1. Cruel descubrimiento
Me aferro al brazo de mi madre mientras ambas vemos como el ataúd de mi padre baja hasta su lugar de sepultura. Las lágrimas que no he podido derramar desde que me enteré de su muerte amenazan con salir, pero me resisto a la idea. Me niego a permitir que las personas a mi alrededor me vean afectada.
Permanezco en silencio, perdida en mis pensamientos hasta que los cuchicheos de los asistentes al funeral comienzan a subir de volumen. Trato de ignorarlos hasta que las voces se alzan por encima del sermón del sacerdote.
“¿Qué pasa?”
Mi atención se centra en la misma dirección a la que todos miran. En cuanto mis ojos enfocan a la pareja que se acerca, una punzada de decepción se instala en mi pecho.
Mi prometido Alessandro Crox camina hacia nosotros escoltando del brazo a una mujer de cabello rubio y ojos verdes. Su oscuro cabello, ojos color verde oliva, un cuerpo atlético y la cicatriz apenas perceptible que atraviesa en diagonal su boca contrastan con los rasgos delicados y cuerpo curvilíneo de ella. Al principio no logro reconocerla, pero conforme se acercan queda claro para todos de quién se trata.
Entre los muchos negocios de los que Alessandro es propietario se destaca una empresa de cosméticos y Azul Evans es una de las modelos que contrató para promocionar la nueva línea que lanzarán en los próximos días. La pajera llega hasta donde nos encontramos con expresiones serias.
—Lamento su pérdida— dice con voz grave.
Quiero responder, pero la escena me parece tan fuera de lugar que no soy capaz de hacerlo.
“Debería ser yo quien esté a su lado” pienso confundida al verlos juntos.
Mi madre sale momentáneamente del trance en el que se encuentra al escucharlo.
—Gracias, significa mucho para nosotras que estés aquí— responde levantando la mirada hacia él.
Se deshace del brazo de Azul para envolver a mi madre en un abrazo. Ella lo recibe sin inmutarse, tan perdida en sus pensamientos como yo. Al separarse, Alessandro la recompensa con una sonrisa encantadora antes de dirigir su atención a mí. Coloca su mano alrededor de mi cintura antes de darme un casto beso en la frente.
—Llegas tarde— susurro.
Alessandro me suelta y retrocede un paso. Sin perder la oportunidad, Azul se adelanta para colocarse nuevamente a su lado y entrelazar su brazo con el suyo.
—Me disculpo, el evento de esta mañana tomó más tiempo del que anticipé.
Miro la unión entre los brazos de la pareja mientras trato de calmar la indignación que siento por su actitud.
—¿Agendaste un evento el mismo día del funeral del padre de tu prometida?
Alessandro abre ligeramente los ojos debido a la sorpresa. Desde el inicio de nuestra relación siempre me he esforzado por no discutir con él así que hacerlo ahora nos resulta extraño a ambos.
—Sabes que estás reuniones se planifican con meses de anticipación. No podía retrasar el lanzamiento, eso hubiera ocasionado pérdidas millonarias.
Lo sé perfectamente, pero mi indignación por verlo con esa mujer es más fuerte ahora que mi sentido común.
—¿Era necesario traer a tu empleada? No recuerdo haber mencionado algo sobre asistir con un acompañante.
La mujer que antes permanecía imperturbable, ahora tuerce los labios. Sus perfectas uñas decoradas con esmalte rojo se clavan en su traje oscuro en un claro gesto de posesividad.
“¿Cómo te atreves? Su pareja soy yo” quiero gritar.
—Lamento no haberte informado con anticipación.
La forma tan sarcástica en la que lo dice me confirma que no lo siente en absoluto y eso hace su actitud más confusa. Nunca se ha mostrado excesivamente cariñoso conmigo, pero jamás me había provocado de esta forma.
—Lamento que mis intenciones se malinterpretaran señorita Blander. Insistí en venir porque conocí a su padre en una reunión que tuvo con el señor Alessandro hace meses. Me pareció una persona encantadora en ese momento y quise despedirme cuando me enteré de su fallecimiento.
Trata de aparentar pesar por la muerte de papá, pero la forma en la que se aferra a Alessandro pese a saber quién soy me hacen dudar de su sinceridad.
—¿Por qué no se sientan? La ceremonia está por terminar— interviene mi madre al percibir la tensión entre los tres.
Alessandro asiente y conduce a Azul hasta las sillas ubicadas en el lado opuesto al nuestro. Estoy a punto de decirle que permanezca con nosotras, pero las miradas maliciosas que los demás nos lanzan me detienen.
