Adrian despertó con la boca seca y un sabor amargo en la lengua. Estaba boca abajo, con la mejilla presionada contra la almohada. La luz del sol se filtraba a través de las cortinas, pintando franjas doradas sobre el suelo de madera.
Un dolor sordo palpitaba en su hombro, pero era diferente. No era el dolor agudo y punzante de la herida abierta, sino un dolor más profundo, como si estuviera sanando.
Con un gemido, se giró lentamente, sintiendo cada músculo de su cuerpo protestar por el esfuerzo. Miró al techo, confundido. ¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado?
La imagen de Aveline apareció en su mente, clara y vívida como si la hubiera visto hacía solo unos instantes. Recordó su rostro, su voz, el tacto de su piel…
¿Pero era real? ¿O había sido solo un sueño, producto de la fiebre y la desesperación?
La herida en su hombro estaba curada, vendada con cuidado. Una pequeña mancha de sangre se filtraba a través de la tela, recordándole la intensidad del encuentro. Las sábanas estaban limpias, impecables, como si nadie hubiera dormido allí.
La habitación estaba en perfecto orden, tal como la había dejado Ramírez. No había rastro de Aveline, ni de su presencia solo... un aroma.
Adrian se incorporó lentamente, sentándose en el borde de la cama. La cabeza le daba vueltas, y se sentía débil y desorientado.
—Me estoy volviendo loco —murmuró para sí mismo.
La idea de que todo había sido una fantasía lo aterraba. No podía soportar la idea de que su mente lo estuviera engañando, de que su obsesión por Aveline lo estuviera llevando al borde de la locura.
Pero su corazón le decía otra cosa. El recuerdo del beso, la sensación de su piel bajo sus manos, el sonido de su voz, el aroma embriagador que aún persistía en el aire… todo era demasiado real para ser una simple invención de su imaginación.
Decidido a encontrar una explicación, se levantó de la cama y comenzó a revisar la habitación. Abrió los cajones del tocador, inspeccionó el armario, buscó debajo de la cama. Nada. Ni una sola pista de que Aveline había estado allí.
Registró la sala de estar, el estudio, incluso el baño. Todo estaba en perfecto orden, como si una fuerza invisible hubiera borrado todo rastro de su presencia.
—Basta —se dijo a sí mismo, frustrado—. Estás siendo paranoico.
Se regañó mentalmente por dejarse llevar por la desesperación. Sabía que Aveline era una obsesión, una herida abierta que nunca había terminado de cicatrizar. Pero nunca había llegado a este extremo, a confundir la realidad con la fantasía.
Se pasó una mano por el cabello, sintiéndose agotado y confundido. A pesar de la razón, seguía sintiendo su presencia en todos lados, como un eco persistente de su voz, como un recordatorio constante de su existencia.
Ese perfume, una mezcla embriagadora de flores, frutas y bosque, flotaba en el aire, invadiendo sus sentidos. Era como una promesa, una señal de que Aveline estaba cerca, observándolo, guiándolo.
Y entonces, recordó su misión. La venganza. El socio que había destruido a sus padres. Esa era su prioridad, su razón de ser.
Aveline era un lujo que no podía permitirse. Una distracción peligrosa que amenazaba con desviarlo de su camino.
Pero, ¿cómo podía ignorar la llamada de su corazón? ¿Cómo podía renunciar a la única mujer que había amado en su vida?
La respuesta era simple: no podía.
Aveline era parte de su pasado, de su presente y de su futuro. Era la luz que iluminaba su camino en la oscuridad, el motor que impulsaba su venganza.
Y no descansaría hasta encontrarla, hasta desentrañar los secretos de su pasado y hacerla suya para siempre.
Adrian respiró hondo, el aire gélido de la mañana quemándole los pulmones. Intentó con todas sus fuerzas desterrar las imágenes confusas y perturbadoras de la noche anterior. ¿Había sido un sueño, una fantasía febril alimentada por la soledad y la obsesión? ¿O una visita real de Aveline, tan fugaz como enigmática, un espejismo en el desierto de su vida?
La duda lo carcomía por dentro, amenazando con socavar su determinación. Pero no podía permitirse dudar. No ahora.
Con una disciplina fría y calculadora, ignoró el dolor sordo que aún palpitaba en su hombro, un recordatorio físico de la intensidad del encuentro (real o imaginario). Se concentró en la tarea que tenía por delante, en el plan que había estado elaborando durante años.
