TERTIUS

2086 Words
“Los pactos políticos entre fracciones adversas son siempre de mala fe, aunque sean convenientes.” John William Cooke Lucio se incorporó una vez más y arremetió contra el Oscuro que venía contra él con toda su fuerza blandiendo una enorme pica frente a su rostro, lo tomó por sorpresa, eso era común últimamente, que lo tomaran desprevenido, Zoe ocupaba un alto porcentaje de sus pensamientos y se necesitaba de mucha adrenalina para alejarla de ellos, pero en ese momento no estaba funcionando. Tomó aire y sacudió la cabeza intentando despejarla, apretó con fuerza los dedos sobre la empuñadura de cabeza de águila y se lanzó de frente contra esa cosa para ensartarla en su espada. El otro lo esquivó en un rápido movimiento hacia un lado haciendo que Luc casi se fuera de bruces contra el suelo, mantuvo el equilibrio y arremetió de nuevo una y otra vez hasta tenerle solo a centímetros de su rostro, elevó la pesada y sanguinolenta hoja de metal y la dejó caer con todas sus fuerzas. Lo logró, el sudor recorría el sendero de la piel blanca desde la base del cráneo bajando por su espina dorsal. La espada plateada y tallada con las runas de la casa de los Aquila destilaba un líquido oscuro y espeso cuyas gotas caían sobre el barro denso y asqueroso manchado con la sangre de los unos y de los otros. Respiró de nuevo antes de ir por otro de esos asquerosos y despiadados seres. Corrió colina arriba para tener un mayor campo de visión, pero el panorama no era para nada alentador, la negra muerte recorría el campo de batalla ganándoles la partida en todos los sentidos, los guerreros más fuertes se esforzaban por evitar el pronto viaje al más allá, los gritos de guerra y los alaridos de dolor se mezclaban en un ruido aterrador y despiadado. Lucio se escurrió entre los matorrales junto a un puñado de sus hombres para tomar por sorpresa a un parque lleno de armas y esclavos, había que liberarlos, de seguro habían sido tomados prisioneros de entre los sobrevivientes de los pueblos y aldeas atacadas, los llevaban como ganado, a los más fuertes los dejaban vivir a cambio de trabajos pesados y otros no corrían con la misma suerte, había muchas bocas de Oscuros a las cuales alimentar, y entre las filas estaban los Ogros especialistas en comer carne humana, así que en ese momento su prioridad se centró en las jaulas de madera que divisó a la distancia. Una flecha pasó volando rastrera sobre su cabeza, tan cerca que escuchó como silbó el aire en su oído. -¡Altezaaaaaaaaaaa! –Gritó alguien -¡Ahí vienen! Lucio volvió la cabeza, pero ya era tarde, la enorme mole se le había venido encima con un mazo en la mano decidido a aplastarle el cráneo como a una uva. El príncipe apenas si pudo reaccionar evitando el golpe. Rodó ladera abajo golpeando todo a su paso piedras, palos, arbustos hasta ir a dar a la orilla del río, adolorido intentó incorporarse, pero una vieja herida de batalla le pasó factura, llevó su mano hasta costado y lanzó un alarido de dolor, ¡Ah!, si tan solo tuviera el medallón con él, hizo otro intento, pero algo lo lanzó al fondo del río. Angustiado sacó la cabeza para respirar, en vano, ya algo lo había arrastrado hasta el fondo. Escupió como pudo la bocanada de agua que acababa de tragar y una mano le sacudió la espalda. -Termina de salir –Escuchó decir a una voz cantarina –Sal de ahí ese no es tu lugar. -¿A quién le hablas? –Articuló con dificultad. -Al agua por supuesto –Esbozando una seductora sonrisa - Luc pensó que de todas las criaturas a las que no quería deberles nada ella era la peor. -¿Por qué lo hiciste? –Preguntó -¿Por qué me salvaste? -Porque tienes una deuda conmigo mi Principe, ¿No lo recuerdas? –Lucio recordaba exactamente lo sucedido en la caverna antes de embarcarse en el viaje hacia el Oculus y sabía que un compromiso con las hadas era algo imposible de romper, y