El zumbido de un teléfono vibrando en alguna parte me hace reaccionar.
No soy capaz de abrir los ojos. Me duele la cabeza, creo que me va a explotar en cualquier momento. Pero ese zumbido no se detiene y, a pesar del dolor de cabeza que tengo, me obligo a abrir un ojo.
Para darme cuenta de que no estoy en mi casa, sino en un lugar que desconozco.
Y que quiero que me maten por la resaca que tengo.
Para querer que me maten, me revivan y me vuelvan a matar al darme cuenta de que ¡estoy desnuda en la cama de Lucas! ¡Y él también!
Para querer morir torturada por mil demonios al empezar a recordar lo que pasó anoche, y la vergüenza junto al arrepentimiento me empiecen a invadir.
¿Quién me manda a tomar tanto tequila sin haber dormido en 36 horas?
¡Sólo quería dejar de pensar un rato!
No, no, no me puede estar pasando esto.
¿Tan ebria estaba? Realmente quiero morir, ahora no sé si del dolor de cabeza que tengo o de lo que hice anoche.
Los recuerdos empiezan a agolparse en mi cabeza mientras me levanto de esa cama. Trato de cubrirme con la sábana y alcanzar mi teléfono, que está tirado en el piso.
Lo peor, es que son recuerdos excelentes...
— Papá —resoplo al contestar, tratando de cubrirme más con la sábana. Me apoyo en un mueble mientras me refriego el rostro tratando de despertar.
— ¿Estás en el hospital? —pregunta agitado. Escucho voces y mucho ruido de fondo. Debe estar en la Clínica donde él trabaja. Es neurocirujano.
— Sí, papá —miento descaradamente— mi guardia estuvo pesada y me quedé dormida aquí. ¿Pasa algo?
— Tu madre hoy insistía con ir a misa, pero me llamaron de emergencia para una cirugía. Se fue sola a la iglesia, tengo un paciente muy grave. ¿Puedes ir a vigilarla? Hoy no amaneció del todo bien.
— Papá, no me gusta ir allí… —me quejo, él lo sabe.
— ¿Somos un equipo o no, Bec? Necesito que vayas por ella, hija. Sabes que no puede estar sola, trato de quedarme siempre con tu mamá. Pero esto es una urgencia, uno de mis pacientes se desestabilizó.
Tratando de despejar mi cabeza miro al techo de esta habitación, donde no debería estar. Quizás es la manera más rápida de huir de aquí antes que Lucas despierte.
— Está bien, papá. Salgo ahora para la iglesia —respondo desganada.
— Eres la mejor hija, Bec. Hablamos más tarde —no me deja despedirme, corta de inmediato la llamada.
La cabeza me está matando. La vergüenza que no suelo tener también lo está haciendo.
Antes de salir de aquí para ir a la iglesia necesito algún analgésico. Quizás en la cocina encuentre algo. Acomodo la sábana para taparme de mejor manera e ir a buscar algo antes que mi cabeza explote.
Pero no alcanzo a salir de la habitación, al girar me quedo helada al ver que Lucas está despierto, totalmente desnudo y apenas cubierto por la otra sábana mirándome con una sonrisita divertida.
Se me revuelve el estómago al pensar que anoche lo pasé increíble con este tonto. Tal como quería, se me olvidó todo. No puedo dejar de mirarlo, debe pasar demasiadas horas en el gimnasio para tener ese cuerpo escultural.
Me cacheteo mentalmente al pensar eso. Debo estar ebria aún.
— ¿Tan traviesa y vas a misa, Wilson? ¿Te gusta lo que ves? —me reta burlándose mientras muerde su labio inferior. Sabe que lo estoy contemplando— ¿Estás segura de que te dejarán entrar?
— No te importa donde vaya, Lucas. Es mi problema —me defiendo tratando de cubrirme más con la sábana.
— Quizás tengas que confesarte antes… —sigue bromeando.
Quiero morir y no sé de qué ahora.
¿Es posible enterrarme en algún lado?
— Yo veré si muero calcinada al entrar o no —me defiendo— ¿Tienes algo para el dolor de cabeza? —le pregunto refregándome los ojos. Me siento realmente mal.
— Iré a buscarte algo, Wilson —se levanta de la cama como si nada.
Con todo lo que bebimos anoche, no parece sentirse tan mal como yo. ¿Cómo lo hace?
Debe ser la práctica con tanta fiesta su resistencia al alcohol. Claramente es mejor que la mía.
— ¿Puedo usar la ducha? —le pido tímida.
— Si me dejas usarla contigo —me guiña un ojo con una sonrisa. Sabe que no le puedo sacar los ojos de encima, ese abdomen perfectamente bien trabajado me tiene idiotizada.
