Anya cierra la cremallera de su chaqueta negra de cuero, se ajusta las botas negras y toma su mochila del mismo color, ese que domina cada atuendo. Su larga cabellera negra la recoge en una coleta, sin gota de meticulosidad en que quedase perfectamente liza. El volumen de su cuerpo resalta por la ropa de cuero, pero, todo hombre que la observa se pregunta cómo se viera en vestido o sin nada. Mostrando su piel, que deducen que es blanca, pero ¿qué otros detalles puede tener?
Desdicha para la mayoría que nadie es lo suficientemente bueno para llamar la atención de Anya y lograr hacer que su ropa caiga sin contención al suelo.
Vozmezdie la despide como si fuese su mejor guerrera porque lo tienen más nítido que el significado de su nombre: ella es la mejor. «Una mujer con pelotas», una frase para nada sutil, pero a la hora de hablar de ella, lo requería.
En una hora los Brigadiri de la Bratva recibían a las mejores hackers, especialistas en la tarea que requieren. Anya iba por sus propios medios hasta el parque donde esperaría la camioneta que se adentraba en zonas que nadie accedía.
No tenía miedo, a pesar de que estaba segura donde la conducían. Había escuchado de ellos, específicamente de él. Nadie sabe decir otra cosa que no sea la ganas que dan de arrodillarse si lo observan. La pelinegra siempre rodeaba los ojos ante tan imbécil comentario. No creía en el poder que puede transmitir alguien con solo su presencia, pero nadie era capaz de explicárselo porque ella lo conocería por su cuenta.
Suelta la bici en el parque y se acerca a la camioneta negra. Uno de los Brigadiri la revisa, tocando sin cuidado mientras ella le dedica una mirada poco amistosa.
Era arisca. Jamás se había dejado tocar por nadie y eso la hacía poner un muro cuando alguien, aunque fue por encima de la ropa de cuerpo, la rozase.
Se sube en la camioneta mientras dos hombres de n***o, estatura relevante y exagerada, se ubicaban a su lado. El auto se pone en marcha, haciéndola respirar un poco más de prisa.
«Su tarea comenzaba ahora»
Dicen que todos llegan a este mundo con una misión, ella vino a hacer caer a Kai Sokolov y su organización. Eso piensa. Pero ¿alguien le explicó que hay muchas formas de hacer caer al líder de los Volki Sibiri, pero debe tener cuidado porque una de esas formas implica también su propia caída?
A varios kilómetros le coloca un pañuelo en su nariz. No respirar no era una forma, así que no tiene otra opción que rendirse al sueño.
Al despertarse ya estaba en territorio de la Bratva. Yacía en el suelo como si fuese un saco de patatas, mientras el polvo empañaba su chaqueta negra.
Se levanta del suelo mirando como se concentraban en el mismo sitio hombres y mujeres, que como ella, analizaban el lugar.
—En la línea —gritan desde lejos y todos se quedan perdidos buscando la voz.
Anya entiende que esto no es un juego, que aquí el aire huele a peligro, que las pieles se arrancaron la sensibilidad al dolor, que el miedo no se conocía.
Ubica la línea y da zancadas con firmeza hasta colocarse en ella. Líder, ella parecía tener carácter de una líder y los hombres con cargo en la Bratva parecen notarlo. Los demás hackers le siguen, colocándose a su izquierda todos.
—En la central que ven a lo lejos están los equipos necesarios para que se infiltre en el sistema que le piden y transfieran una generosa suma a nuestra cuenta. El primero en lograrlo será el ganador.
Anya sabía que eso no podía ser una prueba. Era demasiado facil para venir sin la compañía de algo más.
—Pero... hay un giro. Contarán con la presencia de pulsos electromagnéticos que interferirán con los equipos y conexiones. Los sistemas fallarán. Su velocidad será afectada. Deberán ser creativos, rápidos y resistentes. El sistema se reiniciará cada diez minutos.
