Capítulo 1 — La chica que huye
La luz del día se estaba apagando cuando mis pasos comenzaron a hundirse en el polvo húmedo del camino. No sé cuánto tiempo llevaba caminando, pero mis piernas ya no me obedecían; avanzaban por inercia, como si supieran a dónde ir aunque yo no tuviera la menor idea.
El cielo se cerró de golpe.
Primero fue un viento frío, luego una gota, después otra… y en cuestión de segundos la lluvia cayó con una furia que no me dio tiempo ni de pensar en correr. El agua me empapó desde el cabello hasta los calcetines, pegándome la ropa al cuerpo como si quisiera recordarme que estaba viva, aunque yo misma no estuviera tan segura.
Mientras caminaba, temblando, me pregunté qué hacía allí.
¿Por qué estaba sola en un camino que ni siquiera conocía?
¿En qué momento decidí que alejarme era mejor que quedarme?
¿Y de qué, exactamente, estaba huyendo?
El polvo se convirtió en lodo. Mis zapatos chapoteaban con cada paso, y el frío comenzó a doler. Sentía mis dedos entumecidos, mi respiración pesada, mi mente llena de preguntas que no tenían respuesta.
Fue entonces cuando la vi:
una luz pequeña, temblorosa, como si también estuviera cansada.
Me acerqué con la esperanza de que no fuera una ilusión.
Bajo un faro viejo, inclinado hacia un lado, había una banca de madera húmeda. Encima, un techo improvisado de lámina sostenido por cuatro troncos torcidos. No era un refugio, pero era lo más cercano a uno que había visto en horas.
Me detuve frente a él, empapada, exhausta, con el corazón golpeando más por incertidumbre que por esfuerzo.
Y mientras la lluvia seguía cayendo con fuerza sobre el techo metálico, me hice la pregunta que llevaba evitando desde hacía demasiado tiempo:
¿Qué voy a hacer con mi vida ahora?
La pregunta quedó suspendida en el aire, tan pesada como la humedad que me envolvía. Cerré los ojos un instante, solo para descansar el peso de mis párpados, que ardían por el cansancio. Sentí cómo las gotas seguían cayendo, resbalando por mi frente, por mis mejillas, por mis manos temblorosas. El techo de lámina sobre mí no alcanzaba a cubrirme por completo; algunas gotas se filtraban por los bordes y me golpeaban la piel con un ritmo irregular, como si la lluvia quisiera mantenerme despierta a la fuerza.
El sonido era hipnótico.
Tac, tac, tac…
Un golpeteo constante, metálico, que se mezclaba con mi respiración entrecortada.
Me dejé caer lentamente sobre la banca húmeda, sin importar que la madera estuviera fría y áspera. Mis músculos protestaron, pero ya no tenía fuerzas para seguir de pie. Sentía el cuerpo pesado, como si cada parte de mí estuviera hecha de lodo.
Por un momento pensé que podría dormirme allí mismo, bajo la lluvia, sin importar nada más. Mi mente se nublaba, mis pensamientos se deshacían como papel mojado. Estaba a punto de rendirme al sueño cuando un ruido distinto cortó el murmullo de la tormenta.
Un motor.
Lejano al principio, pero acercándose.
Abrí los ojos de golpe, sobresaltada. El sonido creció, rebotando entre los árboles y el camino vacío. No era un auto nuevo; el motor tenía un traqueteo viejo, cansado, como si también estuviera luchando contra la lluvia.
El vehículo dobló por un callejón que yo no había notado antes, justo a la derecha del faro. Las llantas patinaron un poco en el lodo antes de lograr subir la pequeña pendiente. La luz de los faros iluminó el camino estrecho, y gracias a ese destello pude ver algo que la oscuridad me había ocultado: una casa.
Una casa humilde, hecha de láminas, con paredes irregulares y un pequeño porche improvisado. La lluvia golpeaba el techo metálico con más fuerza que sobre el mío, creando un estruendo que casi parecía un rugido.
El auto se detuvo frente a la entrada.
Las luces siguieron encendidas, bañando la casa en un brillo amarillento y tembloroso.
Y yo, empapada, temblando, sin saber si esconderme o pedir ayuda, solo pude quedarme allí… mirando.
Sin saber que esa casa cambiaría mi destino.