¿Alguna vez has estado en un lugar tan ruidoso que te dejaba con dolor de cabeza? El ruido era tan palpable que te erizaba la piel, como si de repente te hubieras convertido en una brizna de hierba, doblándose bajo el poder de las ondas sonoras. Esa fue mi repentina constante mientras nos introducían en el museo y posábamos en docenas de salas diferentes para exhibir nuestra ropa, convirtiéndonos en parte del arte del museo. Se suponía que los museos eran espacios tranquilos. Permitían que los pensamientos profundos se expandieran por tu mente hasta hacerse fuertes, dando voz a partes de tu alma que de otro modo permanecerían en silencio. El arte despertaba esas partes de ti que siempre se veían obligadas a permanecer en silencio, para que de repente hablaran, afloraran a la superficie y