Me cacheteo mentalmente otra vez. Esto fue un error.
— No —espeto rodando los ojos—. Lucas, esto fue de una noche y ya. No le diremos a nadie, eso me lo prometiste. Es de día y tengo que irme —reclamo.
— Dime que no te gustó. La que pedía más eras tú, Bec —sigue divertido. Empieza a caminar hacia mí, completamente desnudo.
Pero no quiero que se me acerque. Lo de anoche fue increíble y si me quedo acá no sé qué pasará. Me corro un paso para alejarme de él.
— No —digo alejándome un poco más.
— Como quieras, Bec —suspira frente a mí deteniéndose. Se dio cuenta que no quiero que me toque—. Hay toallas limpias en el tocador.
Me da una palmada en el trasero que me hace saltar en el lugar, da dos pasos atrás guiñándome nuevamente un ojo y sale rumbo a la cocina, dejándome sola.
Más confundida y avergonzada que antes.
Mejor corro a darme esa ducha. Necesito huir de aquí.
***
— Bec, te llevo... —sigue insistiendo Lucas.
Ya estoy vestida y he tomado dos ibuprofenos. ¡Dos! Él está de pie a mi lado y mi dolor de cabeza está disminuyendo.
— No quiero que me vean contigo, Lucas.
— ¿Tan tímida, Wilson? —se burla otra vez de mí— anoche no lo eras...
— ¿No tienes nada más que hacer hoy? —lo interrumpo molesta en cuclillas, amarrando mis zapatillas. Al menos se ha puesto un bóxer. Yo me concentro más de lo necesario en amarrarlas, no quiero mirarlo.
— Iré al gimnasio a matar el tiempo y por la noche iré a cenar con mi madre.
— Busca algo que hacer y no molestes. Puedes trabajar con tu familia —sugiero.
— Eso lo hacen mis hermanas, no yo. Podrías pasar por aquí después de ir a la Iglesia. Así tendría algo más que hacer… —replica con un dejo insinuante.
— Anoche estaba borracha, Lucas —le reclamo—. Necesitaba despejar mi cabeza y me ayudaste con eso. Te ayudé con esa loca y listo. Una vez yo salga por esa puerta, nos olvidamos de que esto pasó. ¿Te queda claro? —espeto poniéndome de pie con las manos en mis caderas.
— ¿Estás segura de eso? Yo no quiero olvidarlo… —murmura con una sonrisa de medio lado, acercándose. Me muestra esa sonrisa seductora que vi anoche, la que me hizo caer…
— Yo sí —digo tratando de sonar firme. Lo miro fijamente a los ojos, desafiándolo.
— ¿Segura? —inquiere frente a mí, cada vez más cerca.
— Sí —contesto tragando saliva. Sus ojos se ven más grises a cada segundo y se me remueve todo por dentro con esa mirada.
— No te creo, Bec… —susurra seductoramente en mi oído. Lo suficientemente cerca como para sentir su aliento en mi piel. Cierro mis ojos un segundo, estoy a punto de dejar que me quite la ropa otra vez.
— Cree lo que quieras, Lucas. Esto nunca pasó… —me recompongo en un segundo, lo empujo con ambas manos y salgo corriendo de ese departamento.
Esto fue un error.
***
¿Me iré al infierno directamente? ¿O al purgatorio primero?
Con los ojos cerrados recuerdo una y otra vez todo lo que pasó anoche. Como Lucas me tocaba, como me volvía loca cada vez que él besaba mi cuello y seguía bajando por mi abdomen. Sus besos... ¿Qué tienen esos labios que me volvieron loca?
A pesar de lo ebria que estaba, recuerdo sus manos apretándome contra él, acariciándome por todas partes…
Como nos fundíamos una y otra vez…
Trato de abanicarme para refrescarme un poco, de sólo recordar la noche que acabo de pasar con Lucas me da calor.
Me voy a ganar una pasantía por ambos lugares si sigo pensando eso aquí.
No me saco de la cabeza cómo esos ojos grises oscurecidos me contemplaban con lujuria, vuelto loco. Como yo lo hacía también.
En mi vida me habían dado un beso así, increíble. De esos que te roban el aliento, el aire, la cordura y te vuelven loca. Que dan paso a todo lo que hicimos después en su departamento. No apto para menores de 28 años.
— ¡Rebecca suelta eso! ¡Ten un poco de respeto! —la mano de mi madre palmeando con fuerza la mía me trae de vuelta y con eso se me cae al suelo el libro que usaba de abanico.
— ¿Qué pasa? —le pregunto.
— El nuevo testamento es un libro sagrado. No puedes usarlo de abanico, hija —me alega molesta por lo bajo.
