Ruth se sentó sobre un tronco de madera a la orilla del lago y, luego de respirar profundo, se llevó un pedazo de pan a la boca.
—Un lago —dijo con la boca entrellena y los ojos perdidos en el agua.
—El lago —repitió Eugene lanzando una piedra a la profundidad del mismo.
—Estamos perdiendo el tiempo —opinó Elena—. No, déjame adivinar, le estamos dando tiempo a Margaret de pensar en qué hacer con Ruth.
—Margaret sabrá que hacer con Paulina —bufó el caballero real aún lanzando pequeñas piedras al lago, esto mientras la jovencita sentada en el tronco le veía con molestia ya que este seguía cambiando su nombre—, por ahora podemos sólo calmarnos un segundo y... no sé, disfrutar del descanso —dijo a la vez que lanzaba otra piedra más grande que las anteriores, trató de hacerlo con mucha fuerza.
—Da igual, sea como sea me llevaré a la niña al noroeste —dijo la mujer con la armadura de hierro—, lo sabes, ¿no?
—Pff, no digas tonterías... —se burló Eugene, pero Elena ni sé inmutó.
—¿Irme contigo? —cuestionó Ruth alzando la morada con sorpresa.
—Niña, eres una integrante de Hierro, tu lugar está en mi hogar —aseguró Elena—. Verás como en poco tiempo comienzas a sentirte parte del grupo.
—¿Grupo? ¿cuál grupo? Sólo eres tú —Eugene se acercó a la ex-soberana, alzando una ceja y viéndole con sospecha.
Elena se quedó en silencio por algunos segundos, y dada la presión de la situación pronto exclamó:
—¡Aún tomo en cuenta la presencia de los caídos bajo mi nombre! —mentía. ¿Pero quién podría notarlo? Elena daba esa sensación de... heroísmo trágico.
Eugene desvió su mirada a otra dirección, indignado.