Era evidente. Eso era una verdadera prueba que representaba a la Bratva. Sin embargo, un integrante de este grupo de alto nivel criminal requería más. Anya seguía esperando más. Quizás, ella también había perdido al nacer la sensibilidad al miedo, la opción de rendirse. Lo fácil le aburría.
—Hay una gran cantidad de obstáculos para llegar allá —sigue el hombre ladrando a lo lejos—. Pueden morir en el intento. Que gane el mejor.
Un disparo alerta a todos los cuerpos que no son más que cebos de la Bratva, que carne para triturar.
A simple vista parecía ser un camino sin obstáculos, sin embargo, una especie de pasadizo se abre paso ante ellos y deben bajar de manera obligatoria según un letrero ruso que colocan. Muchos de ellos lo ignoran y siguen por el terreno llano y son los primeros en recibir un disparo.
Con lo primero que se encuentran es con un laberinto oscuro y catastrófico lleno de obstáculos físicos: pasillos estrechos que obligan a gatear, rejillas electrificadas que requieren agilidad, trampas ocultas que activan chorros de agua helada y gases lacrimógenos. A Anya, su complexión le permite tener ventaja por los pasajes más estrechos, pero debe auxiliarse de su ingenio para anticipar y evitar las trampas.
Un puente que no puede pasarse de un brinco se suspende sobre un foso oscuro y profundo. El puente tiembla con cada paso y crearon un sistema que propicia vientos artificiales para dificultar el equilibrio.
No tiene miedo, pero debe mantener la calma y concentrarse, así es que logra avanzar con determinación.
El próximo obstáculo físico es una habitación llena de sacos de boxeo que se balancean sin cesar. Anya se abre paso a través de la sala, esquivando los golpes, usando su agilidad y velocidad para evitar ser derribada.
El último paso: el regreso a la cima. Una pared de escala vertical, alta e imponente se abre paso ante ella.
Anya se vale de su fuerza y resistencia para ascender, encontrando agarres seguros y superando el dolor de sus músculos. Detrás de Anya, lo logra Boris. El hombre intenta seguirla, pero su torpeza y falta de técnica frenan la escalada. Finalmente, llega a la cima y mira hacia atrás observando cómo Boris lucha por seguirle el ritmo.
Se dirige con prisa a la llegada de la torre central demostrando que es más que una simple hacker: es una guerrera digital con la fuerza, la resistencia y la determinación para triunfar en el mundo criminal.
Anya sube a la torre por la soga que han dejado colgando. Hay escaleras y elevadores, pero si había una soga colgando es porque ellos, ahora, debían subir por ahí. Escala sin detenerse, a pesar que se siente algo cansada. La soga quema su mano, pero no son motivos suficientes para rendirse. Ella ha llegado con un propósito: descubrir los planes de Kai Sokolov, el gestor de la Bratva.
Boris también lo logra, así combaten otra de las pruebas y por lo que pisaron tierra criminal.
Boris, confiado en su fuerza bruta intenta un ataque directo, pero el pulso electromagnético lo golpea y su sistema se bloquea. Suelta una maldición y lo reinicia.
Anya, observa la situación con calma. Analiza los patrones de los pulsos electromagnéticos y las vulnerabilidades del sistema. Se da cuenta que un ataque frontal será inútil. Requiere de algo más sutil.
Boris sigue luchando con su sistema y Anya comienza escribir códigos a una velocidad envidiable. Ignora la mirada burlona de su contrincante y se mantiene concentrada en su objetivo.
En lugar de atacar directamente el sistema bancario, la pelinegra crea un programa que se camuflajea como un proceso interno del banco. Este programa, un “caballo de Troya” digital, se infiltra silenciosamente en el sistema y espera el momento oportuno.
Cuando el sistema bancario se reinicia, el caballo de Troya de Anya entra en acción. Aprovechando una breve ventana de vulnerabilidad, desactiva las defensas del sistema y transfiere el dinero a la cuenta de la Bratva.
La pantalla gigante muestra la confirmación de la transferencia y Anya cruza sus brazos mirando con seriedad la pantalla donde dos boyeviki manifiestan en voz alta a una ganadora.