Adrianne
Camino despacio, mientras me acerco a donde se encuentra Alexandre y el otro hombre. El mismo que vi cuando iba de salida y que terminó por alborotar mis hormonas. Los dos me observan detenidamente al percatarse de mi entrada, y trago grueso al sentir el peso de sus miradas. No sé por qué, si estoy acostumbrada a tener cientos de miradas sobre mí.
Siento un cosquilleo en mi estómago cuando miro la cara del desconocido que me observa con el ceño fruncido, al tiempo que pasa una de sus manos por su cabeza y se mueve inquieto como si algo le molestara.
¿De dónde rayos se conocen estos dos?
¡Solo a mí me pasan estas cosas!
Por mi mente pasan mil ideas y no entiendo por qué. Mis manos comienzan a sudar y creo que aunque hubiera sido temporada de frío, igual lo harían. No comprendo por qué este maldito demonio me provoca estas cosas, y sí, es un demonio que intenta seducirme para luego arrastrarme al mismísimo infierno.
Voy a pasar de largo cuando Alexandre se acerca a mí, y me aborda:
—Hola mi amor. Hasta que al fin llegas.
Habla y me toma de las manos. Quiero soltarme, porque aún recuerdo el tono en el que me habló, y porque mis manos están sudorosas como si estuviera muriendo de nervios.
¿Y acaso no lo estoy?
¿Qué carajos te pasa, Adrianne?
¡Contrólate!
Miro a un lado y veo al hombre tomando un trago, mientras me observa con cara de quien se lo quiere llevar el diablo.
—Amor, ¿qué tienes? Tus manos están... —no lo dejo terminar y las libero de entre las suyas.
—No tengo nada, Alex. ¿Qué haces aquí? —cuestiono, porque además de ser real mi deseo de querer saber, quiero desviar su atención.
—Me preocupé por ti. Te llamé repetidas veces y nunca respondiste.
—Este no es lugar para hablar. Lo mejor será que hablemos en otro momento —determino, después de mirar la cara con la que me observa el diablo que se encuentra a un lado de nosotros.
—Amor, necesitamos hablar ahora, por favor. Tengo deseos de ti —vacilo antes de darle una respuesta negativa, pero ciertos ojos aún siguen puestos en mí, observándome con mala cara, y termino cediendo. Además de que necesito saber en qué andan estos dos.
—Está bien, Alexandre. Subamos a mi habitación.
Al escucharme me toma de una mano y le hace un gesto de despedida al diablo que observo con el rabillo del ojo, para notar como corresponde de mala gana.
Nos mantenemos en silencio mientras llegamos a la habitación y, una vez dentro y cerrada la puerta, suelto la cartera, las llaves y Alexandre comienza a hablar:
—¿Me dirás dónde estabas? —pregunta y no respondo—. Porque a la agencia también llamé y me informaron que habías terminado desde temprano.
—¿Y esa es razón suficiente para hablarme como lo hiciste? —lo miro interrogante—. Escucha lo que voy a decirte Alexandre, que sea la última vez que armas dramas, porque después de eso no habrá una próxima vez.
Ahora soy yo la dramática. En realidad sé que tiene razón, pero igual lo hago. No voy a permitir que me ande controlando de esa manera posesiva y menos que me ande alzando la voz. Esas escenas no son tolerables para mí. Me enferma ser el centro de tal posesividad.
—Ok, está bien, amor —se rinde, como siempre—. Solo me preocupé. Ya sabes que no puedo estar mucho tiempo sin saber de ti.
Me da una de esas miradas que me hacen temblar el alma y observo como se le oscurecen los ojos. Esos mismos que ahora están desbordando lujuria y deseo.
Siento que está por lanzarse sobre mí, pero necesito tomar una ducha. He estado todo el día fuera y es la oportunidad para hacerlo sufrir por lo de hace un rato.
«¿A quién quieres engañar? Ambas sabemos que estás loca por follar. Y él también lo sabe».
No hago caso a la loca. Me despojo de mi ropa, lentamente, mientras él me observa embobado como siempre. Me adentro en el baño a darme una ducha y salgo deliciosa para él.
¡Maldito que me hace flaquear!
