PRIMUS

1197 Words
“Aún entre los demonios hay unos peores que otros, y entre muchos malos hombres suele haber alguno bueno.” Don Quijote Plauto apuró otro trago del dulce vino especiado, para pasar el bocado de carne asada con el que acababa de atragantarse al recibir el mensaje que uno de los mozos le había entregado. -Acaba de llegar, mi Señor –Dijo el chico que no pasaba de los 18 años y servía en el palacio desde niño - Tiene el sello real del Norte. Se lo había arrebatado de las manos y lo había leído una y otra vez sin terminar de creérselo. El pequeño pergamino decía: “Plauto di Scorpio, Señor de las tierras de Villa Scorpio, se requiere su presencia en el castillo de Septentrionem, ha sido elegido por su Majestad Aurelio I de León como su consejero real. Tiene un plazo de tres días para acudir al Consejo.” En la juventud, Plauto había gozado de la amistad de los León, pero de ahí a ser nombrado consejero del Rey era más de lo que hubiera aspirado jamás. El padre de Aurelio tenía por costumbre hacer pasar largas temporadas en el palacio a los hijos de los grandes señores de Sptentrionem, y así poder educarlos junto a sus hijos garantizando las relaciones diplomáticas futuras y haciendo lazos con las casas más poderosas de la región, era muy habilidoso para la política se le daba con facilidad y aquella estrategia brindó frutos de lealtad a la corona aún después de la desafortunada muerte de Abelardo y la desaparición de Aurelio. Plauto heredó el Feudo de su padre, y este del suyo, pertenecía a un linaje tan antiguo como el mismo Liber y su familia se había codeado con varios de los poderosos durante generaciones, no obstante esto estaba lejos de lo que podía aspirar incluso en una situación normal en la que los Oscuros nunca hubieran hecho trisas al Norte, había otras casas con más recursos que la suya con más hombres y pertrechos, así como tierras más productivas, no parecía tener mucho sentido que lo eligiera a él. Se recostó al respaldo de la silla y suspiró con desconcierto. -Es lo menos que el Rey puede hacer por ti –Dijo Octavio su hijo- mientras le arrojaba medio muslo de pavo a los lobos bajo la mesa- después de que arriesgaras tu vida y la de tus hijos por él en esa batalla estúpida. -¡Calla! –Gritó su padre. Plauto sintió que el calor le inundaba el rostro, no concebía cómo su propia sangre podía hablar de aquella forma, si bien era cierto lo que Octavio decía, no por eso era adecuado. Un Lord no debía dejarse llevar por el dolor ni por la pérdida, incluso si esta última significara el riesgo de que su heredero fuera un ilegítimo… esa última idea pareció revolverle las entrañas… siguió con la mirada al mensajero mientras desaparecía en el fondo del salón. -¡Es verdad! –Insistió Octavio- Esa no es tu guerra, ¡no fuiste tú quién huyó como un cobarde abandonando todo el reino a su suerte!, tú te quedaste y enfrentaste a los Oscuros, los mantuviste a raya y hasta tuviste que proteger y alimentar a los sirvientes del palacio real que morían por el hambre y el frío de las heladas –Se detuvo intentando calmarse- No me pidas que guarde silencio padre, no puedo, no puedo ver cómo te doblegas ante el hombre que te arrebató a tu familia. -Las cosas no son como tú crees –Replicó- Hubo razones muy poderosas que obligaron a Aurelio a abandonar Liber, no es un cobarde como tú dices, no has luchado a su lado como yo, además la muerte de tus hermanos no es su culpa… -En eso también te equivocas padre, ya tuve el honor de pelear junto a mi Rey –Lanzando la última frase con toda la ironía de la que fue capaz –¿Y quién es el culpable entonces? ¿Tú? - levantándose de la mesa para apartar a patadas a un par de canes que se entraban a dentadas en furiosa lucha por lo que quedaba de un hueso- Estos –Señalando a los domesticados lobos- Saben más de honor y lealtad que ustedes dos. Plauto los observó sin declarar palabra, la escena de pronto le pareció una premonición confusa y negra que le heló la sangre, pues así como los lobos, a arpadas se habían peleado los nobles los despojos de los feudos en ruinas luego de la invasión de los Oscuros, y cómo el aullido de ellos habían sido luego los lamentos de los miserables que morían de hambre y frío por la pérdida de las cosechas, en eso su hijo no mentía, tampoco mentía en el hecho de que si no se hubiera involucrado tanto en el conflicto, aún tendría algunos de los hijos que perdió durante la guerra. El Rey estaba de vuelta, pero con él también los viejos rencores, y otros nuevos nacidos de los errores, de hechos inevitables como el que Aurelio abandonara su mundo para cumplir con la última voluntad de su hermano, proteger la llave y a su heredera. Octavio Scorpio era el último hijo de Plauto, el menor de siete y quien heredaría las tierras y el título de su padre por haber muerto el resto de la prole a manos de los Oscuros, su rencor era perfectamente justificado, vio morir a su madre cuando era muy pequeño, se escondió tras unos sacos de trigo mientras un Oscuro le sacaba las entrañas, todavía podía escuchar sus gritos. Sus hermanos fueron cayendo en batalla, su suerte no fue mejor, unos dirigiendo ejércitos, otros emboscados, y los dos últimos apenas si sabían cómo defenderse, eran muy jóvenes cuando les llegó el turno. De ahí que su padre lo protegiera más de la cuenta, no quería que un bastardo tomara su lugar, sería inaudito después de que su mujer le diera siete hijos, siete, tener que dejar como señor de todo al hijo de la lavandera. El heredero entró en sus aposentos y contempló enredada entre las sábanas a la joven moza de piel blanca como el alabastro y cabellos largos y negros, sus ojos vivaces chispearon y por un momento olvidó el trance que acababa de tener durante la cena con su padre. La chica se había metido en su cama después del regreso del rey y su presencia le había ayudado a sobrellevar su ira. No estaba muy seguro de su procedencia, pero le daba igual, noble o cortesana era hermosa y complaciente y él no tenía fama ser fácil de complacer, sus gustos eran retorcidos y hacía falta ser tan retorcido como él para aguantarle el trote; por otro lado, no es como si fuera a presentarla en sociedad, con tenerla ahí cada noche para él era suficiente, la necesitaba para desahogar la rabia y la impotencia que sentía por las desgracias familiares además de no poder hacer pagar a quienes consideraba culpables. -Algún día, preciosa –Le dijo al oído mientras su mano subía sobre el blanco muslo desnudo- algún día todos lo pagarán.
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