Amara me miró con los ojos muy abiertos. —Esto es imposible. —Retrocedió apresuradamente, tratando de poner distancia entre nosotras. Su cabello oscuro se agitaba hacia atrás mientras tropezaba, pero la seguí. —No... pero ¿quieres saber qué es posible? —Finalmente solté su cuello, pero agarré su mano antes de que pudiera retirarla—. Que estés aquí. Frunció el ceño. —¿Qué? —Lo pasé por alto la última vez que te vi porque estaba confundida y más enfocada en romper el hechizo que me atacaba, pero esta vez, esta vez, voy a resolver esto. —La acerqué más a mí. —¿De qué estás hablando? —Tú, Amara, estás muerta. —Vi cómo se le agrandaban los ojos. Luego apareció una leve ondulación que recorrió su rostro. Era sutil. Y si no hubiera conocido a la verdadera Amara, o si estuviera más lejos, l

