18.

1248 Words
Se alojan en un hotel. Los hombres de Kai mueven las maletas que ellos no preparon. Kai le entrega a Anya una tarjeta y le indica el número de habitación como si fuese una chica común dentro de este sitio, como si no se la hubiese follado antes. La pelinegra busca sin esperarlo su sitio y procura llegar por sus medios. Piensa que se ha equivocado cuando ve que es una habitación en el último piso y más grande que una de las oficinas de Vozmezdie. La habitación no es la representación de la palabra normal, a menos no para ella, aunque haya visto este tipo de cosas antes. La cama para cuatro personas incluso de la complexión de Kai, los aros a los bordes, los muebles de diseño raro... Todo se correspondía a las prácticas que le gustaban a Kai. ¿Por qué demonios me ha tocado una habitación así?, cuestiona mientras inspecciona. Tocan la puerta y ella se pone en alerta. Se mueve hasta ella, abriéndola y dándose cuenta que no hay rastros del ruso, sino uno de sus hombres. ¡El ruso no toca puertas, no pide permiso, no espera!, se recuerda mentalmente la hacker. —El jefe la espera abajo —le informan y ella no tiene nada más que hacer, pero decide demorarse a posta. Al bajar se encuentra con el ruso hablando a diestra y siniestra con una exuberante chica, justo frente de recepción. La chica palpa muchas veces sus músculos, aunque él ni siquiera ríe. Anya se acomoda en uno de los sofás de recepción a espera por las gilipolleces del ruso. Su visión le ocupa en otra cosa como observar el pase constante de las personas. Un hombre con la maleta, el traje y el porte de empresario la ubica atendiendo el interior del hotel. No luce nada mal y parece interesado en la primera vista que recibe. Se acerca sin demoras a Anya porque si hablan de atrevimientos, él carga mucho. —Si te digo bonita, ¿Te suena muy repetitivo? —pregunta ocupando sitio frente. —No —contesta ella con seguridad y es que no es nada común que se lo digan. A pesar de ser preciosa, su forma de vestir que parece que está de luto y la ropa que parece caja para taparla tampoco ayuda. —Si te digo que a primera vista me encantas, ¿Te suena a mentira? —otra pregunta de él. —No —sigue ella. —Si te digo qué quiero más tiempo contigo a solas, ¿Suena muy atrevido? —indaga él. —Sin dudas —responde ella. —Si te digo que quiero llevarte conmigo ¿Es peligroso? —Sí —contesta ella. El hombre sonríe moviendo su corbata hasta sacarla, guardándose la prenda en su bolsillo. Anya lo observa con atención, creando un juego de miradas que no grita «discreción», por ninguna parte. — ¿Qué haces en territorio parisino, belleza? —indaga él y Anya mira alrededor. —¿En serio? ¿Estamos en París?—pregunta ella y él asiente con una sonrisa. — ¿Te gustaría un tour? Puedo ofrecértelo. De hecho puedo estar disponible para ti los días que permanezcas en la ciudad —sugiere él y Anya ríe. —¿Ofreces compañía a todas las chicas que ves bonitas? —cuestiona la pelinegra mientras un cosquilleo se instala en su estómago y baja, de manera extraña e intensa hasta sitios que deberían estar en calma... —Solo si la belleza viene acompañada de algo más —agrega él. —Se puede saber que adjunto a mi belleza, querido extraño —indago. —Tienes un aura que impone, pequeña. Es toda una incógnita lo que podrías dar a quien tiene el placer. Debo confesar que mi cabeza se ha llenado de intriga de saber que más hay, que puedo descubrir, que no conoce nadie, que ofreces solo a uno... El hombre hace silencio mirando al imponente ruso que se sitúa delante de ambos, pero atiende solo a Anya. —Tenemos trabajo —comenta el ruso como si nada. Anya asiente como si no le afectara y atiende al empresario quien la observa también a ella sin prestar atención al casi dos metros que se ubica al lado. —¿Pretendes saciar la curiosidad o planeas quedarte con la duda? —cuestiona atrevido el empresario. —No planeo quedarme con dudas —deja claro ella. —A la seis afuera —dictamina el empresario. Se levanta y besa su mejilla. Ella asiente mientras el ruso tiene sus manos en los bolsillos. Con ese toque despreocupado que parece ser el rey ante los demás y no tener que esforzarse. —La curiosidad mata al gato, volchitsa. ¿No se lo has contado? —cuestiona el ruso antes de echarse a andar hasta la salida. Anya ni se inmuta por Kai. Lo acompaña a donde sea que quiere trabajar, pero, no le hace el mínimo caso. Llegan a una mediana empresa de producción. Anya no tiene ni ideas, pero identifica muchas tecnologías avanzadas. Presta mucha atención a lo que ofrecen, a sus productos, su cartelera, sus logros. La empresa está bien posicionada. Es una lastima que no quiera atenderlo a él, ahora mismo estuviese hablando para convencerlo de que le muestre la estancia de producción. Un hombre trajeado de los que se ve mucho en las típicas películas, sale a su encuentro y le extiende la mano. Cuando va a saludarla a ella, toma su mano como lo harían personas normales... —No se toca —ruge para los tres, Kai y Anya lo mira desconcertada. Él mantiene su vista en el hombre y el tío deja sus manos atrás. —Mostramos tecnologías de punta y dominamos una buena parte del mercado. La producción se realiza en un subterráneo del tamaño de la empresa en sí. Ya estamos preparando la gran producción de este año, si gusta señor, le mostramos lo planificado... Kai asiente y el hombre señala el elevador hasta el penúltimo piso. Kai siempre va detrás de Anya y Anya no va de primera. A pesar de ser invitados, no van delante por culpa del ruso. A Anya se le cambia rotundamente la postura cuando entra en el área de producción. Se mueve sin importarle que es la primera vez que pisa este sitio. Revisa planos, detalla archivos, analiza en 3D y agrega notas en una libreta disponible. Ella se sentía como si fuese parte de su hogar. La chica desde muy pequeña a desarollado predilección por esto, aunque solo se concentraba en las actividades como hacker. —Anya —la llama el ruso y ella termina de anotar cosas antes de acercarse, aún estaba molesta y no entendía por qué—. Tienes un mes para empezarme a dar beneficios económicos —informa—. No me gusta perder el tiempo en cosas que no me sirvan o me generen perdidas. —Me estás queriendo decir que... —Tienes un nuevo trabajo —la interrumpe—. Firma el contrato y hazlo ahora que no tengo todo el día. —Yo tampoco. Tengo reunión a las seis —comenta ella firmando sin leer las hojas, ganándose su mirada seria. Kai firma también detrás de ella cierra el sobre y se lo extiende. La pelinegra toma la cartulina sin saber por qué ella debe quedarse con un contrato de trabajo. Abre nuevamente el sobre y encuentra la respuesta: es la propietaria de este sitio.
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