Aroma bajo la piel

1478 Words
Se lavó el rostro con agua fría, tratando de borrar el cansancio y el dolor. La sangre diluida descendió por el lavabo, tiñendo el agua de un color rosado. Volvió a la habitación, sintiéndose aún más débil y desorientado. Dejó la fotografía de Aveline sobre la mesa de noche. No la guardó en el cajón, no la escondió de su vista. No esta vez. Se acostó en la cama, sintiendo el dolor punzante en el brazo. El dolor pulsaba bajo el vendaje, recordándole su vulnerabilidad, su fragilidad. Pero no era el dolor físico lo que lo mantenía despierto. Era la frase escrita en el sobre, la advertencia silenciosa que resonaba en su mente como un eco persistente. “Deja de perseguir recuerdos.” Cerró los ojos, sintiendo que las lágrimas amenazaban con brotar. Pero se contuvo, negándose a ceder ante la emoción. Y por primera vez desde que había comenzado la búsqueda, desde que había dedicado cada segundo de su vida a encontrar a Aveline, a vengar su pasado y a reclamar lo que era suyo… La duda no fue si ella estaba en peligro. Fue si alguna vez había necesitado ser rescatada. Si había sido él quien, ciegamente, había tejido su propia jaula de recuerdos y expectativas. Adrian dormía, pero el sueño era una tortura. La pesadilla lo arrastraba por callejones oscuros, llenos de sombras acechantes y rostros borrosos. El eco de disparos resonaba en sus oídos, y el olor a sangre inundaba sus fosas nasales. De repente, la pesadilla se desvaneció, reemplazada por una sensación extraña y familiar. Algo había cambiado en la habitación. Un aroma dulce e intenso invadió sus sentidos, despertándolo por completo. Era el olor a flores, frutas y bosque que había amado desde la infancia, pero ahora era más embriagador, más sensual, como un elixir prohibido que lo atraía irresistiblemente. Una voz suave y seductora susurró en su oído, haciéndole temblar la piel. —Mi pequeño... ¿me recuerdas? Adrian abrió los ojos con dificultad, luchando contra la pesadez que lo oprimía. La habitación estaba sumida en una penumbra misteriosa, apenas iluminada por la luz de la luna que se filtraba entre las cortinas. Su cuerpo dolía, cada músculo tenso y adolorido. El hombro herido pulsaba con un dolor sordo y constante. La confusión lo invadió. ¿Dónde estaba? ¿Qué estaba pasando? ¿Era todo un sueño? Con un esfuerzo supremo, estiró la mano bajo la almohada, aferrándose al frío acero del arma. La seguridad que le brindaba el contacto con el metal le dio la fuerza necesaria para enfocar la vista y escanear la habitación. Entonces la vio. Una mariposa azul, cuyas alas resplandecían con un brillo iridiscente, danzaba en el aire, trazando círculos hipnóticos a su alrededor. Era como una joya viviente, una criatura de ensueño que parecía sacada de un cuento de hadas. Y luego, ella surgió de las sombras. La reconoció al instante, a pesar de que era diferente. Más alta, más delgada, más... mujer. Era Aveline, pero no la niña que había protegido y amado. Era la mujer de la fotografía, la mujer que lo había obsesionado durante años, la mujer que lo había llevado al borde de la locura. Su belleza era deslumbrante, casi irreal. Sus ojos brillaban con una intensidad cautivadora, y sus labios curvados insinuaban una promesa de placer y peligro. Adrian sintió que su corazón latía con una fuerza descomunal, amenazando con romperle las costillas. La respiración se le entrecortó en la garganta, y un sudor frío le perlaba la frente. —¿Aveline...? —susurró, con la voz ronca y temblorosa. La palabra salió de sus labios como una plegaria, una súplica desesperada para que fuera real. Ella sonrió, una sonrisa enigmática que lo desarmó por completo. Se acercó a la cama con una elegancia felina, moviéndose con una gracia que lo hipnotizó. Se sentó a su lado, en el borde del colchón, y lo miró con una intensidad que le atravesó el alma. Era como si pudiera ver a través de él, como si conociera todos sus secretos, todos sus deseos, todos sus miedos. Adrian levantó la mano, impulsado por un deseo irrefrenable de tocarla, de asegurarse de que no era una fantasía. Tenía miedo de que, si extendía el brazo, ella se desvaneciera en el aire, dejándolo de nuevo solo en la oscuridad. Aveline tomó su mano en la suya, entrelazando sus dedos con una suavidad que lo estremeció. Luego, llevó su mano hasta su mejilla y la presionó