como Leucosia había hecho el pacto con los tres, con Zoe, con Máximo y con él, se había asegurado de que cada cual aportara una parte de si en el contrato, ella misma se había apuñalado solo para tener sangre con la cual pactar y había hecho que Zoe también aportara la suya, pero a ambos, a él y a Max los había besado, su imagen lo asqueo por un momento, sacudió la cabeza para alejar esa imagen de su mente. -No sé por qué le molesta tanto a su majestad que lo salve, no es la primera vez… -Soltó sin recelos -¿Cómo está la pelirroja?... o perdón… su alteza real heredera del Norte y bla, bla, bla. -Está bien, gracias por preguntar. -Qué bueno, así garantizo mi inversión, porque ya uno de ustedes no está para pagarme. -¿Eres así siempre, o solo a veces? –Reprochó Lucio. -No, solo a veces, por lo general soy peor. Debo serlo, ¿Cómo crees que hago para mantener mis territorios protegidos de los asquerosos humanos?, si cada vez que alguno de tu r**a se acerca a las aguas solo piensa en atrapar a una de mis hermanas. -Por favor Leucosía, los aldeanos se acercan a las fuentes porque necesitan agua, no te sientas tan importante, ¡No todos quieren enloquecer a causa de tus cantos, ni esperar a que los arrastren hasta el fondo del océano para ser parte de tu cena! -¿Eso piensas de las sirenas? ¿Crees que somos tan despiadadas? -No, estoy seguro de son crueles, tramposas y mentirosas como todas las hadas, tu misma acabas de aceptarlo. -No somos mentirosas, jamás mentimos, solo que ustedes no saben escuchar, además, no somos cualquier tipo de hadas –Respondió la Ninfa visiblemente molesta - No andamos por ahí cuidando a los ciervos, o apagando los incendios causados por los humanos, tenemos una función más alta que cualquier otra, mantener el equilibrio entre las diferentes razas, no podrías entenderlo, ustedes solo destruyen, dejan muerte a su paso, luego a nosotras nos toca hacer alianzas con los seres mágicos para restablecer el orden natural. ¿Qué has hecho tú? –Lanzándole una mirada asesina con sus provocativos ojos esmeralda. -Al parecer nada, no tiene caso pelear contigo nada te hará entrar en razón. Eso era cierto, evidentemente para los hombres los seres mágicos eran un atentado, pero para estos lo eren los hombres. Cada cual peleaba por sobrevivir, unos de un lado y los otros del suyo, pero eso no tranquilizada el corazón de Luc, había escuchado muchas historias de la crueldad de la Ninfa y de sus hermanas, cada vez que un hombre tenía la mala fortuna de topárselas lo mejor que podía ocurrirle era ahogarse, así al menos no sufriría tanto. Tripulaciones enteras esclavizadas eternamente, hombres devorados sin piedad no era para sentirse agradecido de que lo hubieran salvado, algo tramaba la sirena, eso era seguro y no se libraría de ella hasta haberle pagado el pacto, fuere cual fuere el precio, uno que por cierto todavía no revelaba. La nave ondulaba bajo el agua oscura de la noche y los esclavos trabajaban sobre la cubierta sin descanso, andrajosos y agotados, famélicos con la piel pegada la espinazo, como muertos en vida, como seres a quienes se les ha quitado el alma, la alegría de vivir, todos con sus rostros desesperados y los ojos inyectados en deseos de muerte. -¡Mátame!, Mi Señor, por piedad, ¡Mátame! Luc, saltó hacia atrás sacudiéndose al viejo de encima que había venido a rogarle que tuviera piedad de él y acabara con su triste existencia. -No, no puedo, ¡No mato inocentes! –El pobre desgraciado rogaba por piedad que lo liberara de su agonía, una de las hermanas de Leucosía lo levantó en vilo y lo llevó al vientre de la nave. -¿Inocentes? –dijo la sirena –No olvides Lucio Aquila que cada hombre en esta nave me debe algo, nadie está aquí gratuitamente, recuérdalo bien. Luego del incidente debió echarse boca arriba sobre la cubierta de popa, los ojos se le cerraban del agotamiento, no