Soltó un suspiro tembloroso, separando sus labios de los de ella. Apoyó su frente contra la suya, cerrando los ojos para saborear el momento, para grabar cada detalle en su memoria.
El perfume embriagador de Aveline se mezclaba con el olor metálico de su propia sangre. Se dio cuenta de que su herida sangraba profusamente, manchando la tela de su camisa y, por ende, parte del cuerpo de Aveline, al estar sobre ella.
Pero eso, lejos de repelerlo, la hacía lucir aún más irresistible a sus ojos. La sangre era una prueba de su sacrificio, de su obsesión, de su amor enfermizo. Era una marca de posesión, un recordatorio de que ella era suya, y solo suya.
Aveline sonrió, una sonrisa depredadora que le heló la sangre en las venas. Acarició su cabello con ternura, sus dedos enredándose entre las hebras oscuras.
—Siempre he estado ahí, Adrian —susurró, su voz suave como una caricia, pero con un filo peligroso—. Siempre te he estado observando. Viendo cómo te convertías en el hombre que eres hoy. El hombre que sé que estás destinado a ser. El hombre que necesito que seas.
Las palabras de Aveline resonaron en la mente febril de Adrian, reverberando como un eco espectral en la oscuridad de su conciencia. "Siempre te he estado observando. El hombre que necesito que seas."La ambigüedad de esa frase lo atormentaba, como una melodía inquietante que no podía sacarse de la cabeza. ¿Qué significaba realmente? ¿Qué papel quería Aveline que él interpretara en su retorcido juego? ¿Era un peón, un amante, o algo mucho más siniestro?
El torbellino de emociones lo arrastraba hacia el abismo de la desesperación. Necesitaba respuestas, necesitaba la verdad, aunque esta lo destruyera por completo. Años de preguntas sin respuesta, de anhelo reprimido, de obsesión enfermiza, se concentraban en ese único momento, amenazando con desbordarlo.
—¿Dónde has estado? —preguntó, su voz temblorosa y desgarrada, aferrándose a ella con la fuerza desesperada de un náufrago agarrándose a un trozo de madera—. ¿Por qué me ocultaste? ¿Por qué no te dejaste encontrar?
Aveline sonrió con una tristeza enigmática, acariciando su mejilla con la yema de los dedos. Su tacto era suave y reconfortante, pero no lograba aliviar el dolor que lo carcomía por dentro.
—Todo tiene una razón, Adrian. Cada encuentro, cada separación, cada lágrima derramada. Y todo llegará a su debido tiempo. Cuando menos lo esperes, las piezas encajarán y el rompecabezas se completará.
Sus palabras eran un velo de evasivas, una cortina de humo que ocultaba la verdad tras una promesa de revelación futura. Adrian sintió una punzada de pánico helada al comprender que no le revelaría nada más. No ahora, quizás nunca. Temía que, si la presionaba, si exigía respuestas, se desvaneciera como una visión, dejando tras de sí solo el eco fantasmal de su presencia.
La desesperación lo invadió como una marea negra, ahogando su razón y su voluntad. No podía permitir que se fuera de nuevo. No podía soportar la tortura de la incertidumbre, el vacío insondable de su ausencia.
Con un gemido ahogado que brotó de lo más profundo de su ser, la abrazó con una fuerza casi brutal, enterrando su rostro en el hueco de su cuello, aspirando su aroma embriagador. Era un gesto infantil, una regresión a la seguridad y la protección que ella le brindaba cuando era niño. Buscaba refugio en su abrazo, anhelando la inocencia perdida, la promesa rota de un amor eterno.
Sintió sus manos deslizarse por su cabello, acariciándolo con una ternura que lo desarmaba por completo. El contacto suave de sus dedos lo calmaba, pero también avivaba el fuego de su deseo, creando una mezcla confusa y perturbadora de emociones. Era como si Aveline tuviera el poder de controlar sus sentimientos, de manipular su mente y su cuerpo con solo un toque.
El dolor en su hombro se intensificó, punzando con una fuerza incandescente. Su cuerpo temblaba incontrolablemente, envuelto en una fiebre ardiente que lo consumía desde adentro. Sentía la frente empapada de sudor frío, la vista nublada por el agotamiento y la confusión. La realidad se distorsionaba a su alrededor, mezclando recuerdos y fantasías en un torbellino vertiginoso.
Aveline se dio cuenta de su malestar. Sintió su temblor, el calor febril de su piel, el pulso acelerado que latía contra su cuello.
—Estás sangrando —dijo, con una voz suave pero cargada de preocupación—. Debo curarte. Déjame ayudarte.
Adrian negó con la cabeza, aferrándose a ella con la desesperación de un hombre al borde del abismo.
—No te vayas —susurró, su voz ronca y quebrada por el dolor y el miedo—. Por favor, quédate conmigo. No me dejes solo otra vez.
El terror a la soledad, a la oscuridad, a la incertidumbre, lo paralizaba. Si se alejaba, aunque fuera solo por un instante, temía que desapareciera para siempre, que todo fuera una cruel ilusión.
—No me voy a ir a ninguna parte —dijo Aveline, con una voz dulce y tranquilizadora, pero que sonaba hueca a sus oídos—. Estoy aquí contigo, Adrian. Siempre lo he estado, de una forma u otra.
Pero sus palabras no lo convencieron. Eran solo promesas vacías, ecos de un pasado que ya no existía. Su mente divagaba, confundida por la fiebre y el agotamiento. Luchaba con todas sus fuerzas por mantenerse despierto, por aferrarse a la realidad, pero la oscuridad lo atraía con una fuerza magnética, prometiéndole un olvido eterno.
—Quédate conmigo… —suplicó, con un hilo de voz, antes de que la conciencia lo abandonara por completo, sumiéndolo en un abismo sin fondo.
El cuerpo de Adrian se desplomó sobre Aveline, pesado e inerte. Lo estrechó entre sus brazos, sintiendo el calor febril de su piel, el latido débil de su corazón. Lo acunó como a un niño pequeño, acariciando su cabello con ternura, mientras la sangre de su herida manchaba su ropa y su piel, tiñéndo de un rojo carmesí.
Lo miró con una expresión indescifrable en el rostro. ¿Amor? ¿Piedad? ¿Compasión? ¿O algo mucho más frío y calculado? ¿Era él una víctima, un peón, o un cómplice voluntario en su retorcido juego?
—Duerme, Adrian —susurró, con una voz suave y melodiosa, pero que carecía de calidez—. Descansa. Yo velaré por ti. Te protegeré de todo mal.