—Siéntate —dictamina él cuando llevaba casi una hora con Anya de rodillas.
Anya no percibe el dominio de su cuerpo. Es como si no fuese su dueña y que Kai es quien tiene el control. Por ello, es capaz de dirigirse hasta la silla y ocupar sitio, sin cubrirse.
Sokolov prende un cigarrillo y se sitúa en su gran silla. Despreocupado, como siempre, pero con el aura de poder dominando el ambiente.
—Ícono de la Zarina —nombra el líder y Anya lo observa—. Está en el monasterio. Ya que eres tan buena colándote o intentando en sitios que son peligrosos, te dictamino un trabajo que potencia tus habilidades.
«Presiento que sus palabras guardan algo. Cómo si supiese más de lo que yo puedo calcular, en el más difícil de los casos: como si mi mentira hubiese sido descubierta ―piensa».
Anya procesa su orden. No quiere hacerlo, no puede. Si participa en una de sus tareas se convierte en cómplice de sus actividades ilícitas. Sin embargo, entiende que no tiene otra opción.
—Te entregaré un informe cuando lo termine...
«Su cambio es demasiado brusco de momento y cada segundo de este encuentro me llena de confusiones. Sin embargo, tan difícil como su carácter soy yo y voy a seguir su ritmo»
—Tienes cinco minutos para hacerlo y otros cinco para prepararte —la interrumpe Kai—. El puesto aquí se gana y se mantiene. Mover los dedos sobre un teclado intentando meterse en un sistema no es suficiente para seguir con vida.
— ¿Qué quieres entonces? —indaga con pesadez Anya como si no le estuviese hablando al temible Kai Sokolov.
El ruso la observa con notable seriedad, asimilando su atrevimiento a la hora de dirigirse hacia él. Se levanta de su asiento y toma el nacimiento de su cabello en su nuca.
Anya se mantiene fuerte, a pesar de que le molesta.
—Me has quitado las ganas de ir lento —advierte contra el oído de ella—. Requieres de métodos especiales para que aprendas a obedecer.
El cuero del guante que cubre la mano de Kai se mueve sobre su labio inferior, magreándola. La pelinegra se distrae con tal acto y Kai le azota la mejilla haciendo que brinque. Y le sigue ganando las sensaciones extrañas con este acto que no le dolió, tampoco le molestó, sino que, contribuyó a qué otra vez se sintiese mareada ante la fascinación y repulsión.
—Hoy te encargarás tú de traer el objeto a casa y estarás sola —demanda Kai.
A las contiendas, ella no le teme. Sin embargo, no puede ignorar el hecho de que deberá cometer un delito para beneficiar a la organización que intenta desmantelar.
—Bien —contesta y no de la mejor forma, ganándose otro jalón de Kai mientras la mano disponible se enrosca en el cuello de ella.
Repulsión y fascinación, otra vez.
—A trabajar —dictamina el jefe y ella recoge su toalla y se marcha.
Va a su pequeña cárcel y revisa en el armario que aseguraron que tenía ropa de cambio. Revisa las prendas y maldice al ver vestidos de variedad de colores, al igual que la ropa interior diminuta. La ropa que se ha quitado no puede volverla utilizar porque está hecha un desastre.
No se queja en voz alta, sin embargo, no está conforme. Toma una de las bragas y cubre su desnudez con uno de esos vestidos cortos. No hay nada n***o y eso parece un jodido castigo para ella. Ni siquiera un gris que se le semeja. Odia la variedad de colores, así que toma el blanco.
Las botas negras. Sin dudas no emplearía uno de esos tacones. Aunque le obligasen, no sabe caminar con ellos.
Vuelve a las computadoras y por ese instante el mundo a su alrededor deja de existir. Teclea, como siempre, demostrando su agilidad e investigando por el Ícono de la Zarina.
Descubre que es de un monasterio fuertemente custodiado. Este icono no es solo una pieza de arte religiosa, sino que también se rumorea que contiene un antiguo mapa que conduce a una legendaria mina de diamantes, supuestamente la fuente de la riqueza de los zares.
Busca más información en páginas recónditas. Por los trabajos que ha hecho sabe que las redacciones oficiales cuentan siempre lo bonito a los ojos, lo más referente a lo que está bien. Ella busca en las páginas que tratan de prohibir, las que te cuentan más allá de lo que los demás conocen.