No quiero convertirme en el objeto de su entretenimiento, así que decido ignorarlos mientras el sacerdote termina el sermón. Una vez el ataúd de mi padre se cubre completamente con tierra, los asistentes se acercan para darnos unas últimas palabras de consuelo y retirarse.
Alessandro y Azul son los últimos en acercarse. Se marcha junto a su acompañante dejándonos solas tan pronto intercambia las mínimas palabras de cortesía.
—Deja de morder tu labio cariño, te harás daño— menciona mi madre siguiendo mi mirada.
—¡No puedo creer que viniera con esa mujer sabiendo las habladurías que provocará!
Mamá suspira pesadamente.
—Sabes que nunca le ha importado lo que piensen de él.
—¿Qué hay de mí?
—Tendrás que soportarlo si tienes la intención de convertirte en su esposa. Al ser un hombre poderoso es previsible que mujeres como esa intenten llamar su atención, pero mientras tú lleves el anillo su situación no cambiará.
—¿Crees que sea su amante?— cuestiono abrazándome a mi misma.
La simple idea resulta demasiado dolorosa para soportarlo.
—No se mostraría en público con ella si lo fuera. Si se molestó en traerla seguramente fue porque no le quedó más remedio. Confía en él y no montes una escena innecesaria.
Pese a las palabras de mi madre, el desasosiego que siento no desaparece. Tan pronto como regresamos a casa, mamá se encierra en su habitación. Quiero consolarla, pero mi propio dolor me lo impide. Me siento perdida sin la guía de papá ahora que tendré que hacerme cargo de la compañía.
…
Ha pasado una semana desde que mi padre falleció y Alessandro no se ha comunicado conmigo pese a los mensajes que le he enviado.
Texteo un último mensaje antes de bajar las escaleras hacia el comedor solo para descubrirlo vacío.
“El desayuno ya debería estar en la mesa”
Confundida por este inusual retraso, avanzo hacia la cocina y al entrar veo a los empleados amontonados alrededor de una laptop.
—¿Qué están mirando?— cuestiono cruzándome de brazos.
Sus rostros palidecen al verme. Uno cierra la laptop con más fuerza de la necesaria haciendo que mis alarmas se disparen.
—No es importante señorita— interviene uno de ellos.
—¡Muéstrame la laptop!
Todos intercambian miradas nerviosas antes de que uno de ellos se apresure a entregarla. Inspecciono sus rostros una última vez antes de centrar mi atención en la pantalla. La ventana emergente muestra el artículo de un periódico digital.
“¿Es este el fin de su compromiso? El empresario Alessandro Crox aparece acompañado de la modelo Azul Evans en la gala benéfica anual. Fuentes cercanas afirman que romperá su relación con Reagan Blander hija del difunto Paul Blander…”
Aparto la mirada, incapaz de seguir leyendo y dejo la laptop sobre la encimera de la cocina.
—Me saltaré el desayuno— anuncio antes de salir tranquilamente.
Mis pasos aceleran conforme me acerco a la puerta del garaje. Necesito una explicación y no pienso conformarme con una llamada.
La seguridad en la mansión de Alessandro es estricta y por un momento temo que no me permitan entrar cuando me acerco al portón, pero todo el personal se porta de forma usual y eso me tranquiliza.
Estaciono el auto frente a la fachada sin molestarme en cerrar la puerta cuando bajo.
Mi corazón late de forma desenfrenada y mi respiración se agita cada vez más. Quiero estar equivocada, confiar en el hombre del que estoy enamorada y olvidarme de este desagradable malentendido.
Klaus, el asistente personal de Alessandro, ya se encuentra esperando en la entrada.
—¿Dónde está?— cuestiono mientras subo las escaleras.
—El señor Crox se encuentra en una reunión y no podrá atenderla en este momento.
Trato de permanecer impasible, pero fracaso estrepitosamente.
—Alessandro se encuentra en una reunión en la mansión y no en su oficina ¿De verdad me crees tan estúpida?
Klaus se aclara la garganta visible nervioso por mi arrebato.
—Le pido que regrese señorita. Le informaré de su visita en cuanto termine.
Haciendo caso omiso a sus palabras, recorro el tramo que falta para llegar a la puerta de la mansión. Klaus extiende su mano para tomarme el brazo cuando adivina mis intenciones.
—¡No te atrevas a tocarme!— digo entrando antes de que alguien más trate de detenerme.