— Hace calor aquí, mamá… —me quejo rodando los ojos— y es sólo un libro, hay miles iguales por el mundo…
— ¡Rebecca Wilson respeta este lugar sagrado! —sigue reprendiéndome, tratando de no alzar demasiado la voz.
Estamos sentadas en una banca dentro de esta iglesia. Ni siquiera sé hace cuánto empezó la misa.
— Como quieras, mamá —resoplo agitando un poco el cuello de mi sweater para refrescarme.
— Estás sonrojada. Quizás ese sweater que llevas es muy grueso ¿Te sientes mal? ¿Tienes fiebre? —me pregunta ella poniéndome una mano en la frente, chequeando si tengo fiebre.
Dudo que sea fiebre, son estos recuerdos que no quieren salir de mi cabeza que me suben la temperatura.
Si sigo pensando estas cosas, sentada en este banco de la iglesia frente al amado Cristo de mi madre, me empezaré a incendiar en cualquier momento.
Debiera dejar de pensar en Lucas, pero no lo logro. Fue un ligue de una noche y ya. Un polvo de agradecimiento... que me dejó trastornada. No dejo de revivir en mi cabeza cada uno de los minutos que pasé en su cama, de lo que hicimos. Más bien, de lo que me dejó hacerle...
Me cacheteo otra vez mentalmente. No, eso no pasó. No volverá a pasar.
Y nunca más tomaré tequila.
— Estoy bien, mamá. Mi sweater es de invierno ¿Cuánto falta para que termine esto? —pregunto tratando de aparentar normalidad.
— Unos 15 minutos, el padre Manuel es puntual con el servicio.
— 15 minutos…—repito para mí soltando el aire, resignada.
15 minutos, me digo. Rebecca, aguanta 15 minutos y serás libre de esta tortura por hoy.
***
Padre Manuel, me decepcionas.
Justo hoy decidió no ser puntual. Duró 30 minutos más esa prédica tediosa. Ni siquiera puse atención, no me interesa.
Y luego, mi madre alargó mi agonía otros 20 minutos conversando con sus compañeras del grupo de lectura bíblica.
Mientras la esperaba, sentada en la misma banca, me dediqué a contar los pequeños cuadritos de colores del vitral a mi derecha. Siguen siendo 107. Los he contado demasiadas veces a lo largo de mi vida. Pero con la resaca que tengo, si me quedaba escuchándolas, iba a lanzarme contra ese vitral para salir de ahí.
Mi papá suele tener más paciencia que yo para acompañarla a la iglesia y su obsesión por esta. Lo hace para cuidarla, lo sé. Se desvive por mi madre. En cambio yo, puedo acompañarla a cualquier parte, menos aquí. No aguanto este lugar.
Mi madre lleva más de un año sin una crisis nerviosa. Mientras ella esté feliz, nosotros nos las arreglamos para no dejarla sola y cuidarla.
Lo hemos hecho siempre, mi madre es demasiado frágil y se siente a gusto aquí. Verla tranquila es suficiente para nosotros, aunque tengamos que aguantar que se la pase en esta iglesia.
***
— ¿Te fue bien en tu guardia? —pregunta mi mamá concentrada en el tráfico.
— Excelente, mamá. Niños sanos y felices —le respondo. Una mentira piadosa para que no entre en crisis.
— Eres increíble, hija. Estoy tan orgullosa de ti… —me sonríe con ternura mientras estamos detenidas en una luz roja.
No puedo contarle lo que pasó, prefiero que ella sea feliz. Nunca olvidaré el nombre de ese niño, como dijo Gloria. Pero eso es algo que tendré que guardar para mí.
— Gracias, mamá —resoplo girando hacia la ventanilla. Lucas ayudó a olvidar y el tequila también. Ahora debo dejar ir esos recuerdos, ese niño en su camilla y todo lo que hice con Lucas.
— Tienes el día libre. ¿Harás algo hoy? —cuestiona sin mirarme, sigue concentrada conduciendo.
— Sí. Quiero estudiar el caso de un pequeño paciente. Lo están tratando por lupus, pero estoy segura de que es una infección —le cuento entusiasmada.
Quiero dormir y necesito mi cama. Me duele todo, eso es culpa de Lucas y mía. Pero primero, quiero encontrar alguna respuesta a ese caso. Creo que la solución puede estar en ese manual azul, ese que me cuesta tanto leer…
— Entonces almorzamos y te pones a estudiar, ¿te parece? Tengo mis clases de bordado en la tarde, así podrás estudiar tranquila.
— Como digas, mamá. Yo prepararé algo para comer.
— Tengo a la mejor hija del mundo... —sonríe sin sacar los ojos del tráfico.
No, mamá. Tienes a la hija más alcohólica y pecadora del mundo.