3.

1331 Words
—Se te dará la bienvenida al grupo. Vuelva a posición inicial —informa uno de los hombres con la postura rígida a rabiar y las prendas de n***o. ¿Cómo explicaba la pelinegra que mide uno punto setenta metros, pero que no le intimidaban esos hombres de dos? ¿Que las prendas en n***o no le hacían superior y menos la mirada porque ella también llevaba de eso? Camina delante, bajando de la torre central. De nuevo al polvo, de nuevo a los terrenos intrigantes de la Bratva. Anya caminaba sin miedo, pero precavida de no dar un mar paso. El aire soplaba fuerte, revolucionando su pelo atrapado en una coleta. Las manos danzaban a los lados, en una forma que parecía ser ella la dueña de ese sitio, aunque estaba claro que no lo había tocado nunca. Podía distinguir a lo lejos un grupo generoso de hombres alrededor de uno. Todos se regían por el código de cargarse del tono n***o. Era ilógico, retorcido, pero parecía casa, parecía el sitio donde ella encaja. A pesar de vivir con unos padres que dieron la vida por ella, su personalidad, su frialdad, su actitud, sus gustos la hacían sentir que ese sitio no era suyo. Cada vez se acerca más, identificando los rostros cargados de cicatrices de los hombres que la esperaban. —De rodillas, así recibe el nuevo al jefe —dictamina uno de los Volki Sibiri con la voz gruesa—. Su identidad no es revelada hasta que él lo considere. Queda prohibido mirar su rostro hasta que el ordene lo contrario. Anya lo observa, desafiando a Viktor, la mano derecha de Kai, como si fuese una compañera de clases, de la que nunca tuvo pero que ahora mismo le daba la misma importancia. No sé arrodilla y Viktor saca una “Strizh” —Las órdenes de los superiores se cumplen —declara antes de mover la navaja por su mano como si fuese una actuación de algún circo, como si no tuviese algo peligroso en manos. Así mismo lo ve la pelinegra, la que no se inmuta, llamando la atención de los otros hombres. No sabía de dónde venía, pero sí que su sangre corría de alguien que jamás supo lo que era la cobardía. Viktor mueve la mano con la navaja y Anya da dos pasos hacia atrás. Viktor es el más letal y preparado de los Volki Sibiri, luego de Kai. Si estaba fallando con la pelinegra no era porque no estuviese lo suficientemente entrenado para ello, sino porque pensaba que Anya era una competidora fácil y él no había aplicado demasiada presión. Además, el jefe no ha dado la orden de poder dañarla. Comienza una batalla donde Anya y el segundo de los Volki Sibiri se disponen en acatar lo que quiera el otro. Viktor da el primer golpe, haciendo una cortada en el brazo de Anya. La chaqueta de cuero posibilita que la herida no sea profunda, pero el que haya rasgado el material permite determinar el hilo de sangre que comienza a salir. Anya lo mira con furia y en un intento de que Viktor volviese a cortarla, empuja su pie con todas sus fuerzas hasta proporcionarle una patada en las pelotas. Viktor no se queja porque está domado para soportar dolor, sin embargo, por un instante pierde el poder y Anya le da un golpe a su mano con la navaja. Él no la suelta, se la encaja en la pierna. La pelinegra no se queja, a pesar de que el dolor le toma el sitio. Todos la atienden esperando que se incline, pero no lo hace. Por el contrario, saca la punta de la navaja de su muslo y se irgue. Limpia la sangre de la navaja pasándole el dedo y se la devuelve a Viktor. Los hombres de los Volki Sibiri la miran con atención. Un grupo de hombres sanguinarios que no tenían compasión con nada, parecían asombrarse con el atrevimiento de esa mujer. Hombres que distinguen el miedo, que se nutren de ello; hoy estaban expectantes a la actitud de Anya. Y no, no era que se dejaban envolver por un palo con una falda puesta. Para ser de la Elite de Kai había que tener mucho y un trasero bonito no podía ser una debilidad. Viktor la determina entendiendo que la prueba ha terminado y que, aunque a los demás hombres les quedara alguna duda de que su sexo podía ser un impedimento para pertenecer a este grupo, en su mayoría de hombres, el puesto era suyo porque lo había ganado. —De rodillas y no lo mires —demanda Viktor, pero ya se escucha además como un consejo. Anya no se pone de rodillas. Su pierna soltaba mucha sangre así que se quita la chaqueta para amarrarla en su muslo. La blusa ajustada que llevaba debajo resaltaba sus tetas y ella odiaba mostrarse como no se muestra nunca, pero no tenía más opción. Estaba perdiendo sangre. Su brazo también soltaba un hilo de esta, pero no sé quitaría la blusa y romper un trozo del elástico era complicado. Sin pensarlo más, toma la goma con la que recoge su cabello, dejándolo a libre andar y se coloca la goma en su brazo. Una sombra se cierne sobre ella y es tanta la curiosidad que se gira de pronto para detallar bien porque parecía como si una nube de oscuridad se hubiese instalado sobre ella. No entiende por qué, pero da un paso hacia atrás, alejándose de él cuando se encuentra con los uno punto noventa que cargan, podría decirse, noventa y cinco kilogramos de músculo magro. No es miedo, sino una corriente en el cuerpo que le dice que debe separarse. Intenta mantener la mirada, sin embargo, lucha porque tiene ganas de bajar la guardia ante esos ojos gris acero, tan fríos y penetrantes, capaces de intimidar a cualquiera. Pestañea una vez y sigue en su misión de no bajar la mirada. Lo logra y hasta el mismísimo Kai atiende el que no se haya orinado cuando hombres de gran complexión lo han hecho. —Márchense —ordena Kai a los demás sin mirarlos. Sigue en un reto de miradas con la pelinegra. Los hombres no contradicen la demanda del líder. Poco a poco se quedan solos los dos, encendiendo por primera vez de verdad un sitio, con una mirada. ¿Cómo sería un lugar que presencie algo más que esto? Kai saca un cigarrillo y lo prende. Le da una calada en esa posición despreocupada que indica que nada le importa. Los ojos grises del líder de los Volki Sibiri se funden con el verdoso de la hacker. —Nombre —ordena Kai. —Anya Volkov —contesta ella, pero manteniendo su posición recta. —Con el que operas —aclara él. —Agente Zero —responde y él sigue mirándola como si con esa mirada lograra asesinarla. —¿Has atacado un sistema? —indaga el ruso. —Sí —se limita a responder todo lo que le pregunta de manera escueta. Cómo el ruso, ella tampoco habla mucho. —¿Cómo se te da frenarlos? —otra pregunta. —Como atacar —contesta con seguridad y el hombre de pelo n***o revuelto la atiende. —Eso espero porque quién te haya entrenado se revolcará en su sitio cuando le envié tu cabeza si fallas —expone Kai. —¿Cuál es mi próxima tarea? —cuestiona Anya. —Que aprendas a ponerte de rodillas cuando tú amo se sitúe delante —responde Kai antes de lanzar el cigarrillo que Anya toma en su mano, quemándose. El atiende su acto y no se inmuta. Ella mientras abre su mano dejando caer el pitillo apagado. Kai gira sobre sus talones y se dispone a andar mientras la pelinegra observa su espalda sintiendo como sus pies quieren fallar, pero nuevamente demuestra que ella no es como nadie y que solo se arrodillará si lo desea.
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