«¡Claro! Y tú dándotelas de inocente. Te metiste en el baño porque sabes perfectamente lo que se viene, ¿o no?».
Sonrío para mis adentros, dándole la razón a la metiche, y salgo ya lista. Solo me cubre la toalla.
Como lo imaginé, ahí está él como Dios lo trajo al mundo. Mostrándose en todo su esplendor, con la polla en la mano, estimulando su deseo. Trago grueso, sabiendo lo que me espera. Mis ojos no dejan de mirar ese tronco erecto, con las venas remarcadas, que me partirá en dos como hace cada vez que lo tengo dentro.
Se acerca a mí. Me toma de la cintura y me habla despacio al oído. Lo hace, con esa voz moja bragas que tiene y que sabe que me encanta.
«¡Pero qué perra eres mujer! ¿Acaso no querías matar a este hombre hace un momento?».
—Te voy a comer, princesa. ¡Mira cómo me tienes! —exclama, al tiempo que mordisquea delicadamente el lóbulo de mi oreja. Siento cómo mi corazón tiembla y mi coño palpita.
No puedo resistirme a esto. La carne es débil y yo soy todo menos una santa. No digo nada y me dejo hacer. Desprende la toalla que me rodeaba y la deja caer. Se separa unos centímetros para observarme, mientras se muerde los labios.
—¡Qué delicia de mujer!
Se acerca nuevamente a mí. Baja despacio su boca a mi cuello, respirando y erizando cada centímetro de mi piel, mientras reparte besos húmedos. No chupa, sabe lo que no puede hacer. Las marcas solo puede dejarlas en el área de mis tetas y no siempre le está permitido. Depende de los próximos trabajos que tenga.
Yo ya me estoy desbordando. Puedo sentir cómo mi coño palpita cual caballo desbocado y chorrea, producto de la excitación. Baja a mis tetas y comienza a chupar como si fueran de chocolate, mientras gruñe. Yo solo gimo y me dejo llevar en esta avalancha de sensaciones.
Me toma despacio. Me coloca en el borde de la cama y me abre de piernas. No me dejo caer completamente. Apoyo los codos sobre el colchón y observo cómo se come mi coño, una y otra vez, mientras chupa, mordisquea sin lastimarme y estimula con la lengua.
¡Dios, este es el paraíso en la tierra!
No aguanto más y me dejo caer sobre la cama. Ya mis fuerzas se fueron a la mierda y solo pienso en conseguir mi orgasmo. Cuando ya está por venir, el muy desgraciado me gira rápidamente, me hace empinar el culo y me la mete de golpe, provocando que suelte un grito, pero no de dolor, todo lo contrario. Arremete contra mi coño mientras me habla al oído:
—¿Así te gusta? ¡Aaah! ¿Quieres más?
No respondo. Ya no sé nada. No soy dueña de mis pensamientos ni de mis deseos. Solo puedo sentir el sonido de su polla haciendo estragos dentro de mí, y la humedad desbordante que provoca que chorree como cascada. Siento que ya no puedo más, cuando me corro gritando como una perra en celo. Tres, cuatro, cinco estocadas más, saca su polla rápidamente y deposita toda su leche sobre mi culo, el cual la recibe con gusto.
Una vez recuperados me ayuda a incorporarme y nos vamos al baño a ducharnos, para limpiar el producto del pecado.
«¡Pero qué pecado más delicioso por Dios!».
Pienso para mis adentros y esta vez no se trata de la metiche. En este instante recuerdo que aún necesito hacer mi rutina en el gim.
—Alex, necesito ir al gimnasio. Por favor, démonos prisa —le aclaro, porque conociéndolo como lo hago, sé que querrá repetir.
—Está bien, amor, tranquila. Esta vez no habrá segunda vuelta —habla divertido—. Aunque bien podrías no ir. Creo que con esto ya fue suficiente gasto de calorías.
Le palmeo uno de sus brazos por su ocurrencia y terminamos de ducharnos.
Salimos del baño y nos vestimos rápidamente. Me coloco mi atuendo de hacer mis rutinas, y viene a mi mente el diablo delicioso que dejé en el lobby. Entonces recuerdo que debo preguntarle a Alex que relación tiene con él.
—Alex, ¿quién era el hombre que te hacía compañía cuando llegué al hotel? —Me mira con el ceño fruncido.
