Un día pasó, y luego otro más, Amélie se estaba quedando en casa de Joana, no porque no tuviera adonde ir, si no porque su amiga le había suplicado que se quedara con ella. Y sin darse cuenta, una semana entera se había ido como el agua entre los dedos. Amélie lo notó cuando tachó la fecha en el calendario que colgaba detrás de la puerta de la cocina. El día de su viaje se acercaba, y con él, la promesa de un silencio diferente. No el silencio doloroso de la ausencia, sino uno nuevo, con olor a sal y viento, donde quizás podría aprender a respirar otra vez.
Durante esos días se había dedicado a preparar todo para poder alejarse un tiempo de la ciudad.
Aun así, en algún rincón de su mente, persistía una chispa absurda de esperanza. Una parte de ella creía que él aparecería de pronto, que tocaría a la puerta o la esperaría en la esquina, dispuesto a reconocer el daño, a pedirle perdón. Pero los días pasaban y nada ocurría. El teléfono permanecía mudo, el buzón vacío. El orgullo, o la indiferencia de Walter, se volvían una sombra cada vez más densa en el pecho de Amélie.
Joana lo notaba. Lo veía en su mirada ausente, en la manera en que su voz se volvía delgada cuando mencionaba el nombre de él. No quería verla hundirse más, así que se propuso distraerla con lo que tenía entre manos: el viaje, el bebé, el descanso que necesitaba con urgencia.
—Tienes que pensar en tí, Meli —le decía cada tarde, mientras preparaban una lista de cosas para llevar—. En tí y en esa criatura hermosa que llevas ahí. No puedes seguir mirando hacia atrás.
Amélie sonreía apenas, sin demasiada convicción.
—Lo intento, Joy… pero es difícil.
—Claro que es difícil. Pero quedarse esperando a quien no piensa volver, lo es aún más. —Joana apoyó una mano cálida sobre la suya—. Vas a estar bien allí. Ese lugar parece sacado de una postal.
Puerto Esmeralda.
Solo con pronunciar el nombre, Amélie sentía que algo en su interior se aflojaba. Lo había descubierto una noche en que el insomnio no la dejaba en paz. Navegando por internet, encontró fotografías de un pueblo costero a tres horas de la ciudad. Pequeñas cabañas de madera frente al mar, pinos que bordeaban los senderos y un muelle donde las gaviotas descansaban al atardecer. Nada lujoso ni distante: un rincón sencillo, casi olvidado, pero de una belleza que dolía en los ojos.
Había alquilado una de esas cabañas por un mes. “Solo para descansar un tiempo”, se repetía cada vez que dudaba. Pero en el fondo, sabía que huía. No solo de la ciudad, sino también de sus propios sentimientos.
El sonido de la tetera la sacó de sus pensamientos. El té estaba listo. Vertió el agua caliente sobre la taza, observando cómo el vapor se enroscaba en el aire. Afuera, una lluvia fina dibujaba hilos sobre el vidrio.
Joana entró en la cocina con una carpeta en la mano.
—Ya hablé con la dueña del lugar. Dice que te espera el viernes a primera hora. La cabaña está limpia y lista.
—Gracias, Joy. No sé qué haría sin tí —murmuró Amélie, sentándose frente a ella.
—Probablemente olvidarte de comer y salir sin abrigo. —Joana sonrió, pero en su mirada se filtró la preocupación—. ¿Estás segura de querer ir sola?
Amélie asintió despacio.
—Sí. Necesito hacerlo. No quiero que nadie me vea así… necesito pensar como voy a seguir. Porqué al parecer a Walter no le intereso, así que tocará empezar de nuevo...
El silencio que siguió fue denso, pero no incómodo. Joana comprendía. Había algo sagrado en la soledad cuando el corazón está roto: un espacio necesario para curar sin testigos.
Durante el resto del día, Amélie se perdió entre los preparativos. Dobló cuidadosamente la ropa que llevaría —vestidos livianos, suéteres de hilo, un abrigo para las noches frescas— y los guardó en la valija azul. Puso también un par de cuadernos nuevos, una caja de lápices, un libro que siempre había querido releer. Quería escribir, o al menos intentarlo. Tal vez el mar le devolviera las palabras que había perdido.
Al caer la tarde, Joana le llevó una sopa caliente y se quedó un rato más antes de salir.
—Tienes todo listo —dijo mirando la valija a medio cerrar—. Parece que de verdad te vas.
—Sí. Mañana haré las últimas compras y… el viernes salgo temprano.
Joana asintió y luego, con suavidad, cambió el tono.
