9.

1667 Words
Se retira la ropa, quedándose en aquella diminuta braga y el tocado. No hay rastros del zar, no hay rastros de guardias, pero sabe que están ahí. A la hora de misiones, ella era muy perceptiva. Las demás mujeres demoran un poco más. Dos de ellas intentan correr hasta la salida, pero los guardias salen de pronto y acaban con su vida. —La salida es cuando acabe —informan con voz grave—. Continúen. Asegura el pequeño audífono que tiene en su oído, casi invisible a los ojos de los demás, siguiendo los rastros de los guardias. Siguen por un largo pasillo, repartiendo por habitaciones una mujer. El que Anya sea la quinta le permite tiempo para inspeccionar la habitación. No puede decir que le asusta lo que observa porque es al estilo de Kai Sokolov. La única diferencia es que el ruso no adecua a sus prácticas elementos religiosos. Anya está dispuesta a actuar rápido, así que siguiendo su estrategia, espera los cinco minutos que faltan para que las cámaras capturen lo que perciben ahora y se mantengan reproduciendo esos ángulos. Si tuviese alguien que apoyase la tarea, le fuese más fácil, pero al tener que enfrentarlo sola, ha tenido que dejar las acciones programadas desde su computadora. No tiene reloj, así que debe contar el tiempo en su mente. Este plan requiere de gran dominio de la hora porque todo está programado. Sin embargo, el tenerlo todo detallado no significa que todo salga a la perfección. Un hombre canoso, pero imponente ante los ojos de quién lo observa entra a la habitación. Su cuerpo robusto es cubierto por una bata negra. Aún no pasaban los cinco minutos para Anya, en los que las cámaras proyectaran la imagen guardada. El tiempo no se detenía y Anya estaba al tanto de ello. Si se demora en actuar, las cosas se le complicarían y estaba sola. Aunque esta última palabra no le suponía miedo: desde pequeña había tenido que huir sola; Vozmezdie la hizo entrar y trabajar en la organización de Kai Sokolov sola y ahora el ruso procuraba que robara el ícono sola. Aquí debe improvisar. No permite que ningún hombre la toque, excepto Kai; que hace lo que se le antoje, cuando disponga y ella no entiende a día de hoy por qué lo permite, quiere pensar que no le queda otra opción. Da pasos lentos hasta el zar y le proporciona una bofetada que le voltea el rostro. El hombre está dispuesto a actuar. ―Arrodíllate ―ordena sin cuidados Anya―. El control no lo lleva quién le corresponde, sino quién lo gana. Lo he ganado hoy. Anya suspira bajito como una forma de determinar en escasos segundos su próximo acto. Está en un escenario que no domina, pero, es más guerrera que cobarde. Así, se acerca a él y le ofrece sus pechos. Tiene mucho en juego, por tanto, debe actuar pronto. ―De rodillas ―demanda Anya mostrando los pechos que ofrece. El zahar por años ha llevado esta práctica y siempre ha jugado un solo papel: el de dominante. Tampoco ninguna mujer, por más atrevida que fuese, había intentado lo que Anya ahora. Tiene un carácter tan fuerte que sus imposiciones implican atención. Tal vez, eso le ha transmitido al zahar al hablarle porque el hombre, que debe rondar los sesenta años, se arrodilla frente a la hacker. Anya se inclina hacia adelante ofreciendo sus pechos, los que el adulto devora con necesidad exagerada. «Faltan aún diez minutos para que la alarma se dispare e implique una distracción que le permita subir al piso superior» Esto está fuera del plan y debe improvisar. Si él toma las riendas por aburrimiento será peligroso para ella. No ha tenido nunca sexo con nadie y tampoco diera la oportunidad a un tipo que ni siquiera le provoca. Le da otra bofetada y le ofrece más de sus pechos. ―Tienes las dos en tu poder. Atiende la otra ―dictamina la pelinegra. En este acto aún ella no conoce el placer, pero ha descubierto algo y es que: las personas guardan dentro las más inimaginables fantasías. El zahar, un hombre con poder estaba dejándose al dominio de alguien. ―Bien ―declara Anya para motivarlo―. Te daré una recompensa por tan buen trabajo. Él se vuelve ansioso por el beneficio y ella por dentro sonríe al lograr su cometido. Sin embargo, no cuenta con que todos sus actos estén siendo observados por alguien más. Y puede tener serios problemas. Agarra la cabeza de él y lo acerca con lentitud a su coño. Él busca la forma de retirar la braga. ―Manos atrás ―ruge ella y le agrega otra bofetada, calentándolo más a él. Otra cosa descubre: hasta la persona más poderosa o de carácter fuerte puede rendirse en privado a la merced de otro. ¿Por qué? Aún no lo sabía. Inclina un poco su pelvis