MATTHEW La oficina del señor White huele a cuero viejo y a libros antiguos. Estanterías repletas, una lampara encendida sobre el escritorio y las cortinas medio cerradas que dejan pasar la luz justa para que todo se sienta como si el tiempo se hubiera detenido. Me siento frente a él y Leah se queda de pie, cerca de la puerta, con los brazos cruzados. Su mirada no me juzga, pero tampoco me consuela. Aaron se sienta frente a mí. Su porte es imponente, incluso en su silencio. Apoya los codos sobre el escritorio, entrelaza las manos y me observa con esos ojos que Emma heredó. —Adelante, Matthew —dice, sin más. —Supongo que vienes a hablarme de Emma. Asiento. Trago saliva. La garganta me arde como si las palabras que estoy a punto de decir fueran brasas. —Sí, señor. Pero... no solo eso.

