Mia caminaba de un lado a otro en la sala de espera; sus manos temblaban tanto. Cada vez que la puerta de entrada se abría, el corazón le daba un vuelco; esperaba ver aparecer a la policía en cualquier momento para ponerle las esposas y llevarla lejos de su libertad. Sin embargo, en esta zona olvidada de la mano de Dios, la ley era un concepto lejano. El hospital apenas tenía insumos básicos y la estación de policía más cercana estaba a horas de camino por terracería. "¿Qué he hecho?", se preguntaba en un susurro quebrado. El hombre que había atropellado estaba entre la vida y la muerte, y ella se sentía como una criminal. La culpa, más pesada que cualquier condena legal, la asfixiaba. Se detuvo frente a la ventana empañada y respiró hondo. —No voy a huir —se dijo a sí misma, limpi

