que siento que ha sido suficiente, y salgo destilando agua por toda la habitación.
Las empleadas se encargarán después. Para eso les pago.
Me planto frente al espejo y me observo. Detallo mi cuerpo y mi hombría. Alexandre no es competencia para mí. No entiendo por qué ella se resiste.
¿Será que lo ama?
No lo creo. Así que apartaré esa idea de mis pensamientos.
Termino de secarme. Miro la hora en mi móvil y veo que ya casi fue la hora acordada con Eric para ir a la discoteca. ¡Lo necesito! Esto que hice hace un momento fue solo un aperitivo. ¡Necesito más!
Ahora mismo le voy a llamar para que me pase a recoger. No tengo ganas de conducir, así que le marco. Después de varios timbres responde:
—Dime —lo hace fríamente.
¡Qué diablos! ¿Este está follando?
—No es mi culpa si estabas follando —me mofo.
—¿Serás cabrón, Eithan? —reclama y suelto una carcajada.
—No es mi culpa. Que quede claro. Solo llamé para decirte que pases a recogerme. No tengo deseos de conducir.
No digo nada más y corto la llamada. Suelto el móvil y me apresuro a escoger la ropa. Algo un poco menos formal. Escojo unos Jeans color n***o con deslavados, que se ajustan perfectamente a mis piernas trabajadas, y una camisa blanca de mangas largas que se ciñe perfectamente a mis brazos.
No voy a dar brincos a la discoteca. No es mi estilo. Voy a buscar algo fresco y nuevo con que divertirme, así que este atuendo está perfecto.
Ya listo, me coloco mi loción. Tomo mis cosas, salgo de la suite y cuando llego al lobby, recuerdo que la dejé echa un desastre.
—Manden a alguien de servicio a limpiar la suite. Quiero que esté impecable a mi regreso —le hablo a una de las chicas.
—Como diga, señor Eithan. Ahora mismo harán el servicio —responde y después de dar las gracias, me retiro.
En ese momento la pantalla de mi móvil se ilumina y muestra un mensaje de Eric. Me dice que ya está en la entrada, así que me apresuro a salir.
—¿Tenías que llamar en el momento menos indicado no? —interroga cuando me meto al coche. El hombre me mira con mala cara.
—Calma, hombre. Además, sé que terminaste. No tienes que mirarme con esa cara de quien tiene los huevos azules —me burlo y echo a reír.
Él solo niega, arranca el coche y de inmediato nos vamos a la discoteca. Una de las mejores de la ciudad y a la que siempre venimos.
En pocos minutos llegamos y nos reciben en la puerta. Como siempre, optamos por el servicio vip. La exclusividad es algo que nos caracteriza y nos encanta el servicio que allí se brinda.
Observo el panorama y todo es un caos. La gente está eufórica y grita, mientras bailan al compás de la música. Unos beben como nosotros y los demás ligan en medio de la pista, pues la iluminación invita a eso y a mucho más.
Las mujeres prácticamente se abalanzan sobre mí, pero aún no encuentro a la indicada. Quiero divertirme, pero no con cualquiera. Todas están hermosas, pero soy un hombre de gusto exigente.
Finalmente, veo a una morena que tiene cierto parecido a mi Adrianne.
¡Y sí, es mía!
A partir de ahora lo es, aunque ella no lo sepa.
Le guiño un ojo y se acerca a la mesa. Entendió perfectamente de que va esto y automáticamente se sienta en mis piernas. Eric está en lo mismo. Como yo, tampoco pierde tiempo. Solo que no estoy para exhibirme con nadie, así que voy directo a lo que quiero.
Me levanto y la tomo de la cintura para que haga lo mismo. Me dirijo al baño de hombres y ella me sigue. Entramos y no hay nadie, así que aprovecho para poner el cerrojo. Si alguien viene que espere.
Ya dentro, la morena se lanza sobre mí. Quiere devorarme, pero evito los besos en la boca. Solo tengo contacto con su cuello. La separo con sutileza de mi cuerpo hasta que logro lo que quiero.
Tenerla de rodillas frente a mí.
—Hermosa, ya sabes que hacer —le indico lo que quiero.
No habla, pero es bastante rápida. Cuando reacciono, mi pantalón está en las rodillas. Atrapa mi polla en su boca, haciéndola crecer. Observo cómo hace lo suyo. Chupa cada centímetro como una experta. A juzgar por esto no es la primera vez que lo hace.
«Y así quería besar mi boca».
Siento que se apodera de mí un atisbo de asco, pero cierro los ojos. Lo hago y como era de esperar, imagino a mi diabla. A esa mujer que me hace nada.
Pienso que es ella quien está ahí, dándome esa rica mamada. No demora mucho cuando siento que me voy a correr. Abro los ojos para sujetarla del cabello, ya que no los abrí en ningún momento, y derramo todo en su boca. Me aseguro de que lo trague todo, sin derramar nada.
Cuando lo ha escurrido todo me acomodo el pantalón, me lavo las manos y salgo. Ella se queda retocando su maquillaje. Afuera, no había nadie esperando, así que nadie me mira con mala cara. Busco la mesa y veo a Eric con su hembra del momento, bebiendo. Me muevo hasta donde están y ocupo mi asiento.
—No bebas tanto. Recuerda que tienes que conducir —le refresco la memoria.
—Tranquilo, semental. Estaré bien —asegura, con una media sonrisa.
A los pocos minutos llega la morena y se sienta a mi lado. Observo la multitud de la gente que se encuentra bailando. Estoy entretenido con lo poco que me dejan ver las luces, cuando de repente... no puedo creer lo que estoy viendo. ¡Ahí está ella! Dando brincos como todos los demás. Contoneando esas caderas deliciosas que me vuelven loco.
La observo unos minutos y me percato de que tiene la mirada de muchos hombres encima, como si quisieran comerla. Cosa que me molesta muchísimo.
Siento que me lleno de rabia al ver como todos quieren coger con ella. Voy a pararme para ir hasta donde está, pero en ese mismo instante veo a un tipo que se le pega por detrás. Ella solo ladea el rostro, pero no veo que diga nada. Simplemente lo deja hacer.
¡Rayos!
Siento que hiervo por dentro. Estoy incómodo y Eric lo nota.
—¿Qué tienes, Eithan? ¿Qué sucede?
No respondo. Me pongo de pie. Él lo hace igual y sigue preguntando, pero sigo mudo, no escucho. Siento que la vista se me nubla cuando veo que el tipo está manoseando su cintura. Está tratando de pasar a más mientras ella lo permite y eso me vuelve como loco.
Me encamino a donde está. Eric me sigue hablando, no sé qué, a mis espaldas. Me abro paso entre la gente que casi me atropella, pero no me detengo. Sé a lo que voy y cuando llego no lo pienso dos veces.
Agarro al tipo de mierda. Lo separo, ya que está más prendido que una maldita garrapata, y le propino un golpe en el mentón para verlo caer al suelo.
Lo dejo ahí, sabiendo que mi amigo terminará de hacer el resto, y me giro para encontrarme con la mirada llena de asombro de la diabla que me mira como si fuera una aparición.
—¡Adrianne Laurent! —bramo—. ¿Qué carajos crees que haces?