El sol apenas comenzaba a asomarse por las cortinas de la suite cuando Miranda se despertó. Había dormido mal, si es que había dormido en absoluto. Los ecos de la conversación que había escuchado la noche anterior seguían resonando en su mente. Seven, su esposo, el hombre al que había amado toda su vida, la había rechazado antes incluso de darle una oportunidad.
Cuando salió de la habitación, lo encontró sentado en el comedor, ya vestido con un traje gris impecable. Parecía tan frío y distante como la noche anterior. Sobre la mesa, un desayuno completo estaba servido, pero él apenas tocaba su café.
—Buenos días —saludó ella con una voz suave, casi temiendo su reacción.
Seven levantó la vista de su celular, asintiendo brevemente.
—Buenos días.
El silencio que siguió fue incómodo. Miranda se sentó frente a él, tomando una taza de té para tener algo con qué ocupar sus manos temblorosas.
—He estado pensando en... nuestra luna de miel —comenzó ella, tratando de sonar optimista—. Podríamos ir a Italia, siempre quise conocer Florencia...
Seven la interrumpió antes de que pudiera continuar.
—No habrá luna de miel.
El tono seco de su voz la dejó sin palabras. Ella parpadeó, intentando procesar lo que acababa de escuchar.
—¿Qué...? ¿Por qué no? —preguntó finalmente, su voz temblando.
—Porque no hay necesidad de fingir más de lo que ya estamos fingiendo —respondió él, dejando su taza sobre la mesa con un golpe suave pero firme—. Este matrimonio es un acuerdo, Miranda, no un romance de cuentos de hadas.
El nudo en su garganta se hizo más grande, pero se obligó a mantener la compostura.
—Entiendo —murmuró, aunque en realidad no lo entendía. No podía entender cómo alguien podía ser tan frío, tan cruel.
Seven se levantó de la mesa, ajustándose el reloj.
—Tengo reuniones todo el día. No me esperes despierta.
Miranda asintió, mirando cómo él se iba sin siquiera despedirse. Una vez que la puerta se cerró, dejó escapar un sollozo que había estado conteniendo desde la noche anterior.
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Los días que siguieron estuvieron marcados por la indiferencia de Seven. Salía temprano y regresaba tarde, apenas dirigiéndole la palabra. Miranda se refugiaba en los libros y en la decoración de su nuevo hogar, al que se había mudado con Seven, intentando llenar el vacío con algo, cualquier cosa. Pero por las noches, la soledad se hacía insoportable.
Una noche, Seven regresó a casa más tarde de lo habitual. Miranda estaba en la sala, leyendo, cuando escuchó el sonido de la puerta. Se levantó, esperanzada de que tal vez esta vez él estuviera de mejor humor. Pero cuando se acercó, lo encontró tambaleándose ligeramente, su corbata deshecha y el olor inconfundible de perfume femenino impregnando su ropa.
—¿Estás borracho? —preguntó Miranda, incrédula.
Seven la miró con los ojos entrecerrados, una sonrisa irónica en los labios.
—¿Qué importa si lo estoy?
—Hueles a... a ella —susurró Miranda, sintiendo cómo su corazón se rompía de nuevo.
Seven dejó escapar una risa amarga, caminando hacia el sofá y dejándose caer.
—¿A Selena? Claro que sí. Pasé la noche con ella.
Miranda sintió que le faltaba el aire. Había sospechado que algo pasaba entre ellos, pero escucharlo decirlo tan descaradamente era demasiado.
—Esto... esto es una falta de respeto, Seven.
—¿Respeto? —repitió él, soltando otra risa cínica—. No estamos en este matrimonio por respeto, Miranda.
Ella apretó los puños, tratando de contener las lágrimas.
—Me casé contigo porque te amo —dijo con voz firme—. Porque creí que, con el tiempo, podrías llegar a sentir algo por mí.
Seven se levantó del sofá, acercándose a ella con una expresión seria.
—Escucha bien, Miranda —dijo, su tono gélido—. Yo no te amo. Nunca lo he hecho y nunca lo haré. Y para que quede claro: este matrimonio no se consumará.
Las palabras cayeron sobre ella como un balde de agua fría. Miranda bajó la mirada, sus hombros hundiéndose bajo el peso de su rechazo.
—Entendido —murmuró después de un largo silencio—. Si esos son tus términos, los aceptaré.
Seven pareció sorprendido por su respuesta, pero no dijo nada. Simplemente se dio la vuelta y se dirigió a su habitación, dejándola sola una vez más.
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Esa noche, Miranda lloró hasta quedarse dormida, otra vez. Pero cuando despertó, algo dentro de ella había cambiado. Si Seven no quería amarla, entonces ella se aseguraría de demostrarle que su amor era real. Que valía la pena.
Comenzó con pequeños gestos: preparar sus comidas favoritas, interesarse por su trabajo, decorar su oficina en casa con buen gusto. También se enfocó en ella misma, retomando su afición por la pintura, saliendo a caminar por la ciudad y dedicando tiempo a causas benéficas.
Aunque Seven seguía distante, Miranda no se dio por vencida. Sabía que conquistar su corazón no sería fácil, pero estaba decidida a intentarlo con cada fibra de su ser. Su amor por él era profundo, paciente y resiliente, capaz de soportar incluso la frialdad con la que él la trataba. Miranda entendía que el camino sería largo, y aunque las heridas emocionales seguían abiertas, se propuso demostrarle que su amor no era una obligación, sino una elección.
Empezó con pequeños detalles que pasaban casi desapercibidos para Seven, pero que para ella significaban un esfuerzo enorme. Cada mañana, le preparaba un café exactamente como le gustaba, con la esperanza de que algún día él lo notara. A pesar de las largas jornadas de trabajo de Seven, Miranda se aseguraba de que su ropa estuviera impecable y su hogar cálido, creando un refugio al que él pudiera regresar, aunque su corazón aún estuviera cerrado para ella.
Además, decidió trabajar en sí misma, retomando su pasión por la pintura y dedicando tiempo a actividades que le devolvieran algo de alegría. Participó en eventos benéficos organizados por las esposas de otros empresarios, no solo para mantenerse ocupada, sino también para mostrarle a Seven que era una compañera digna, alguien que podía complementar su mundo.
A pesar de las miradas frías y los comentarios cortantes de Seven, Miranda no permitió que su amor se debilitara. Cada noche, se repetía que las cosas podían cambiar, que con tiempo y paciencia lograría derribar las barreras que él había construido alrededor de su corazón. Sabía que su lucha sería silenciosa y solitaria, pero estaba dispuesta a soportar el dolor del rechazo una y otra vez, porque para ella, Seven lo valía. La esperanza era su mayor fuerza, incluso en los días más oscuros.