Se vistió con la precisión de un cirujano, eligiendo cada prenda con un cuidado obsesivo. Un traje a medida de corte impecable en un tono gris acero, una camisa blanca almidonada que crujía al moverse, una corbata de seda negra con un sutil patrón geométrico. Cada detalle estaba diseñado para transmitir poder, sofisticación y control.
Frente al espejo, Adrian Locker se desvaneció gradualmente, consumido por la imagen implacable de Alexander Sterling, el empresario exitoso y respetado que el mundo conocía. Un hombre de negocios brillante, un filántropo generoso, un líder visionario. Una máscara intrincadamente construida para ocultar la verdad que se pudría debajo: la sed de venganza que lo consumía desde adentro.
Sus ojos grises, normalmente fríos y calculadores, brillaron por un instante con una intensidad casi dolorosa mientras recordaba el rostro de Aveline. El tacto de su piel, el sonido de su voz, el perfume embriagador que parecía seguirlo a todas partes... ¿Eran recuerdos reales, o solo proyecciones de su mente atormentada?
Sacudió la cabeza con frustración, apartando esos pensamientos intrusos. No podía permitirse distracciones. No ahora.
Salió del lujoso penthouse con paso firme, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre sus hombros. La ciudad se extendía a sus pies, un laberinto de luces y sombras, un escenario donde se libraban batallas silenciosas y se forjaban o destruían imperios. Un lugar donde él, Alexander Sterling, estaba a punto de desatar una tormenta.
Bajó por el ascensor en silencio, ignorando su reflejo en las paredes de acero pulido. Su rostro era una máscara impasible, sin rastro de emoción. No necesitaba hablar. Su chófer, un hombre corpulento de rostro inexpresivo llamado Vargas, entendía las reglas del juego. Sabía que, en presencia de Alexander Sterling, Adrian Locker no existía.
El ascensor se detuvo suavemente en el vestíbulo. Vargas abrió la puerta del lujoso sedán n***o con una reverencia silenciosa. Alexander Sterling se deslizó en el asiento trasero, sintiendo el cuero suave y lujoso bajo su cuerpo. El aroma sutil de cuero y madera flotaba en el aire, una mezcla reconfortante y familiar.
Vargas arrancó el coche y se adentró en el tráfico matutino, deslizándose por las calles con un silencio. El motor ronroneaba suavemente, un sonido hipnótico que relajaba sus nervios.
En el asiento trasero, Alexander Sterling abrió su maletín de cuero y sacó una carpeta gruesa llena de documentos. Informes financieros detallados, extractos bancarios codificados, correos electrónicos confidenciales, transcripciones de conversaciones telefónicas interceptadas... pruebas irrefutables de los crímenes que el traidor de sus padres había cometido.
Repasó cada detalle con meticulosidad, analizando cada transacción, cada movimiento, cada mentira. Su mente trabajaba como una máquina, calculando riesgos y oportunidades, planificando cada paso con precisión milimétrica. La venganza era un plato que debía servirse frío, y él estaba dispuesto a esperar el momento perfecto para saborearlo.
Se detuvo en una página en particular, donde se detallaba una transacción sospechosa entre la empresa de aquel hombre y una oscura empresa fachada en el extranjero. Una sonrisa fría se dibujó en sus labios, una sombra efímera que reveló la crueldad que se escondía tras la máscara de Alexander Sterling. Estaba cada vez más cerca de la verdad, más cerca de desenmascarar al hombre que había destruido a su familia.
Pero la verdad era un arma de doble filo, una espada afilada que podía cortarlo a él también. Cuanto más se acercaba, más peligro corría. Sabía que ese hombre no dudaría en eliminar cualquier amenaza a su poder, y él era una amenaza cada vez mayor.
Pero no le importaba. Estaba dispuesto a arriesgarlo todo por la venganza. No descansaría hasta ver al hombre que había destruido a su familia pagar por sus crímenes. Hasta verlo arrastrarse, suplicando piedad.
De repente, una ráfaga fugaz de un perfume familiar invadió sus sentidos.
Cerró los ojos por un instante, transportado de vuelta a la noche anterior, a la confusión y el deseo que lo habían consumido. ¿Era posible que ella estuviera cerca? ¿Que lo estuviera observando, viéndolo desde las sombras?