El aire fresco del verano se filtraba por las ventanas abiertas del coche mientras Seven y Miranda se dirigían a los Hamptons. La costa, con su mar azul y las casas lujosas que se alzaban sobre las colinas, parecía una postal sacada de un sueño. Sin embargo, dentro del coche, la atmósfera seguía siendo tensa. Seven conducía con su mirada fija en el camino, su rostro impasible. Miranda, por otro lado, observaba el paisaje pasar, preguntándose si alguna vez lograría derribar las paredes invisibles que él había levantado entre ambos.
A pesar de su relación matrimonial, no sentía que estuvieran más cerca el uno del otro que en el inicio de todo. Seven seguía distante, como si su presencia fuera una formalidad que tenía que cumplir. No se conocían realmente, y en ese vacío, las palabras quedaban atrapadas, sin encontrar espacio para salir. Sin embargo, Miranda había comenzado a ver que había algo más en él, algo oculto, y estaba dispuesta a encontrarlo a como diera lugar.
Cuando finalmente llegaron a la casa de la familia Jameson en los Hamptons, Miranda quedó impresionada por la elegancia de la mansión, aunque la había visitado de pequeña, realmente no la recordaba. Era un lugar grande, amplio y lleno de historia, con vistas espectaculares al mar. No se parecía a ninguna de las casas que recordaba. Todo en ella, desde la decoración hasta el ambiente, parecía estar diseñado para impresionar.
Seven la condujo por los pasillos con rapidez, mostrándole el lugar como si fuera un espacio habitual, aunque no pudiera evitar sentir la pesadez del entorno. La mansión, tan llena de lujo, también emanaba una frialdad que Miranda no podía ignorar. A pesar de lo hermoso que era el lugar, no podía escapar de la sensación de estar fuera de lugar, pero sabía que esa sensación de 'no encajar' provenía del vínculo (o la falta de este) que tenía con él.
Sin embargo esa tarde, Seven la sorprendió al sugerir un picnic en el jardín. Aunque Miranda no entendió del todo la invitación, aceptó sin protestar. Los jardines de la casa eran magníficos, con campos de flores multicolores que se extendían hasta el horizonte. Un ambiente perfecto para un respiro lejos de la vida diaria, pensó Miranda.
— ¿Qué vamos a hacer, exactamente? —preguntó ella, mirando el picnic que Seven había preparado con precisión. Todo estaba perfectamente dispuesto sobre una manta: frutas frescas, una selección de quesos, pan recién horneado y una botella de vino blanco.
Seven la miró, por primera vez en días, con una ligera sonrisa, aunque su expresión seguía siendo seria.
— Solo descansar. Relajarnos un poco, qué se yo...—la respuesta fue breve, casi como si estuviera hablando más consigo mismo que con ella.
Miranda se sentó junto a él, un poco incómoda al principio. La atmósfera tranquila y apacible parecía hacer resaltar aún más las tensiones que existían entre ellos. No se conocían lo suficiente como para disfrutar de un momento de calma juntos, y Miranda sentía esa distancia más que nunca.
Comenzaron a comer en silencio, cada uno inmerso en sus propios pensamientos, pero era evidente que la calma del paisaje estaba comenzando a suavizar las barreras que se habían construido entre ambos. Miranda, aunque aún reservada, sintió que este podía ser el momento adecuado para abrir su corazón.
— Sabes… —comenzó, su voz suave, casi como si las palabras le costaran salir. Se aclaró la garganta antes de seguir—. He estado pensando mucho en… en mi pasado, en cómo llegué hasta aquí...
Seven la observó por un momento, sus ojos manteniendo la misma expresión impasible, pero algo en su mirada, algo sutil, le indicó a Miranda que estaba dispuesto a escuchar.
— ¿A qué te refieres? —preguntó él, casi como si fuera una obligación preguntar, pero aún así, le dedicó su atención.
Miranda sintió una leve punzada en su pecho. Se había estado preparando para hablar sobre su enfermedad, pero hacerlo siempre resultaba difícil. Recordar aquellos años, esa lucha por sobrevivir, traía consigo sentimientos de vulnerabilidad que preferiría no mostrar. Sin embargo, algo en el aire tranquilo del jardín la alentó a seguir adelante. Después de todo, ella ya no era la misma persona que había sido antes.
— Cuando tenía doce años… —empezó, mirando al suelo antes de alzar la vista hacia Seven—. Me diagnosticaron leucemia. Fue un golpe muy fuerte, como si mi vida hubiera dado un giro repentino. Estaba en mi último año de colegio y de repente… todo cambió...Fue justo antes de entrar a la preparatoria —dijo y su voz tembló.
Seven permaneció en silencio, escuchándola con atención, pero sin hacer ningún comentario. Su rostro era impasible, lo que hacía que el corazón de Miranda latiera más rápido. Quería que él la entendiera, que viera más allá de la mujer que le impusieron para casarse, no para que le tuviera pena sino para que entendiera más sus razones, su resiliencia.
— Fue un proceso largo y doloroso. Pasé por quimioterapia, me recuperé un tiempo y luego tuve un par de recaídas… no sabía si iba a salir de eso. Había días en los que ni siquiera podía salir de la cama. No quería preocupar por demás a mi familia, así que trataba de estar tranquila y en silencio. Mi vida se convirtió en un ciclo de hospitales, tratamientos, y miedo. Pero… logré superar todo eso. Luché. Y sobreviví...Y ahora estoy finalmente sana, y quiero disfrutar mi vida...
Miranda se detuvo, sintiendo cómo la emoción subía por su garganta. Aunque ya no sentía el dolor físico de aquellos días, el recuerdo seguía vivo en ella, como una sombra, como una herida cicatrizada que ocasionalmente ardía. No quería que Seven la viera como una víctima, pero al mismo tiempo, era una parte fundamental de su historia. De quién realmente era. De lo que la definía y a la vez hacía que aún se mantuviera firme pese a su rechazo. Le había costado demasiado llegar hasta allí y no pensaba rendirse tan fácilmente.
Seven la observó en silencio, su mirada fija en ella. Finalmente, después de un largo momento de tensión, se inclinó hacia adelante y tomó su copa de vino. Sin embargo, sus palabras no llegaron de inmediato. Pasaron unos segundos antes de que hablara.
— No sabía nada de eso… —dijo, su voz baja, casi como una confesión. Parecía que había algo en su tono que no era simplemente curioso, sino algo más profundo. Sin embargo, su expresión seguía siendo la misma: fría, distante, pero con una pequeña grieta que comenzó a asomarse.
Miranda no estaba segura de lo que él sentía en ese momento, pero la conversación había abierto una puerta que, aunque aún pequeña, podría llevar a algo más. Por un momento, hubo una frágil conexión entre ambos, como si finalmente, de alguna manera, él comenzara a ver algo más allá de la mujer que había sido simplemente una obligación para él.
— Gracias por escucharme —dijo Miranda, su voz suave, casi como un susurro en el aire.
Seven asintió, pero sus ojos no se apartaron de ella.
— Supongo que te ha cambiado... Digo, imagino que eso cambia a cualquiera—su tono era neutral, pero Miranda pudo ver que había algo más en sus palabras, algo que no había dicho completamente.
Miranda no sabía si esa noche cambiaría algo entre ellos, si finalmente Seven comenzaría a ver a la persona que ella era, pero por primera vez, se sintió un poco más cerca de él, y tuvo esperanza de convertirse finalmente en su mujer, en UNA MUJER.