Llega el post-orgasmo y el hombre que le prestaba atención a la mujer que tenía en manos pasa a un segundo, tercer y hasta cuarto plano. No queda nada de él.
Anya lo ve levantarse e irse, ordenándole como si fuese uno de sus hombres «diez minutos para estar listos», e intenta mantener la posición de mujer que no le afecta nada, sin embargo, en el fondo no le gustaba su actitud. Aunque no esperaba amor y corazones rojos, sin dudas, algo más de sutileza le vendría bien.
¡Qué diablos pienso, joder! ¡Esa palabra no pega ni con cola al lado del líder Sokolov!
Se levanta del suelo y emprende camino hasta el interior de la casa. Una ducha que no controla si son cuatro minutos o cuatro horas, tampoco le importa una mierda. Se siente algo cabreada por la situación de antes y aunque se mentalice que ella lo esperaba así, eso no quita que le moleste y que incluso se perciba en su rostro.
Busca en el armario algo que llevar. Sigue odiando esas prendas coloridas y lamentando no tener otra opción. Toma un vestido bastante corto, bombillo, de tirantes que arman un lazo pequeño y fino sobre los hombros. Se coloca unas medias pantis negras que al estirarla sobre sus piernas se puede hacer algo transparentes y unas bragas en rojo, antes de vestirse con lo que ha elegido. El tono rojo del vestido resalta su piel blanca y el diseño hace más llamativo sus curvas.
Nunca demora tiempo en maquillarse, pero hoy, decide extremarse. Aplica rimel en sus pestañas estirándolas y brillo que resalta aún más sus labios después de dejar un tono en rojo.
Se sube sobre unos tacones que le harán la vida imposible, pero que aún así, los elige y toma un abrigo blanco llamativo y exagerado.
Se mira en el espejo viendo la imagen que proyecta, que la Anya de antes no conoce, sin embargo, tal vez está Anya tenía propósitos claros: no sentirse delante del líder ruso como si solo él tuviese el poder dejar al otro en un completo lío interno.
Sube las escaleras y abre la puerta, cruzando el umbral para dirigirse a la estancia principal. No hay rastros de los guardias, pero a varios pasos escucha maldiciones en ruso en rugidos.
Kai se mueve impaciente con las manos en los bolsillos, ordenando que suban por ella. La paciencia no era su fuerte, aunque procurara tenerla en su dominio para trabajos.
Prende un cigarrillo, cubriendo con la mano el cigarro que aguanta entre sus labios. Guarda la fosforera en su bolsillo y atiende el repicotear de unos tacones. Observa como la pelinegra se acerca a él con el verdoso de sus ojos detallándole sin miedos.
Su aparición da para mucho. En un segundo la detalla entera y le dan ganas de subirla arriba y azotarla por tener el descaro de demorarse y tomarse además el atrevimiento de algo tan corto.
Observa a sus hombres y estos le atienden bajando la cabeza. Nadie puede detallarla y él lo ha advertido antes. Se gira sobre sus talones y emprende marcha hasta la salida con sus hombres dejándola atrás.
Anya sigue en su posición de parecer inquebrantable, pero solo ha percibido su mirada un segundo. En el fondo le molesta haber recibido tan poca atención. Sin saber qué él la ha determinado en un puto segundo. Procura mantenerse firme, abordando el mismo vehículo, a su lado, de camino al aeropuerto.
La pelinegra tiene un carácter complicado, similar al suyo. No le rinde pleitesía. No le sopla las pelotas. Parece inquebrantable en su asiento, con su pierna cruzada mirando por la ventanilla como si no tuviese preocupación o problema alguno.
Al llegar al aeropuerto varios hombres se bajan de los autos y procuran hacer un camino por donde el ruso hace pasar a Anya antes que él para abordar el avión. Nadie le mira el trasero, nadie que no se nombre Kai Sokolov.
Al subir al avión Kai toman asiento uno frente a otro mientras ella sigue procurando que la actitud de él le importa un demonio.
—Buenas tardes, señor Sokolov —saluda la azafata—. ¿Desea ingerir algo ahora?
—Te lo diré —demanda el ruso levantándose de su asiento y marchándose con ella.
Anya mira hacia cualquier sitio. No muestra cuanto le molesta tal acto, solo intenta pasar de él. Es evidente su actitud, ella lo sabe, aunque eso no implica que le incomode, a pesar de que no entiende como su cuerpo está aclamando más a ese hombre.
El tiempo que tarda el ruso parece un eternidad. Finalmente regresa, encontrándola con los ojos cerrados y una postura despreocupada como si estuviese durmiendo.
Aprovecha la oportunidad para mirarla, detalladamente. Posa su mano en su v***a intentando acomodarla y calmarla, pero esta no responde.
La azafata viene y Kai quita la mano de su v***a, mostrándose tranquilo sobre su asiento. Coloca varios platos en la pequeña mesa y Anya abre los ojos. No tiene hambre, pero si no come, le daría a él más pruebas de que está molesta por algo y no, no quiere dejar que además del protagonista, sea el testigo de su molestia.
Empieza a comer importándole poco que él no lo haga.
Seguro se alimentó delante muy bien con un coño, piensa y deja caer un recipiente en el suelo producto de la incomodidad que provoca su propia respuesta.
La azafata regresa y empieza a limpiar el reguero. Anya no se inmuta y sigue comiendo. La pelinegra también se transforma en otra cuando está molesta.
Se bebe lo que hay y almuerza más de lo que le tocaba. Él no la observa directamente, pero la analiza de reojo. Se mantiene el camino teclado algo en su móvil.
En el fondo ella también lo sabía, que él no era un tipo cuidadoso, menos cariñoso. Que era solo embestidas brutales hasta lograr romperse y luego cada uno a sus andadas. Que seguiría follando, incluso a los minutos de haberla tomado. Que no implicaría nada diferente de lo que ya eran porque para él era solo otro coño más.
Y estaba bien, aunque le cabreaba, porque él no la tomó a la fuerza. Ella se entregó. Ahora solo le toca comportarse como la verdadera mujer que es, demostrando que su carácter no es un objeto decorativo, que está ahí por algo, ahora, y es: ser la mujer de carácter fuerte que le pone las cosas difíciles al mafioso ruso de mierda.