Capítulo 6: La tentación del diablo

2188 Words
Adrianne ¡No puedo creer que este diablo esté en el mismo lugar que yo! ¿Qué se supone que haga ahora? ¿Huir? ¿Salir corriendo por la puerta? «¿Serás estúpida, Adrianne? ¡Ya te vio! ¿Cómo puede ser que este hombre te ponga tan mal? ¡A una mujer como tú!». ¡Dios! Mi cabeza es un hervidero. Paso una de mis manos por mi rostro y trato de controlar estos nervios, para dirigirme al salón donde ya hay varias chicas con el instructor. Tal pareciera que esperaban por mí. El muy desgraciado no deja de mirarme y solo hace que mis nervios empeoren. ¿Qué se trae este conmigo? Me mira como si fuera chocolate derretido. ¿Ahora qué hago? Tengo que pasar justo por su lado para llegar al salón. Camino tratando de pasar lo más lejos posible de él, cuando veo que se pone de pie, todo sudoroso, y se planta justo por donde voy a pasar. ¡Madre bendita! ¡Madre de Dios! ¿Por qué tienen que ser así conmigo? ¿Por qué la tentación tiene que venir en el cuerpo de este demonio de hombre? Me doy una cachetada mental tratando de poner mis hormonas en su sitio, y lo encaro. Sé que lo está haciendo a propósito. —Señor, por favor, ¿podría ser tan amable de salir de mi camino? —me mira con cara de pícaro mientras se toma la barbilla con una de sus manos. —¿Señorita...? —Adrianne, Adrianne es mi nombre —respondo. —Señorita, Adrianne, ¿su camino? No veo su nombre aquí por ningún sitio. ¡Aaah! Este hombre me está colmando la paciencia. Se ve a las leguas que me está provocando, pero no le voy a seguir el juego. —Mire, quizás me expresé mal. ¿Podría ser tan amable de dejarme pasar? —cuestiono con ironía. —Claro, ¡como no! Pero antes quisiera presentarme. Mucho gusto, soy Eithan Scott —habla y me extiende una mano. Quisiera dejarlo con ella extendida, por arrogante, pero no puedo ser tan grosera. —El gusto es mío, Adrianne Laurent —me presento—, y si no le es mucha molestia, por favor, necesito pasar —hablo mientras le extiendo una mano. Puedo sentir como le da un leve apretón, el muy sinvergüenza. La retiro rápidamente, pero él no reacciona y tengo que indicarle con la cabeza que se mueva. No dice nada más y se hace a un lado. Sigo de largo casi rozando su piel sudorosa a causa del ejercicio. Trago grueso al ver cómo alguien puede ser tan sexy y delicioso. Puedo sentir cómo planta la mirada en mi culo y cierro los ojos, apretándolos por un instante, mientras me dirijo al salón. Ya las chicas están en lo suyo y me incorporo silenciosamente, para no interrumpir. Trato de seguir la rutina, cosa que es casi imposible porque Eithan puede verse justo al frente. ¿Eithan? ¿Es en serio, Adrianne? No puedo creer que ya lo esté llamando por su nombre. «¡Ah! ¿No quieres llamarlo por su nombre? Pues entonces llamémosle papi. A mí no me molesta». Casi que ruedo los ojos con eso. Continúo tratando de concentrarme en lo mío, mientras observo cada vez que puedo cómo hace sus ejercicios, y cómo las chicas lo destrozan con la mirada. ¿Qué tanto miran? ¡Tan regaladas! «¿Acaso tú no estás loca por él también? Y para colmo celosa». Ya apareció la metiche y lo peor es que tiene razón. No sé por qué siento estas cositas por él, aunque bueno, no soy de hierro. También tengo mis debilidades y este hombre está como quiere. Tampoco es que muera por él. ¡Que quede claro! Son solo deseos. Deseos que puedo controlar. Pero él tampoco ayuda en nada. Podría decir que lo está haciendo a propósito. Se luce, mostrando esos pectorales y esos músculos que mojan cada parte de mi ser, incluyendo esa donde nunca da el sol. «¡Depravada!». Después de una hora termina la rutina, la cual casi no pude aprovechar por andar mirando lo indebido. Y porque él tampoco dejaba de hacerlo en mi dirección. Me preparo para salir directamente a ducharme, ya que el gim está dentro del mismo hotel. Mientras paso por su lado, termino de detallar su cuerpo