podía apartar al viejo y miserable hombre de su mente así que supuso que ver hacia la superficie le ayudaría un poco, de todos modos, no podría haber hecho nada por él, ni por ninguna en ese maldito barco. Lucio apenas podía distinguir pequeños destellos de luz en la superficie. -Es fuego –Comentó la Ninfa en tono casual- Están prendiéndole fuego a todo a su paso. -Esos malditos Oscuros… -No son ellos, son los hombres. Creen que si acaban con todo los Oscuros no tendrán más remedio que irse. -Ellos no se irán –Dijo derrotado –No hasta destruirlo todo. -Si es que no lo hacen los hombres primero –Devolvió Leucosía con firmeza –Duerme, mañana te dejaremos en un lugar seguro. Lucio se despertó con los primeros rayos del sol, agradeció internamente a que pudiera ver un poco más allá de su nariz, se incorporó y se estiró para tonificar sus músculos, se sentía entumecido por el frío, un par de desgraciados raquíticos y apenas vestidos limpiaban diligentemente la cubierta de la nave, otros tres desplegaban las velas y un moreno musculoso de no más de veinte años salía aterrado del camarote de Leucosía. -Buenos días mi Príncipe, ¿Cómo ha pasado la noche el futuro rey del Sur en este barco de fantasmas vivientes? -Bien, gracias –Respondió sin quitar la mirada del joven que corría a ocuparse de cualquier cosa antes de que a ella se le ocurriera volver a llamarlo. Leucosía notó el asunto de inmediato, era demasiado perspicaz. -¿También te gusta el chico? Puedo dejarlo en mi camarote para que te relaje un rato antes de marcharte, tómalo como otro acto de “buena voluntad” –remarcando esa última frase. A Luc se le retorció el estómago, más de lo que ya lo tenía a causa de la marea. -Vamos, no serás un mojigato –Prosiguió –Es muy hábil complaciendo, te puedo dar unos consejitos para hacerlo más efectivo –Acercándose demasiado a su rostro y pasando sus manos sobre sus hombros. Leucosía, como todas las sirenas, sabía ser bastante seductora además de hermosa, pero a Luc le desagradaba su desparpajo, la Ninfa prosiguió con sus hábiles dedos por la espalda camino abajo serpenteando suavemente hasta llegar a la cadera, Luc inmóvil cerró los ojos e intentó pensar en otra cosa, sabía que si le hacía un desplante acabaría como esclavo en la nave de por vida. -Su majestad está tenso, creo que seré yo misma quien le haga ese masaje. Mmm… creo que ambos podemos relajarnos un poco… -Pasando la punta de su lengua por el borde de la oreja de Luc –Zoe no está aquí para saberlo, podemos divertirnos y nadie lo sabrá, no eres nuevo en esto ¿Verdad? –Apuntando a aquel secreto que ambos tenían. Zoe y él, cuándo se besaron con pasión en el Oculus mientras Max era prisionero de Damian –Ya se, ¿Y si me pareciera un poco a ella? –El áureo cabello de la sirena comenzó a tornarse rojo fuego y sus verdes ojos adoptaron el color del mar. Luc comenzó a caer en un trance parecido a un sueño, no era consciente de lo que estaba ocurriendo, de pronto, en su sueño, la mujer a quien amaba lo llenaba de besos, sus ágiles manos acariciaban su espalda haciéndolo erizar con cada roce, él rodeó su cintura desnuda afirmándola con fuerza hacia su cuerpo, la besó con pasión hasta dolerle, -Zoe, mi Zoe - Repetía con la respiración entrecortada mientras se dejaba llevar por cada impulso. Fue feliz, durante ese rato fue feliz, la deseaba más que a cualquier otra cosa, al olor de su cabello, al roce de su piel blanca, a sus suaves manos tocándolo en lugares exquisitos y sus labios de miel, dulces y bestiales, demasiado bestiales, la hizo suya, con pasión, con locura, y ella respondió con hambre insaciable, como si quisiera comérselo vivo, con un ansia brutal e inhumana, no, no era normal, era… salvaje, animal, Luc salió del sopor y atinó a distinguir entre espejismos a Leucosia jadeante a su lado.
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