En el monasterio se celebra cada mes una fiesta llamada “Konets”. Una actividad que solo disfruta el Zar y dónde reclutan veinte “monjas”. En la página oficial hablan de ella, pero, la nombran como una actividad para presentar a las mejores novicias a los fundadores del monasterio.
Palabrerías.
Después de la presentación, desaparecen el hábito y se disponen a cumplir las fantasías del Zar.
Anya sigue buscando información sobre esa fiesta y el cartel que confirma que es mañana. No encuentra ninguna pestaña que permita el acceso o revele la lista de candidatas. Así que se prepara para penetrar el sistema del monasterio.
Solo tiene una pequeña traba, pero al instante lo logra. Ahí encuentra más información de la fiesta, así como el acceso a la lista de las veinte candidatas. Es por esa lista por la que se rigen para permitir la entrada.
Esta es la parte más fácil para Anya, ya que toma una candidata al azar y la sustituye por ella. Para que no haya problemas en la entrada investiga a la persona que elimina y le notifica que no habrá evento.
No tiene detallado el plan, pero ya tiene un punto de acceso. Ahora solo debe trabajar en su misión y en ello se ocupa las próximas horas.
...
Pasa un cepillo por su cabello n***o y se coloca el tocado. Acomoda el Rosario . La diminuta braga le provoca algo de incomodidad. La chica no acostumbra a tales prendas, aunque no sabe que mientras esté en territorio de Kai Sokolov las utilizará. Para los tacones, mandó a pedir los más bajitos y aún así le cuesta caminar. De las bolsas que le han traído los servidores del líder, toma solo lápiz labial, resaltando aún más sus labios con un tono carne.
Sube las escaleras y toca la puerta de la que se supone que es su habitación, pero simula ser cárcel. Le abren al minuto y sale mirando con mala cara a los servidores. Ellos no se inmutan. Ni siquiera la observan cuando pasa. Sin ser escoltada y tan decidida como nadie se atreve por territorio del lobo, se dirige a la puerta que aisla el despacho de Kai.
Los dos hombres que permanecen delante se mueven al verla, tampoco la atienden, pero Anya no presta atención a ello; toca la puerta y cruza el umbral sin esperar orden del jefe.
Sigue poniéndolo a prueba.
— ¿El transporte para llegar también tengo que resolverlo por mi cuenta o tengo la posibilidad de acceder a uno de tus medios de transporte? —indaga.
—Por tu cuenta —demanda sin atenderla.
Ella gira sobre sus tacones y continúa el camino hasta ubicarse delante de los hombres que custodian.
—El jefe dictamina que deben contribuir en mi misión en beneficio de esta organización —informa—. Les daré la ubicación de camino.
Ellos se observan entre ellos, dudando de las palabras de Anya. Uno finalmente, decide tocar la puerta y enfrentar a su jefe.
—No tengo toda la noche —habla en voz alta Anya.
Pasan los segundos hasta que el fiel servidor sale en su búsqueda y señala el camino para que vaya delante.
Cinco cuadras antes Anya se baja y echa a andar sola por la oscuridad hasta dar con el frente del monasterio. Sin titubear y con las ideas claras, se sitúa delante de los guardias y presenta su identificación. Uno de ellos comprueba con la lista que le proporciona el sistema y asiente, moviéndose a un lado.
Sigue el pasillo central, encontrándose con un grupo de mujeres similares que ella. Se une al grupo dirigidos por una señora que simula ser madre superior, pero vamos que, si fuese tan santa como dice, no estuviese involucrada en esto.
Se abren dos puertas dobles e invitan a pasar. A pesar de parecer actividad espiritual, el ambiente simula el verdadero terror. No hay nada a simple vista más que velas prendidas que le dan luz a la habitación. Una canción religiosa hace eco en la gran estancia y todas miran curiosas a todos lados. Da la impresión que la mayoría no sabe que ocurre aquí. Tal vez, se hayan elegido al azar.
Ruegos, sombras que posibilitan el apagarse de algunas velas, cantos, promesas... Nada de esto era normal.
—Despojarse de las pertenencias —demandan a viva voz y la exclamación de asombro se escucha bien alto por parte de las demás mujeres.