Lo escucho mascullar una maldición antes de seguirme por el pasillo.
He estado en la mansión en pocas oportunidades y pese a eso logro encontrar el camino hacia su oficina. Conforme me acerco mi valentía se desvanece. Si es verdad lo que dice solo me pondré en una posición incómoda, pero me obligo a ahuyentar esas preocupaciones.
—¡No entre señorita!— dice Klaus en cuanto me alcanza.
—¿Por qué?— cuestiono con mi mano aferrando el pomo de la puerta.
La mirada avergonzada que me lanza es toda la confirmación que necesito. Abro la puerta sin anunciarme antes de perder el valor para hacerlo. Alessandro mencionó una vez que partes de la mansión estaban insonorizadas para proteger su privacidad y es por eso que los jadeos no se escuchaban hasta que abrí la puerta.
Mi prometido se encuentra sentado en la orilla de su escritorio con los pantalones descansando sobre los tobillos. Azul, completamente desnuda salvo por los tacones que todavía lleva puestos, lame su glande como si de una paleta se tratara antes de llevarlo al interior de su boca.
Una de sus manos descansa sobre el muslo de Alessandro, la otra trabaja la base de su pene con movimientos erráticos. Alessandro gruñe mientras sostiene su cabeza para guiar el ritmo de las embestidas de su boca. Azul lame la punta, llenándola de saliva antes de volver a introducirla todo lo que su garganta le permite tragar. La saliva que escapa de la comisura de sus labios la utiliza para lubricar su longitud y facilitar la masturbación.
Durante el tiempo que estuvimos juntos él nunca pareció particularmente interesado en mí sexualmente. Todos nuestros encuentros consistían en besos castos y caricias fraternales. En una ocasión, sumida por mi deseo, intenté llevarlo más allá, pero él me rechazó alegando que no era el momento. Pese a mi frustración respeté sus deseos y no volvimos a hablar del tema hasta que me propuso matrimonio e insistió en esperar hasta nuestra noche de bodas.
Solo ahora me doy cuenta que eso no era más que una excusa. Siente deseo, pero no por mí y esa certeza hace que la escena ante mí sea aún más humillante.
Trato de hablar, pero el único sonido que logro producir es un estridente chillido. Azul interrumpe sus movimientos al percatarse de mi presencia y trata de liberar el pene de la prisión de su boca. Alessandro se lo impide, sujetando su cabello con más fuerza. Su mirada turbada se conecta con la mía cuando Azul deja de resistirse.
—¿Te interesa unirte?— cuestiona con sarcasmo al ver que me he quedado de pie observándolos.
No puedo expresar con palabras la indignación que siento por semejante propuesta.
Ladea la cabeza y sin dejar de mirarme, mueve sus caderas hacia delante, enterrando su m*****o de forma repentina en la boca de Azul.
—No recuerdo haber ordenado que te detuvieras— dice mirándola.
Azul sonríe con los ojos empañados de lágrimas y su pene todavía dentro de la boca. Sus succiones se reanudan, pese a su atragantamiento inicial por la brusquedad de Alessandro.
A ninguno de los dos parece importarles que yo esté mirando.
Mi padre nos presentó hace tres años cuando Alessandro se convirtió en accionista de la compañía familiar. Me atrajo desde el primer momento que lo vi, pero nunca albergué muchas esperanzas de una relación entre nosotros debido a los rumores que circulaban sobre sus múltiples parejas. Él dio el primer paso hace dos años cuando me propuso salir. Mi familia no puso objeciones a la relación y estuvimos saliendo un año antes de proponerme matrimonio.
“Confié ciegamente en él y le entregué dos años de mi vida solo para esto” pienso con rabia.
El punzante dolor que siento en el pecho se intensifica cuando reprimo la necesidad de llorar.
Salgo de la oficina, asqueada por lo que acabo de ver.
—¡Señorita Reagan!— grita la afligida voz de Klaus cuando paso a su lado.
Se había mantenido fuera de la oficina para respetar la intimidad de su jefe.
Ignorando su súplica, froto mis ojos para despejar mi visión borrosa por las lágrimas no derramadas. El pesado aire del interior se vuelve ligero cuando salgo. Camino hasta mi auto, decidida a dejar atrás toda esta desagradable escena.
No le doy importancia a los pasos apresurados que escucho detrás de mí hasta que unos fornidos brazos me sujetan la cintura.
—¿Qué haces? ¡Suéltame!— grito retorciendo mi cuerpo.
Alessandro hace caso omiso a mis demandas mientras me gira para encararlo.