Esa noche, Amélie caminó sin rumbo fijo bajo el cielo encapotado. La ciudad parecía dormida, ajena al torbellino que la desgarraba por dentro. Caminaba sin dirección, pero sus pies se dirigían por inercia al único lugar que era verdaderamente suyo. Las luces de los faroles dibujaban destellos amarillentos sobre el asfalto húmedo, y el sonido lejano del tráfico se mezclaba con el eco de sus pasos apresurados. No sabía hacia dónde ir, solo necesitaba moverse, respirar, sentir que el aire no le quemaba los pulmones.
Su corazón aún no asimilaba la magnitud del golpe. Las palabras de Walter se repetían una y otra vez en su cabeza, como una letanía cruel: “No quiero volver a verte.” Cada vez que lo recordaba, sentía que el aire le faltaba. Él, el hombre que le había jurado amor y protección, aquel cuya palabra la había convencido de dejar su carrera por una vida doméstica de lujo, había preferido creer en mentiras antes que en su palabra.
Cuando llegó al edificio donde tenía su pequeño estudio fotográfico, apenas sentía las piernas. Subió las escaleras con dificultad, empapada por la llovizna, y una vez dentro del local encendió solo una lámpara. La luz tenue tiñó de sombras los cuadros colgados en las paredes, las fotografías de paisajes y retratos que ella misma había tomado. Era un refugio familiar, pero la miseria parecía haber entrado con ella.
Se dejó caer sobre la silla giratoria frente a su escritorio y apoyó el rostro entre las manos. Un sollozo escapó de sus labios, al principio ahogado, luego incontenible. Lloró con la desesperación de quien se siente arrancado de su hogar, traicionado por la persona en la que más confiaba.
Se secó las lágrimas y miró su mano. Se sintió vacía sin el peso del anillo de bodas de tres quilates. La sensación de dependencia la avergonzó. Había confiado ciegamente en el amor incondicional de Walter.
—Ahora estoy sola —pensó con un terror frío.
Se reclinó en el sofá de terciopelo gastado, el contraste con los muebles de diseño de su casa era brutal. Sin pensarlo, llevó una mano hasta su vientre todavía plano. El contacto le provocó un nudo en la garganta.
—No sé cómo vamos a salir de esto… —susurró con la voz entrecortada—, pero por ti, voy a construir un lugar mejor que el que acabamos de perder.
Cerró los ojos. Entre el cansancio, el llanto y el vacío, el sueño la venció.
La mañana siguiente, el sol apenas despuntaba detrás de las nubes cuando Amélie comenzó a soñar. En su mente se encontraba en un inmenso parque nacional, rodeada de árboles en flor. La paz se quebró con la voz de Walter. El temblor se intensificó. Uno de los árboles se desgarró desde las raíces y se inclinó hacia ella. Cerró los ojos, sintiendo el estruendo acercarse.
De pronto, una sacudida violenta la arrancó del sueño.
—¡Amélie! ¿Qué haces aquí? Dormiste en el sofá. ¿Estás bien? —la voz de Joana resonó nítida, arrancándola del letargo.
Abrió los ojos, desorientada. El corazón le latía con fuerza, la respiración entrecortada.
—¡Ay, Joy! —murmuró entre un sollozo mientras se incorporaba y se lanzaba a los brazos de su amiga.
Joana, su asistente fotográfica y compañera inseparable, la sostuvo con fuerza.
—Tranquila, tranquila, cariño. Estoy aquí —murmuró Joana, sintiendo el cuerpo tembloroso de Amélie.
Cuando por fin logró hablar, Amélie le contó todo, desde el día en que descubrió el embarazo hasta la escena desgarradora con Walter y Claire.
Joana escuchó en silencio, su rostro pasando del asombro a la indignación.
—¡Ese sujeto está completamente loco! —exclamó al final—. ¿Quién se cree que es para tratarte así?
—No podía creer lo que oía. Y Claire... —hizo una pausa—, Claire estaba ahí, y parecía estar instigándolo.
—¿Claire? Claro, tenía que ser ella —afirmó Joana con el ceño fruncido. Su tono era de oscura certeza. —¿Y por qué no le dijiste lo del bebé?
—¿Para qué? Si le decía que estaba embarazada, lo primero que habría hecho habría sido dudar de su paternidad.
Joana la observó en silencio.
—¿Y ahora qué vas a hacer?
Amélie respiró hondo.
—Averiguar por qué Claire inventó una mentira así.
—Tú vas a perdonarme, pero eso es más que obvio —Joana se cruzó de brazos.
—¿Qué quieres decir?
—Nena, esa mujer lleva años acechando a tu marido. Lo quiere, Amélie. Y no como amigo. Ese nivel de manipulación y maldad no nace de la amistad; nace de la obsesión y el deseo de reemplazarte.
Amélie parpadeó, incrédula.
—No, Joy, no digas eso. Ellos son amigos desde niños. Se conocen de toda la vida.
—Precisamente por eso —replicó su amiga, alzando una ceja—. ¿Toda la vida esperando? ¡Ahora que te quitó del camino, el campo está libre!