contra su piel. Su rostro era suave y cálido, y su piel emanaba un aroma irresistible. Adrian cerró los ojos y se abandonó a la sensación, permitiendo que la oleada de emociones lo inundara por completo. Aveline frotó su rostro contra la palma de Adrian, cerrando los ojos con deleite. Era un gesto íntimo y tierno, que evocaba recuerdos de su infancia, de los momentos en que ella lo protegía y lo amaba incondicionalmente. Luego, separó su rostro de su mano y le besó la palma con una delicadeza exquisita. El contacto de sus labios con su piel lo electrizó, enviando una corriente de placer por todo su cuerpo. Aveline levantó la vista y lo miró con una intensidad que lo dejó sin aliento. Sus ojos brillaban con una luz misteriosa, transmitiendo una mezcla de deseo, anhelo y... ¿peligro? Un jadeo tembloroso escapó de los labios de Adrian. Su mente estaba en blanco, su cuerpo en llamas. No sabía qué estaba pasando, no sabía qué quería Aveline, pero estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por ella. En ese momento, el mundo exterior dejó de existir. Solo estaban ellos dos, atrapados en un torbellino de emociones intensas y contradictorias. Al sentir la calidez de su piel bajo sus dedos, la cordura de Adrian se resquebrajó. Años de anhelo reprimido, de obsesión latente, estallaron en un torrente incontrolable. Ya no era el hombre controlado y calculador. Era un depredador, guiado por un instinto primario e ineludible. Con un gruñido gutural que resonó en la habitación como una promesa de posesión, la jaló hacia él con una fuerza brutal, invirtiendo las posiciones en un movimiento brusco y posesivo. La sintió jadear bajo su peso, aprisionada contra el colchón, su cuerpo frágil a merced de su voluntad. El esfuerzo le arrancó un quejido ahogado, un dolor punzante que le recorrió el hombro al sentir la herida al abrirse. La sangre caliente empapó la tela del vendaje, manchando la pureza de las sábanas blancas, pero no le importó. La sangre era una ofrenda, un símbolo de su sacrificio, de su devoción enfermiza por ella. La miró con una intensidad salvaje, con los ojos oscurecidos por el deseo y la posesión. La estudió como si fuera un tesoro perdido, un objeto de adoración que había recuperado tras años de búsqueda desesperada. —Realmente eres tú… —susurró, su voz ronca y temblorosa, cargada de incredulidad y anhelo—. Mi Aveline… Pero… ¿cómo estás aquí? ¿Cómo es posible? Aveline yacía bajo él, en silencio, con una sonrisa enigmática danzando en sus labios. Sus ojos, oscuros y profundos como pozos sin fondo, brillaban con una luz que Adrian no podía descifrar. ¿Aprobación? ¿Diversión? ¿O algo mucho más siniestro? Él la bombardeó con preguntas, exigiendo respuestas que saciaran su sed de conocimiento. "¿Dónde has estado? ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué no me llamaste? ¿Por qué me abandonaste?" Cada palabra era un reproche, una acusación silenciosa por el dolor que le había infligido. Pero ella no respondió. No ofreció explicaciones ni disculpas. En cambio, levantó las manos con una lentitud seductora, enmarcando su rostro con una caricia delicada que contrastaba con la brutalidad de su agarre. Sus dedos rozaron su piel, transmitiendo una corriente eléctrica que lo electrificó hasta la médula. —Cállate, Adrian —susurró, su voz suave como una caricia, pero con un deje de mando que lo hizo estremecer—. No necesitas respuestas. Solo necesitas sentir. Y luego, lo atrajo hacia ella, uniendo sus labios en un beso suave, pero cargado de una electricidad palpable. Un beso que prometía placer, pero también dolor. Un beso que sellaba un pacto oscuro e irrevocable. Adrian respondió al instante, con una necesidad desesperada que lo consumía por dentro. Sus manos recorrieron su cuerpo con una posesividad voraz, explorando cada curva, cada rincón, como si quisiera memorizarla para siempre. La besó con avidez, saboreando su sabor, inhalando su aroma, sintiendo la suavidad de su piel bajo sus dedos. —Te amo, Aveline —murmuró entre besos, su voz cargada de una desesperación que lo avergonzaba—. Dios mío, te amo tanto. He estado perdido sin ti. He soñado contigo cada noche, cada día… He estado esperando este momento desde que eras solo un niño, anhelando el día en que te convertirías en una mujer para mí.
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