Kleo cerró la puerta de su apartamento con un golpe seco, el peso de la conversación con James aún oprimiéndole el pecho. Las palabras de su esposo la habían destrozado. Su confesión de que firmar el divorcio pondría en riesgo la empresa familiar, su incapacidad para enfrentarse al padre de Brittany. Había salido de su trabajo con lágrimas quemándole los ojos, pero también con una furia que no podía sofocar. No había podido concentrarse, su mente atrapada en un torbellino de dolor, rabia y una chispa inexplicable de lealtad hacia James. Se miró en el espejo del baño, los ojos enrojecidos pero encendidos con determinación. —No voy a dejar que me usen —murmuró. Pero el mundo parecía decidido a no darle tregua. *** A la mañana siguiente, mientras clasificaba lienzos en la galería, s

