Capítulo 5. Un lienzo en blanco

1031 Words
—¿Qué es todo esto? —preguntó Seven desde la puerta, su tono más curioso que molesto, aunque su expresión permanecía tensa, como si hubiera irrumpido en un lugar al que no pertenecía aunque había estado solo una vez antes. Miranda estaba de espaldas, completamente inmersa en su trabajo. Los primeros rayos del amanecer atravesaban los ventanales del estudio, iluminando la estancia con un brillo cálido y dorado. La habitación olía a pintura fresca, y un leve rastro de café recién preparado flotaba en el aire. Llevaba el cabello recogido en un moño descuidado, y algunos mechones sueltos caían sobre su rostro, rozando sus mejillas sonrojadas. —Es mi estudio y mi refugio, así que lo decoré—respondió Miranda suavemente, sin mirarlo, mientras añadía un trazo de verde intenso al lienzo que tenía frente a ella. El lugar era muy acogedor, un rincón que ella misma había transformado en un espacio íntimo y lleno de vida. Había estanterías repletas de pinceles, tubos de pintura y cuadernos de bocetos desgastados por el uso, colocados con cuidado junto a pequeñas macetas de plantas que sobrevivían contra todo pronóstico. En las paredes colgaban lienzos terminados, cada uno más colorido y lleno de emociones que el anterior. Seven dio un paso dentro, casi con cautela, como si temiera perturbar algo sagrado. Sus ojos recorrieron cada detalle, notando la mezcla de estilo y creatividad que impregnaba ahora la habitación. A pesar de sí mismo, no pudo evitar admirar la pasión y calidez que parecía brotar ahora de cada rincón. —Supongo que así es como haces que esta casa... sea menos fría —comentó con una mezcla de sarcasmo y curiosidad, señalando el espacio. Miranda se giró para mirarlo. Tenía manchas de pintura en las manos y en el borde de su camisa blanca. A pesar del caos que momentáneamente la rodeaba, había algo en ella que irradiaba serenidad. —Eso intento —respondió con una pequeña sonrisa, encogiéndose de hombros—. Sé que no te gusta mi presencia aquí, pero al menos quiero que este lugar tenga algo de calidez. —Calidez —repitió él, con un dejo de incredulidad en la voz—. ¿Crees que unas cuantas pinturas y plantas van a cambiar en algo nuestra situación? Miranda no respondió de inmediato. En lugar de eso, volvió a centrarse en el lienzo, mezclando tonos de azul y gris en su paleta con movimientos precisos. —No puedo cambiar cómo te sientes, Seven —dijo finalmente, su voz apenas un susurro—. Pero puedo intentar cambiar el ambiente, aunque sea un poco. Él bufó, cruzándose de brazos mientras se acercaba lentamente al caballete. —¿Y este cuadro? —preguntó, señalando el lienzo que ella pintaba—. ¿Qué representa? —Es un lugar que no existe —explicó Miranda, sin apartar la vista de su trabajo—. Es mi manera de imaginar cómo sería la paz. Seven frunció el ceño, observando el cuadro más de cerca. En el lienzo, un bosque irreal cobraba vida, con árboles altos y majestuosas copas cuyas hojas brillaban en tonos dorados y plateados. En el horizonte, un cielo imposible fusionaba el azul del día con el púrpura del anochecer, creando una atmósfera que parecía sacada de un sueño. —Es extraño —admitió él, sin darse cuenta de que sus palabras sonaban más como un halago que como una crítica—. Pero... tiene algo. Miranda levantó la mirada, sorprendida. Era la primera vez que Seven mostraba algo parecido a interés por su arte. —Gracias —dijo con una pequeña sonrisa, volviendo a su paleta para añadir más detalles al cuadro—. Pintar siempre ha sido mi manera de escapar, incluso cuando era niña. —¿Escapar de qué? —preguntó él, sus palabras cargadas de curiosidad genuina. Ella suspiró, dejando el pincel a un lado. —De la soledad —admitió, girándose para enfrentarlo. Sus ojos, de un azul cristalino, lo miraban con una honestidad que lo incomodó—. Siempre fui invisible para todos, excepto para mi padre. Y ahora... bueno, no quiero seguir siendo invisible, supongo. Seven desvió la mirada hacia el cuadro, incapaz de sostener su mirada. Había algo en sus palabras que lo golpeó más fuerte de lo que esperaba. Por un momento, el silencio llenó la habitación, pesado pero no hostil. —No eres invisible —murmuró finalmente, sin saber exactamente por qué lo decía. Miranda sonrió, aunque había una tristeza evidente en sus ojos. —Lo soy para ti, Seven. Pero está bien. No espero que cambies de la noche a la mañana. Solo quiero que sepas que estoy aquí, no para incomodarte, sino para ser parte de tu vida... si alguna vez me dejas, claro. Él sintió un nudo en el estómago ante sus palabras. No quería sentir nada por ella, y sin embargo, había algo en su determinación, en la calma con la que aceptaba su rechazo, día a día sin rendirse, que en el fondo lo desarmaba. —Deberías descansar —dijo, intentando recuperar su tono habitual de frialdad—. Es tarde. —Lo haré en un momento —respondió Miranda, volviendo a tomar el pincel. Seven no dijo nada más. Su mirada permaneció fija en el cuadro, aunque su mente estaba nublada por pensamientos contradictorios. Había algo en esa imagen, en la forma en que Miranda expresaba sus sentimientos a través del arte, que lo tocaba más de lo que había anticipado. Que lo conmovía profundamente y eso que no era un amante del arte excepto que se tratara de una buena inversión. Así que aunque no podía comprenderlo todo, había algo que comenzaba a abrirse dentro de él, algo que ni siquiera él sabía que existía y tenía que ver con ella y con su arte, su tan peculiar forma de expresarse. Él se quedó allí unos segundos más, observándola en silencio antes de girarse y salir del estudio. Mientras caminaba por los pasillos vacíos de la enorme casa, no pudo evitar pensar en lo diferente que era Miranda a lo que había imaginado. Y, por primera vez, se preguntó si quizás había sido demasiado duro.
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