duro, musculado y sudoroso, resultando aún más tentador de lo que ya era. Todo en él invita a la locura y al pecado, cosa que no rechazaría si fueran otras las circunstancias. Me hace un leve gesto con la cabeza, al tiempo que guiña uno de sus ojos, y puedo sentir cómo el calor abrazador que estaba sintiendo entre mis piernas sube directamente a mi cara, haciéndome sentir colorada como un tomate. Me apresuro en tomar la salida para huir. Necesito salir lo más rápido posible de este lugar, pero cuando estoy casi en la salida, siento que me hablan: —Señorita, Adrianne. Un momento por favor —su voz se escucha ronca. Mi corazón se acelera y maldigo para mis adentros. Me detengo en el acto y me quedo en la misma posición, dándole la espalda. —¿Cree que podamos irnos juntos? —pregunta junto a mí. —¿Ir juntos? ¿A dónde? Qué pregunta tan estupenda la mía. «Ya no sabes qué decir». —Estamos en el mismo hotel, señorita. Podemos ir juntos hasta el área de habitaciones y cada cual a la suya. No muerdo. Pero... ¿Será atrevido? —Bueno, no es perro para morder, ¿o sí? «Mujer, contrólate y deja que te acompañe. Al final bien que deseas esa mordida». Me da una sonrisa que casi me provoca un paro cardíaco y después de unos segundos, observándome, responde: —No solo los perros muerden, señorita Adrianne, pero tranquila, yo tengo mi momento para morder —paso saliva al escuchar su indirecta y lo imagino en esa situación. Este se quiere pasar de listo, pero el jueguito conmigo no le va a funcionar. Nos encaminamos al área del hotel, por donde debemos pasar para llegar a las habitaciones. En todo el trayecto no decimos nada. Camina a mi lado y en ocasiones se queda levemente detrás, para poder vacilar mi trasero. ¡Pero qué hombre tan descarado! ¿Acaso piensa que soy estúpida? Avanzamos y lo miro de lado, para ver cómo me regala una de esas sonrisas deliciosas que provoca automáticamente salga la mía. ¿Y qué puedo hacer? El hombre no está siendo grosero, solo un poco descarado, y eso es normal en todos los hombres. «¡Y en algunas mujeres también!», interviene la metiche. Llegamos al ascensor y me cede el paso, aplicando lo de las damas primero, ya saben para qué. Entramos y me pregunta el número de habitación. Y... ¿Para qué lo hace si lo que debía preguntar era el número de piso? «Adrianne, ¿se te olvida que es el dueño y que debe saber donde están ubicadas cada una de las habitaciones del hotel?». Me respondo a mí misma. Estoy por pensar que estoy más loca que una cabra. No creo que sea por eso que quiera saberlo, pero igual le respondo. Marca en el ascensor, y se reclina de la pared, frente a mí. Mete las manos en los bolsillos del pantalón chándal que deja ver un bulto del cual no puedo despegar los ojos. Me muevo incómoda y trato de disimular, mientras rezo para que esta mierda llegue arriba de un solo tirón, y ya no tenga que soportar esta tortura. Él se mantiene en el mismo sitio, dibujando mis tetas descaradamente. «¿Y de qué te quejas si quien primero dibujó su paquete fuiste tú?». Y qué paquete. ¡Madre de Dios! Mi mente cachonda y depravada comienza a imaginar cosas sucias. La camiseta se le pega al cuerpo que aún tiene sudado, y trago grueso al imaginar mi boca haciendo cosas por ahí. Él pasa de una pierna a la otra, pero ninguno de los dos articula palabra. Los segundos pasan y cuando ya no puede aguantar, da un paso sobre mí, pero la puerta se abre y salgo disparada como alma que lleva el diablo, agradeciendo a ese que se apiadó de mí y escuchó mis súplicas. Camino a grandes pasos hasta llegar a mi habitación, no sea que venga detrás de mí. Abro rápidamente la puerta y me encierro. Dejo mis cosas y cuando me he despojado de la ropa, me meto a la ducha a refrescar este fuego que siento en mi cuerpo. Cuando siento que ya estoy lo suficientemente relajada, salgo y me acuesto en la cama a descansar un rato, hasta que llegue