Elena llevó su mirada trás ella, movió un poco la cabeza sobre su hombro; pudo escuchar como a lo lejos se acercaba un hombre montando a caballo, un hombre que llevaba un armadura idéntica a la de Eugene.
En cuanto Eugene vio a su compañero llegar, este se irguió y espero atentamente a que el sujeto se bajara del animal y se apresurara a entregarle el mensaje que parecía tener en la garganta. Parecía ser que aquél guardia había sido enviado por parte de Margaret, esto sólo lo hacia ella cuando se trataba de algo muy importante como para esperar. Sin embargo, también parecía que el caballero real, compañero de Eugene, llevaba una expresión acelerada, como si lo que tenía que decir no fuera demasiado formal, sino más bien una alerta inmediata.
Ruth se levantó del tronco en el que había estado comiendo y riendo con las peleas de Elena de Eugene, esto mientras disfrutaba el olor del lago. En cuanto vio al guardia que cabalgaba supo que algo no andaba bien, pero tampoco tan mal. No tenía cara de que haya muerto alguien, y todos sabemos que la muerte es siempre lo peor que puede esperarse, ¿no?
—Eugene —se adelantó el guardia y se acercó al nombrado, agitado—. Tienen que volver al palacio. Y tú y yo —se dirigió al joven una vez más—, debemos ir al centro del mercado.
—¿Qué es lo que ocurre? —le preguntó Eugene al sujeto a la vez que le sostenía de los hombros.
—En el centro del mercado hay un soldado de la nación de Rubí buscando darle un mensaje a Margaret —contó el guardia—. Es obvio que nadie le ha dejado moverse de ahí donde está. Es que es insólito esto, Eugene. ¿Cómo se atreve esa mujer, Ágata, a mandar a uno de los suyo en búsqueda de nuestra soberana?
Elena frunció el ceño y chistó molesta con la vista centrada en la tierra húmeda bajo sus botas de hierro.
—¡Esa maldita irrespetuosa! —exclamó Eugene hastiado, pues su lealtad a Margaret le hacía llevar un comportamiento furioso contra aquellos que buscaban hacerla caer del trono— ¡se cree tanto esa arpía! —volvió a refunfuñar—. Yo mismo le enseñaré a ese soldado de Rubí todo el ruido que nosotros los Zafiro podemos hacer en nombre de Margaret. ¡Esta falta de respeto es inaceptable y no me tragaré la ira! ¡se las escupiré en la cara con gusto!
—Andando.
—Elena, súbanse al caballo y vuelvan al palacio, vayan a través de los árboles, no quiero un alboroto —pidió el pelinegro bien decidido—. Mi amigo y yo iremos a pie hasta el mercado, no os preocupéis por eso —agregó.
—¿A pie? —cuestionó el guardia y Eugene le cubrió la boca con una mueca de regañina.
Elena asintió y le dedicó una mirada firme a Ruth; la joven se levantó del tronco y le asintió de vuelta sin mucho más que poder hacer. Desde que se había despertado no había hecho mucho más que seguir las órdenes de un montón de personas extrañas. ¿Es que acaso eso no debería ser un crimen? Aunque qué era peor, ¿seguir órdenes o seguir desorientada? Al menos ahora tenía una idea más o menos formada de dónde quedaba la nación de los Zafiro, por qué se dividían las cosas, y quiénes eran quiénes en el papel del reinado.
También sabía que había mucho otros nombres mejores que «Ruth» en el diccionario. Saber cosas no la hacían más sabía al tomar decisiones importantes, curiosamente.
La mujer de cabello platinado se acercó al caballo, pensando por un momento en su yegua Flecha, y se subió a este; en ese momento, invitó a Ruth a subirse y la joven muy torpemente se subió de una forma... humillante. De hecho, Elena jamás había visto a alguien que se montara tan mal a un corcel.
—Muy bien, vamos... —murmuró la ex-soberana en señal de aviso; Ruth se sujetó con fuerza cuidado muy bien de no caerse y darse un buen golpe por despistada. Y entonces Elena ordenó amablemente al animal a ponerse en marcha, a trote.
Ruth esperaba que todo estuviera bien dentro del palacio, con la reina Margaret.