—¿Qué pasa, amor? ¿Por qué la pregunta? ¿Sucede algo?
«¡Caramba, Adrianne! Te vas a delatar, mujer. Controla esas hormonas».
—No pasa nada, es que jamás me cuentas sobre tus amistades —me justifico.
—Porque no lo necesitas, cariño. El hombre con quien me viste es Eithan Scott. Otro empresario, dueño de una cadena de Hoteles. Este es uno de ellos. Por eso lo viste aquí. Nos conocemos de los negocios y hemos mantenido una cierta amistad. Pero no significa que seamos amigos.
«Mujer, ya tienes toda la información e incluso más de la que querías».
—Ok, solo pensé que serían amigos. Ahora vamos que se me hace tarde.
Salimos de la habitación y en el lobby nos despedimos. Me da un largo beso antes de marcharse y me dirijo al gimnasio. Por suerte está dentro del mismo hotel.
Llego y entro para dirigirme a la sesión de sumba, una de las cosas que más disfruto y que me hace sudar más de lo que ya lo hice, hace un rato. Sonrío, recordando mis gritos e imaginando el escenario. Y cuando miro hacia un lado, mi sonrisa se corta y se convierte en una mueca, viendo al hombre que me mira fijamente sin apartar la vista de mí.
¡Diablos! Solo esto me faltaba.
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Eithan
No sé por qué carajos me estoy sintiendo de esta manera con lo que Alexandre me acaba de confesar. ¡Coño, Eithan! Pareces un adolescente. Si no te controlas terminará por darse cuenta de lo que está pasando.
Sabrá que estás deseando a su mujer.
Y por si las cosas no pudieran empeorar para mí, cuando me enderezo, dándole la espalda a la barra, aparece ella por la entrada con ese caminar que me vuelve loco y me hace nada.
Mis nervios empeoran y no sé cómo mantener mi postura. Paso una de mis manos por mi cabello, controlando mis nervios, cuando se va acercando lentamente con ese caminar delicioso, dejándome más loco por ella de lo que ya estoy.
La miro fijamente a los ojos. En ese momento no tengo en cuenta la presencia del novio, o lo que sea que represente Alesandre para ella. Él no se percata, porque también la mira como bobo. De la misma forma en la que debo estarla viendo yo.
No sé qué tipo de relación tendrán, pero esos dos ojos color esmeralda son como imanes para los míos. No puedo dejar de mirarla y noto que se está sintiendo incómoda con mi mirada. Aunque lo disimula muy bien.
Sus labios rojos comienzan a provocarme. En lo único que puedo pensar en este momento es en lanzarme sobre ella y devorarle la boca. Puedo sentir cómo el amigo que llevo más abajo del ombligo comienza a despertar, queriendo darme más problemas de los que ahora tengo, así que busco una posición que me permita disimularlo.
Me muevo inquieto, y la rabia que había pasado con su presencia vuelve a apoderarse de mí, cuando veo que Alexandre se precipita sobre ella, tomándola de las manos. Observo cómo conversan. Sigo mirándola, devorándola con la mirada.
Paso una de mis manos repetidamente por mi cabello, imaginándola abierta de piernas para mí y yo perdido entre ellas, cuando Alexandre se despide con un gesto de manos, haciéndome despertar de mi ensueño y lanzándose de golpe en la cruda realidad.
Le correspondo de la misma manera, alzando una de mis manos. Veo cómo se dirigen al ascensor, rumbo a las habitaciones. Debo hacer algo para controlar la ira que estoy sintiendo en este momento, y creo que la mejor manera es haciendo una buena tanda de ejercicios.
Me dirijo al gimnasio. Hoy haré más horas de las que tengo establecidas, así saco esto que me quema por dentro y que aumenta, imaginando lo que estarán haciendo esos dos en esa habitación de mierda.
Pasa el tiempo, ya llevo dos horas haciendo ejercicios y estoy por terminar, cuando veo hacer su entrada a la causante de mi tormento.
«Eithan, esta vez cambió tu suerte, hombre».
Pienso, mientras sonrío de lado, imaginando las cosas impropias que teje mi mente. Y una idea hace eco en mi cabeza.
¡Esta vez ella no escapará!