la hora de la cena. No han pasado cinco minutos de estar así y siento mi móvil timbrar. Lo tomo de la esquina de la cama y veo en la pantalla la foto de mi amiga. —Hola amiga, ¿a qué debo tu llamada? —Le pregunto. —¡Uyyy qué formalidad! —Se burla—. Aquí estoy con Remi, esperándote. —¡Sí! ¿Y eso para qué? —Esta noche vamos a la disco, así que ponte hermosa. Pasamos a recogerte al hotel. Ruedo los ojos, porque estos dos nunca cuentan con uno para estas cosas. Y siempre terminan por arrastrarme. «Tú bien que te dejas arrastrar, así que ya no pongas pretextos». —Amiga, hoy ha sido un día intenso para mí, por favor no me arrastren a sus locuras. Quiero descansar —siento cómo le reclama algo a Remi y ya imagino lo que es. —Divinaaa, ahora mismo mueves el trasero y te levantas de esa cama, porque cuando lleguemos quiero verte radiante. De lo contrario, la arrastrada te la daré yo en toda la habitación —suelto una carcajada de esas que siempre me saca con sus ocurrencias. ¿Y qué puedo hacer? ¡A la disco se ha dicho! —Ok, me acaban de convencer. Aquí nos vemos —es todo lo que digo y corto la llamada. Me salgo de la cama y selecciono la ropa. Nada de glamour. Esta vez escojo algo sencillo aunque de marca como todo lo que uso, que realce mis atributos femeninos. Separo un vestido corto de color n***o en perfecta combinación con mi cabello, que solo tapa lo necesario. Tiene un escote al frente que realza mis atributos femeninos y a juego con él, escojo unas sandalias rojas y bajas, para poder brincar como desquiciada toda la noche. Recojo mi cabello en una coleta alta, dejando algunos mechones por fuera, y esta vez sí acentúo un poco el maquillaje de mis ojos, sin dejar de pintar mis labios en rojo como siempre hago. Por último, me coloco mi fragancia y suspiro al contemplar mi imagen en el espejo. ¡Ya estoy lista para la rumba! Me estoy dando los últimos retoques, cuando siento el sonido de notificación de mi móvil. Un mensaje de texto. La señal de mis pervertidos amigos. Salgo de la habitación después de verificar que todo esté en la cartera y los alcanzo en la entrada. —Qué hermosa, divinaaa. ¡A gozarrrr! Nos reímos todos por su ocurrencia y después de entrar al auto, nos vamos a una de las mejores discotecas de todo París, el Rex Club. Llegamos y entramos, optando por el servicio Vip, mientras la música house y el techno suenan haciendo que mi cuerpo vibre. El lugar está repleto y los hombres me quieren dejar sin ropa con la mirada. Disfrutamos de nuestras bebidas. Algunos hacen señas y otros simplemente se acercan a nuestra mesa, ofreciendo tragos. Mi amiga está coqueteando con un moreno que la trae loca y Remi se hace el coqueto, buscando su nueva presa para atacar. Por mi parte, solo quiero bailar y divertirme. No estoy buscando ligar con nadie. Paso de todas las insinuaciones y me dirijo a la pista de baile, donde la gente se vuelve loca dando brincos y chillando a más no poder. Las luces parpadean y comienzo a bailar desordenadamente. Por las luces y el alboroto nadie notará que se trata de Adrianne Laurent, así que me aprovecho de la situación. Hoy soy un alma libre y puedo hacer lo que se me pegue la gana. Ando descontrolada y disfrutando del baile como loca. Disfruto del momento contoneando mis caderas, cuando siento que alguien se pega detrás y comienza a seguirme el ritmo. Giro mi cabeza un poco para ver quién es y veo a una delicia de hombre que me sonríe. Me dejo llevar y bailamos mientras se pega a mi cuerpo, y sus manos juguetean por mi cintura. Estamos así por un momento, cuando siento que me suelta abruptamente. Me giro para mirar y lo veo en el suelo con una mano cubriendo su rostro. Alzo la mirada y cuando la llevo al frente, choca con lo que parece ser el demonio en el cuerpo de un hombre. —¡Adrianne Laurent! ¿Qué carajos crees que haces?
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD