CAPITULO 1
La chica del café
La lluvia caía sobre la ciudad como un velo gris y elegante.
Desde el piso cuarenta y dos del edificio Bianchi Group, todo parecía pequeño allá abajo. Los autos, las personas, los problemas.
Pero Adrián Bianchi sabía perfectamente que eso era mentira.
Los problemas nunca se veían pequeños.
Solo aprendían a esconderse bien.
De pie frente al enorme ventanal de su oficina, sostuvo el vaso de whisky entre los dedos mientras escuchaba a uno de sus socios hablar sobre inversiones extranjeras y contratos millonarios.
No prestaba atención.
Últimamente no prestaba atención a nada.
—Entonces, si cerramos con los franceses antes de diciembre—…
La voz del hombre se volvió ruido de fondo.
Adrián observó su reflejo en el cristal.
Cuarenta y seis años.
Trajes hechos a medida.
Dinero suficiente para comprar edificios enteros.
Una familia “perfecta”.
Y aun así…
Vacío.
—¿Adrián?
Parpadeó apenas.
—Sí. Continúen sin mí —dijo con frialdad—. Revisaré el contrato después.
Los hombres intercambiaron miradas incómodas.
Nadie discutía con Adrián Bianchi.
Cuando la reunión terminó y la puerta se cerró, el silencio volvió a envolver la oficina.
Pesado.
Sofocante.
Se aflojó la corbata lentamente y tomó aire.
Entonces escuchó unos golpes suaves en la puerta.
Tres golpes pequeños.
Diferentes.
—Pase.
La puerta se abrió despacio.
Y ahí estaba ella otra vez.
La chica del café.
Llevaba el cabello recogido en un moño desordenado, algunos mechones escapando alrededor de su rostro. El uniforme oscuro le quedaba un poco grande y sostenía una bandeja con ambas manos como si tuviera miedo de tirar algo.
Pero sus ojos…
Sus ojos estaban vivos.
No cansados.
No vacíos.
Vivos.
—Disculpe, señor —dijo ella en voz baja—. Me dijeron que trajera esto.
Se acercó al escritorio dejando una taza de café recién hecho y unas carpetas.
Adrián la observó en silencio.
Demasiado en silencio.
Ella lo notó enseguida.
—¿Ocurre algo? —preguntó incómoda.
Él reaccionó tarde.
—No.
Su voz salió más ronca de lo normal.
La muchacha bajó la mirada apenas, nerviosa.
—Soy nueva… todavía me pierdo un poco acá adentro.
Había algo torpemente sincero en ella.
Algo que no encajaba en ese edificio lleno de personas falsas.
Adrián apoyó el vaso de whisky sobre la mesa.
—¿Cómo te llamas?
Ella levantó los ojos.
—Lucía.
Lucía.
El nombre quedó suspendido en el aire unos segundos.
—¿Cuántos años tienes?
La pregunta salió sola.
Ella dudó apenas.
—Veintidós.
Veintidós.
Dios.
Adrián apartó la mirada hacia la ventana.
Era demasiado joven.
Demasiado distinta.
Y aun así no podía dejar de mirarla.
Lucía acomodó las carpetas rápidamente para irse, pero una de ellas resbaló de sus manos y cayó al suelo.
—Perdón, perdón…
Se agachó de inmediato.
Adrián también.
Sus manos se rozaron apenas al tomar los papeles.
Un toque mínimo.
Pero suficiente.
Lucía levantó la vista de golpe.
Y por un instante…
Todo quedó quieto.
El sonido de la lluvia.
La ciudad.
El mundo entero.
Adrián sintió algo extraño en el pecho. Algo incómodo. Algo que no sentía hacía demasiado tiempo.
Ella retiró la mano primero.
Rápido.
Como si ese contacto hubiera sido incorrecto.
—Disculpe —murmuró levantándose enseguida.
Adrián la observó acomodarse un mechón detrás de la oreja, nerviosa.
Pequeños gestos.
Pequeños detalles.
¿Por qué estaba notándolos?
—No tienes que disculparte por todo —dijo él de repente.
Lucía lo miró sorprendida.
Él tampoco entendió por qué había dicho eso.
Ella sonrió apenas.
Y esa sonrisa…
Fue un problema.
Porque no era como las sonrisas calculadas que veía todos los días.
Era dulce.
Natural.
Real.
—Gracias, señor Bianchi.
Y volvió a llamarlo así.
Señor Bianchi.
Como todos.
Pero cuando ella lo decía…
Sonaba distinto.
Lucía tomó la bandeja vacía y caminó hacia la puerta.
Adrián la siguió con la mirada sin siquiera darse cuenta.
Hasta que ella desapareció.
Entonces el silencio volvió.
Pero esta vez no estaba vacío.
Ahora estaba lleno de ella.
Aquella noche, la mansión Bianchi brillaba de lujo y perfección.
La mesa estaba servida impecablemente.
Velas. Copas de cristal. Cubiertos de plata.
Todo tan elegante que parecía una fotografía de revista.
Y aun así…
Nadie hablaba de verdad.
—Mamá quiere organizar una gala benéfica el próximo mes —comentó uno de sus hijos mientras miraba el teléfono.
—Las esposas de los inversionistas franceses van a asistir —añadió Valeria—. Así que necesito que estés presente y no desaparezcas como la última vez.
Adrián cortó la carne lentamente.
—Voy a ir.
—Eso espero.
Ni siquiera sonó cariñoso.
Solo exigente.
Valeria bebió vino sin mirarlo realmente. Seguía siendo una mujer hermosa, sofisticada, impecable.
Pero entre ellos ya no quedaba calor.
Solo años.
Costumbre.
Apariencias.
—¿Estás escuchándome? —preguntó ella de repente.
Adrián levantó la vista.
Y por un segundo…
En lugar de ver a su esposa…
Recordó unos ojos marrones nerviosos y una sonrisa tímida sosteniendo una bandeja de café.
Apretó la mandíbula.
Molesto consigo mismo.
—Sí, Valeria.
Mentira.
No estaba ahí.
Porque por primera vez en muchísimo tiempo…
Algo había despertado dentro de él.
Y eso lo irritaba.
Mucho.
Esa madrugada, Adrián no pudo dormir.
Acostado junto a su esposa, observó el techo oscuro de la habitación mientras escuchaba la respiración tranquila de Valeria.
Giró la cabeza lentamente.
Ella dormía dándole la espalda.
Distante incluso dormida.
Adrián cerró los ojos.
Pero en lugar de oscuridad…
La vio a ella.
Lucía.
Su voz suave.
Sus manos pequeñas.
Su forma de mirarlo sin interés ni miedo.
Abrió los ojos de golpe.
Maldita sea.
Se levantó de la cama y caminó hacia el ventanal.
La ciudad seguía despierta abajo.
Y él también.
Porque algo dentro suyo empezaba a romperse lentamente.
Y lo peor…
Era que quería volver a verla.