permitiendo que el zar pegue sus labios en el coño de ella, aún cubierto por la braga. El zar se entretiene lamiendo el sitio, procurando tocar con la punta de la lengua la piel descubierta. La alarma por incendio se activa y Anya es invadida por el alivio de saber que se acabará este momento, pero el zar no se inmuta. ―Alarma ―informa Anya. ―Que lo arreglen. No te distraigas ―demanda él. Trabajar sola es parte de su día a día, sin embargo, el tener que dejarlo todo programado trajo consigo esto: que las cosas no se ejecuten de acuerdo a su plan. Y esta reacción, conduce a una sola solución: improvisar. ―Si te quedas en esta habitación es porque cumplirás todas las demandas de tu jefa. Anya no conocía del concepto dominatrix, pero ahora mismo ella era la que dominaba. El zar no se mueve de sitio y ella se apresura en buscar la manera de seguir. ― ¿Quieres otro premio? ―indaga Anya en el oído de él y este asiente buscando más del coño de ella. ―Debes caminar detrás de mí como lo que eres ahora, un sumiso ―dictamina―. En el próximo piso te doy un premio mejor… ―El piso superior… ―No nos pongas el juego difícil. Mañana vuelves a tu trabajo. La noche de hoy es para disfrutar ―lo interrumpe y corre un milímetro la braga para ofrecerle tacto con su lengua, impidiendo que se niegue a seguir con el juego. ―Como perro por tu recompensa ―demanda sin titubear la hacker tomando el camino hacia la puerta. Abre la puerta y cruza el umbral nerviosa porque su idea no funcione. Mira hacia atrás con algo de duda, pero su estado mejora cuando lo ve con las rodillas y las palmas de las manos sobre el suelo desplazándose hacia adelante. «Veinte minutos más antes que se emita otra alarma y las cámaras promuevan imágenes falsas de intromisión en la entrada del edificio y la bóveda se abra automáticamente» Anya camina con el zar siguiendo sus pasos en cuatro patas. Ningún guardia se interpone; es día de juegos. ―Voy a subir las escaleras en cuatro patas ―susurra en su oído―. Si eres lo suficientemente bueno podrás lamerlo. ―Le da otra bofetada activándolo. Habían más guardias, pero el zar les hace una seña y ellos procuran alejarse. Anya se coloca en cuatro patas mientras sube las escaleras. Él no piensa en nada más que no sea apresurarse en comerle el coño. La pelinegra se apura en subir y el zar también. Deja uno de sus tacones detrás y el hombre perdido por tomar su recompensa, no se da cuenta y termina resbalando, cayendo escalera abajo. Anya no se preocupa en atenderlo. Se pone de pie y se apresura en subir hasta la planta superior. «Cinco minutos aún para que se desbloquee» Anya camina de un sitio a otro impaciente. El tiempo no se adelanta cuando se está desesperado. Cinco, cuatro, tres, dos… ―Señor ―gritan y ella se pone en alerta. Las puertas de la bóveda se abren y ella se apresura en entrar. El ícono se muestra sobre una superficie de concreto. No hay absolutamente nada que pueda tomar para subir y alcanzarlo. No tiene tiempo, escucha ruidos fuera, tiene que marcharse. Así que se dispone a escalar el concreto por sus propios medios. El no tener ropa puesta contribuye a que se lastime su blanca piel. Le molesta, pero no se detiene. Se resbala, y su cuerpo se desliza por la superficie, arañándola, dejando su piel con numerosas marcas rojas. Logra tener el control y se suspende antes de poner los pies en el suelo nuevamente. Sube con más rapidez, ignorando las molestias hasta alcanzar la superficie cuadrada donde descansa bajo un cuadrado de cristal. Se suspende de una mano e intenta golpear el cristal, pero no se rompe. Eleva su pie como puede, tomando con su mano disponible el tacón e incrustándolo contra el cristal. Falla en la primera, vuelve a intentarlo dos veces más y a la tercera se llena de grietas el cristal. Aprovecha la oportunidad para chocar el zapato una vez más, rompiendo el vidrio en varios pedazos. Toma el ícono con una mano procurando que no caiga, pero debe esforzarse el doble. Se le resbala un poco y ella se lanza al suelo y cierra los ojos ante el impacto, pero aún en el dolor, respira con alivio al sentir el ícono dorado en sus manos. Recuerda la situación que se encuentra. La bóveda cierra en cinco minutos. Se apresura en tomar la salida, terminando su misión. Cinco hombres encapuchados se sitúan delante de ella. Busca la forma de escapar, pero el del medio se adelanta y la toma del nacimiento de su cabello en su nuca. Le quita el ícono y se lo entrega a otro. Coloca un paño en su nariz y aunque Anya lucha, cae en un sueño profundo.
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