—¿Y si él apareciera antes de eso?
Amélie la miró, sorprendida por la pregunta.
—No creo que lo haga. —Su voz tembló un poco—. Pero si viniera… no sé qué haría. Parte de mí todavía lo espera, ¿sabes? Es ridículo.
—No, no lo es —respondió Joana con ternura—. Uno no deja de querer de un día para otro, aunque el otro se haya ido mucho antes. Pero no mereces seguir esperando algo que no llega.
Amélie bajó la mirada hacia la taza vacía.
—A veces me pregunto si me habrá querido de verdad.
—Tal vez sí, a su manera. Pero no supo cuidar eso. Y tú no puedes seguir pagando por lo que él rompió.
Las palabras quedaron flotando entre ellas, como un eco que dolía.
Más tarde, cuando Joana se marchó, Amélie quedó sola con el silencio de la casa. Caminó hasta el balcón y salió a mirar la noche. La ciudad titilaba bajo una llovizna suave, los autos cruzaban las avenidas como insectos luminosos. En otro tiempo, ese mismo paisaje la había hecho sentir viva. Ahora, solo la cansaba.
Apoyó las manos sobre la baranda y respiró hondo.
—Puerto Esmeralda… —susurró.
Imaginó el sonido del mar, el olor a madera húmeda, el cielo abierto. Por un instante, le pareció oír las olas rompiendo contra la costa.
Esa noche durmió poco. Soñó con el mar, con una playa blanca y una figura difusa que la llamaba desde lejos. Cuando despertó, tenía lágrimas secas en las mejillas.
El jueves amaneció frío pero despejado. Amélie pasó la mañana revisando documentos, cerrando cuentas, dejando todo en orden. Luego salió a caminar, queriendo grabar cada rincón antes de irse: el café donde solía esperarlo cuando estaban estudiando, el parque donde alguna vez rieron, el kiosco donde compraba las revistas que él siempre dejaba a medio leer. Cada sitio era una herida abierta.
Al regresar, encontró sobre el felpudo un sobre sin remitente. Por un segundo, su corazón se aceleró. Lo levantó con manos temblorosas, pero al abrirlo solo encontró un recibo equivocado. Se sintió tonta, y por primera vez en días, rió, una risa breve y amarga.
A media mañana, Joana volvió y la invitó a salir a hacer unas compras, al principio Amélie se negó a salir, pero su amiga se excusó con que estarían lejos durante todo un mes y ella iba a extrañarla. Así que la muchacha no pudo hacer más que ceder.
Se dirigieron a un centro comercial, caminaron entre la gente que estaba en el lugar, entraron a una librería y Joana compró una hermosa libreta.
—Es para que escribas como antes —le dijo, recordando que a su amiga le encantaba escribir.
—Joy... Gracias, de verdad.
—No me agradézcas, porque todavía hay un regalo más que quiero hacerte y no me lo vas a rechazar.
Y sin decir más nada ambas salieron de allí, siguieron caminando hasta que Joana se detuvo delante de una vidriera.
—Me gusta ese, ¿a tí? —preguntó.
Amélie que venía distraída, alzó la cabeza y su corazón se aceleró al ver lo que su amiga señalaba.
—No, Joy...
—Solo te pregunté si te gusta, nada más.
—Es precioso... —murmuró la muchacha, y su amiga no le dejó decir nada más. Entrelazó sus brazos y juntas entraron a la tienda de ropa para bebés, una dependienta las atendió con mucha cortesía y les mostró cada cosa que Joana pedía ver.
Ambas jóvenes estaban tan absortas admirando y eligiendo las diminutas prendas que no notaron a la mujer que las veía con asombro desde la parte exterior del local.
La noche llegó lenta. Preparó una cena ligera y luego se sentó junto a la ventana, con la libreta sobre las piernas. No escribió mucho, solo unas líneas:
> “Mañana será mi último día aquí. No sé qué voy a encontrar allá, pero necesito irme. Si alguna vez vuelve, no sé si quiero que me encuentre igual.”
Guardó la libreta en la valija y apagó la luz. El reloj marcaba las once y el viento movía las cortinas como un suspiro.
Desde la cama, escuchó el eco lejano de un trueno. Tal vez anunciaba tormenta, o tal vez solo era el cielo despidiéndose.
Amélie cerró los ojos y pensó en el sonido del mar. En Puerto Esmeralda, el amanecer la esperaría con su luz dorada, sin reproches, sin promesas rotas.
Y aunque aún le dolía, aunque todavía deseaba oír el timbre sonar, sabía que a veces el primer paso para olvidar es simplemente irse.