CAPITULO 2

1038 Words
Excusas La mañana comenzó igual que todas. Silenciosa. Fría. Perfectamente calculada. Y Adrián odiaba eso. Sentado frente a la larga mesa del comedor, hojeaba distraídamente el periódico mientras Valeria hablaba sobre una cena de beneficencia a la que debían asistir el fin de semana. —Van a estar los Lombardi —comentó ella mientras bebía café—. Así que sería bueno que esta vez no tengas esa cara de funeral. Adrián levantó apenas la vista. —Haré el esfuerzo. Valeria soltó una risa seca. —Qué amable. No había maldad abierta en su tono todavía. Era algo peor. Desprecio elegante. Veinte años juntos enseñaban a destruir sin levantar la voz. Uno de sus hijos bajó las escaleras apresurado, tomó una tostada y salió casi sin despedirse. El otro ni siquiera había despertado aún. Cada uno vivía en su propio mundo dentro de esa enorme mansión. Una familia unida únicamente por fotografías. Adrián dejó el periódico a un lado. —Tengo reuniones temprano. —Como siempre. No respondió. Tomó las llaves del auto y salió de la casa sintiendo el aire frío golpearle el rostro. Y fue ahí… Subiendo al automóvil n***o estacionado frente a la entrada… Cuando volvió a pensar en ella. Lucía. Otra vez. Apretó las manos sobre el volante. Ridículo. Era una empleada más. Una chica cualquiera. Entonces, ¿por qué demonios seguía apareciendo en su cabeza? El edificio de Bianchi Group estaba más agitado que de costumbre. Secretarias corriendo. Teléfonos sonando. Tacones resonando sobre el mármol brillante. Todo el mundo parecía moverse rápido alrededor de Adrián… excepto él. Porque apenas cruzó las puertas principales, sus ojos hicieron algo automático. Buscarla. Y eso le molestó profundamente. Entró al ascensor con expresión dura. Intentando ignorarlo. Intentando convencerse de que no estaba esperando verla. Pero cuando las puertas del ascensor se abrieron en el piso ejecutivo… La vio. De espaldas. Acomodando vasos de cartón sobre una pequeña bandeja. El cabello recogido otra vez. Ese uniforme sencillo. Esa forma delicada de moverse. Adrián sintió algo incómodo apretándole el pecho. Lucía giró apenas al escuchar pasos. Y se sorprendió al verlo. —Buenos días, señor Bianchi. Su voz tenía sueño todavía. Él se quedó mirándola unos segundos antes de responder. —Buenos días. Demasiados segundos. Lucía bajó la vista apenas incómoda y siguió trabajando. Adrián debería haber seguido caminando hacia su oficina. Debería. Pero no lo hizo. —¿Siempre llegas tan temprano? La pregunta salió sola. Ella levantó la cabeza sorprendida, como si no esperara que él quisiera seguir hablando. —Sí… bueno, entro antes porque después tengo otro trabajo. Otro trabajo. Adrián frunció levemente el ceño. —¿Dos trabajos? Lucía sonrió apenas. —Las cuentas no se pagan solas. Lo dijo con naturalidad. Sin lástima. Sin buscar impresionar. Y eso volvió a desarmarlo de una forma absurda. Porque las personas a su alrededor siempre querían algo. Dinero. Contactos. Poder. Ella solo quería trabajar. —¿Cuánto tiempo duermes? —preguntó él antes de pensar. Lucía soltó una pequeña risa. Una risa suave. Real. —Lo suficiente para no caerme parada. Adrián la observó más de la cuenta. Ella tenía ojeras leves. Cansancio en los ojos. Y aun así sonreía. Valeria tenía todo. Y nunca sonreía así. La comparación apareció sola en su cabeza. Peligrosa. Incorrecta. Lucía acomodó un mechón detrás de la oreja. —Perdón… creo que hablo mucho. —No —dijo él rápidamente. Ella lo miró. Y Adrián sintió ese extraño silencio otra vez. Pesado. Tenso. Como si algo invisible comenzara a formarse entre los dos. Entonces una secretaria apareció al final del pasillo. —Señor Bianchi, lo esperan en la sala de juntas. La realidad volvió de golpe. Adrián apartó la mirada primero. —Claro. Lucía dio un paso atrás sujetando la bandeja contra el pecho. Volviendo a marcar distancia. Como si recordara quién era él. Y quién era ella. —Que tenga buen día, señor Bianchi. Otra vez eso. Señor Bianchi. Formal. Correcto. Lejano. Adrián asintió y comenzó a caminar hacia la sala de reuniones. Pero dio apenas unos pasos antes de detenerse. Giró apenas el rostro. Ella seguía ahí. Mirándolo irse. Y cuando sus ojos se encontraron por segunda vez… Lucía apartó la mirada rápido. Como si la hubieran descubierto haciendo algo prohibido. La reunión fue un desastre. No porque saliera mal. Porque Adrián no podía concentrarse. Los números desfilaban frente a él mientras una parte de su mente seguía atrapada afuera, en aquel pasillo. En una chica con uniforme oscuro y manos pequeñas. —¿Señor Bianchi? Parpadeó. Todos en la mesa lo observaban. —¿Está de acuerdo con las condiciones? Adrián tomó aire lentamente. ¿Qué demonios le estaba pasando? —Sí. Continúen. Pero ni siquiera sabía qué acababan de preguntarle. Más tarde, cerca del mediodía, Adrián salió de su oficina buscando un poco de aire. O eso quiso decirse. Porque en realidad… La estaba buscando a ella. Y lo sabía. Eso era lo peor. Caminó por el pasillo lentamente hasta llegar al pequeño sector donde preparaban café para los empleados ejecutivos. Escuchó voces suaves detrás de la puerta entreabierta. —Te vas a enfermar trabajando así, Lu. Era una mujer. Probablemente otra empleada. Lucía soltó una risita cansada. —No puedo darme el lujo de enfermarme. —¿Y tu mamá? Silencio. Pequeño. Breve. Pero suficiente para cambiar algo en el ambiente. —Está mejor… creo. La voz de Lucía salió más bajita esta vez. Adrián frunció el ceño sin entender por qué eso le afectó. No debería importarle. Nada de eso debería importarle. Entonces Lucía apareció por la puerta sosteniendo una caja pequeña entre las manos… y casi chocó con él. Sus ojos se abrieron enormes. —¡Perdón! Adrián sostuvo la caja antes de que cayera. Otra vez ese roce. Otra vez esa maldita sensación. Lucía levantó lentamente la mirada hacia él. Tan cerca… Demasiado cerca. Él pudo sentir el aroma suave de su perfume barato mezclado con café. Y por un instante absurdo… No quiso apartarse. —Señor Bianchi… —susurró ella nerviosa. La voz de Lucía lo sacó del trance. Adrián soltó la caja lentamente. —Ten más cuidado. Pero el problema… Era que el que estaba perdiendo el control no era ella.
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