Las palabras de Joana le calaron hondo. Recordó las veces que Claire había estado en su casa hasta tarde, las bromas... La verdad, fea y obvia, comenzó a abrirse paso. Era un triángulo, y ella había sido la que sobraba.
Mientras tanto, en la que alguna vez fue su casa, Walter despertaba entre los restos de una noche de alcohol y culpa. La suite principal olía a arrepentimiento, whisky barato y perfume dulzón de mujer. Se llevó la mano a la cabeza.
Giró un poco sobre la cama. Entonces lo sintió: un cuerpo cálido junto al suyo, y un brazo sobre su torso. Se atrevió a abrir los ojos... y el mundo se derrumbó.
La mujer que dormía abrazada a su pecho no era su esposa. Era Claire, su amiga.
El impacto lo golpeó como un puñetazo en el estómago. Se apartó de un salto, tambaleándose.
—¿Qué carajos he hecho? —susurró, con la voz quebrada.
Los recuerdos llegaban a retazos: las botellas vacías, el llanto por la "traición" de Amélie, la voz de Claire consolándolo, su mano en su mejilla, su cuerpo acercándose demasiado... Se miró las manos, temblando. No solo había corrido de la casa a la mujer que amaba, sino que también había traicionado su propio juramento, la última pizca de decencia que le quedaba.
Claire comenzó a moverse.
—Buenos días —murmuró, con una sonrisa somnolienta.
Walter la observó con repulsión y vergüenza.
—¿Buenos días?… —respondió secamente, alejándose de la cama, sujetándose con fuerza la cabeza palpitante.
—No te pongas así —dijo ella, incorporándose. Su sonrisa era demasiado triunfal para una amiga consoladora.—. Anoche los dos estábamos de acuerdo con esto.
—¡Estábamos de acuerdo! —repitió él, con amargura—. Fue un error, Claire. Un sucio y patético error. Tú lo sabes.
La mujer lo miró con los ojos brillantes, fingiendo tristeza.
—Yo solo quise estar contigo, Walter, darte consuelo. No mereces sufrir por alguien que no te valoró.
Él giró hacia ella, furioso.
—¡No hables de Amélie! Tú no tienes derecho a hablar de ella. ¡Ella nunca me haría esto! —gritó, señalando la cama.
Claire sonrió. La chispa de triunfo ya no se asomaba: era una llamarada cruel.
—¿Cómo puedes dudar así? Yo misma te mostré las pruebas de su traición —dijo suavemente, clavándole la mirada—. A veces, las personas no son lo que parecen, Walter. Tú fuiste quien confió en unas fotos. Yo fui solo el mensajero. Acéptalo.
Él la observó con desconfianza. Algo en su tono le resultó inquietante. Sin responder, se vistió apresuradamente y salió de la habitación, dejándola sola. Necesitaba espacio para odiarse a sí mismo.
Cuando se fue, Claire se recostó de nuevo, con una sonrisa satisfecha. Respiró hondo el olor de su perfume y el de Walter, una mezcla de triunfo y deseo. La casa de Amélie ahora era suya.
—Pronto serás mío del todo —susurró al aire.
Por su parte, Amélie pasó el resto del día reorganizando sus pensamientos. Decidió llamar a su médico para programar una cita.
Por la tarde, acompañada de Joana, fue a su primera revisión. El pequeño corazón latía con la furia de una máquina perfecta, una promesa de vida. Por un instante, todo el dolor se disolvió. Ese latido era su ancla, su motivo para seguir.
—Vas a estar bien —le aseguró el médico—. Pero necesitas descansar y evitar emociones fuertes.
Amélie asintió. Al salir de la clínica, la tarde caía, y el cielo se teñía de naranja.
—¿Y si me voy un tiempo? —le dijo a Joana—. Un retiro. Necesito alejarme de la ciudad, de las noticias, de la toxicidad, y pensar en un plan.
—Me parece lo mejor —respondió su amiga, dándole un abrazo—. Vamos a reorganizar el estudio para que parezca que estás en una sesión muy, muy larga. Nadie sabrá dónde estás. Yo me encargo de que los clientes sigan activos.
Amélie le sonrió con gratitud.
Esa noche, al regresar al estudio, se detuvo frente a una fotografía que había tomado tiempo atrás: ella y Walter en la playa, riendo, cubiertos de arena. La imagen parecía de otra vida.
—No sé si alguna vez podrás creerme, Walter. Pero algún día te vas a dar cuenta de que el dinero no compra la lealtad ni el amor. Y yo ya no necesito tu dinero ni tu apellido.
Apagó las luces y se quedó mirando por la ventana. La ciudad seguía su curso. En su interior, algo había cambiado. Ya no era la joven dependiente que había abandonado sus estudios. Ahora era madre, una empresaria que se había quedado con lo mínimo, y por su hijo, estaba dispuesta a renacer de entre las ruinas y construir su propia fortuna, lejos de su nombre.
Su nuevo camino comenzaba al amanecer.