Capítulo: Ojo por ojo, diente por diente

1167 Words
Tiana miraba a la nada. Sus ojos permanecían abiertos, fijos en un punto inexistente, como si el mundo frente a ella se hubiera disuelto, como si la realidad hubiera perdido contornos, colores, sentido. No parpadeaba. Apenas respiraba. Cada inhalación era corta, irregular, como si el aire le pesara demasiado en los pulmones. Sus manos descansaban sobre el regazo, inmóviles, pero los puños estaban tan apretados que los nudillos se habían vuelto blanquecinos, casi violáceos. Le dolían los dedos. Le ardían las articulaciones. Pero ese dolor físico era insignificante comparado con el que le desgarraba el pecho desde adentro, con esa presión constante que le aplastaba el corazón como si alguien lo estuviera estrujando lentamente. Dentro de ella no había calma. Había un huracán. Un caos furioso que giraba sin descanso, arrasándolo todo. La traición. El asco. La humillación. Cada emoción se mezclaba con la siguiente hasta formar una masa espesa, sofocante, que le cerraba la garganta. Cada recuerdo de Isidro, cada palabra que alguna vez le había dicho, cada gesto de falsa preocupación que antes había confundido con amor, ahora se transformaba en un cuchillo girando lentamente dentro de su carne. Recordó su voz. Su sonrisa. Sus promesas. Y sintió ganas de vomitar. Fue entonces cuando el teléfono vibró. El sonido la sacó de ese estado casi catatónico. El aparato tembló sobre la mesa como si quisiera arrancarla de ese abismo. Tiana bajó la mirada con lentitud, como si mover el cuello le costara un esfuerzo inmenso. Vio el nombre en la pantalla y, sin pensarlo, respondió de inmediato. —¿Sí? —dijo, con una voz que apenas reconoció como propia. —Señora Tiana —habló una voz profesional al otro lado—. Su hermano envió por usted, se enteró de lo que pasó. Mañana irán a recogerla. Tiana cerró los ojos por un segundo, apretándolos con fuerza. —Tengo lo que me pidió —continuó la voz—. Ya se lo he enviado por mensaje. Además… tengo más copias del video. El corazón de Tiana dio un golpe seco, brutal, como si hubiera chocado con sus costillas desde adentro. Sintió un frío recorrerle la espalda. El video. La prueba. La verdad que Isidro había intentado enterrar. —Su hermano quiere saber —añadió la voz— si se ocupará usted misma del divorcio o si desea que él intervenga directamente. Tiana respiró hondo. Durante años había permitido que otros decidieran por ella. Que la empujaran. Que la callaran. Que la convencieran de que exageraba, de que estaba equivocada, de que debía agradecer lo poco que le daban. Durante años había confundido control con amor y silencio con estabilidad. Eso había terminado. —Lo haré yo misma —respondió al fin, con una firmeza que la sorprendió incluso a ella—. Mañana vengan por mí a primera hora. A la mansión Valenzuela. Colgó sin esperar respuesta. El silencio volvió a envolverla, pero ya no era el mismo. No era un silencio vacío. Era un silencio cargado, denso, como el que precede a una tormenta. Algo había cambiado dentro de ella. Una decisión se había sellado. No con palabras. Con sangre. Esperó. No durmió. No cerró los ojos. Se limitó a observar cómo la noche se estiraba interminable, cómo las sombras se deslizaban lentamente por las paredes del hospital. Cuando el cielo comenzó a aclararse y el amanecer se filtró tímidamente por la ventana, Tiana seguía despierta, con la mirada fija y el cuerpo tenso. Cuando finalmente le dieron el alta médica, no agradeció. No sonrió. No intercambió cortesías. Se vistió con movimientos lentos, precisos, ocultando el temblor que recorría su cuerpo. Cada gesto parecía medido, contenido, como si cualquier descuido pudiera hacerla quebrarse. Tomó un taxi. Durante el trayecto, la ciudad pasó frente a sus ojos como una película muda. Calles, edificios, personas… todo le parecía distante, ajeno, irrelevante. Como si ya no perteneciera a ese mundo. Como si hubiera cruzado una frontera invisible de la que no había retorno. Cuando el vehículo se detuvo frente a la mansión Valenzuela, su estómago se encogió con violencia. Ese lugar había sido su hogar. Y también su jaula. Pagó al conductor y bajó. Apenas cruzó la puerta, no perdió tiempo. No miró alrededor. No se detuvo a recordar. Subió directamente a su habitación. Cada paso resonaba en los pasillos silenciosos como un eco del pasado. De las discusiones calladas. De las humillaciones disimuladas. Cerró la puerta tras de sí y comenzó a empacar sin vacilar. Vestidos. Zapatos. Joyas. Todo aquello que le pertenecía. Todo lo que había sido suyo antes de que Isidro intentara comprarla con dinero, con regalos, con migajas de atención. Dejó fuera todo lo que él había comprado. No quería nada que llevara su nombre. Nada que tuviera su olor. Nada que cargara su sombra. Cuando terminó, la maleta estaba cerrada. Solo entonces tomó los papeles de divorcio que descansaban sobre la cama. Los sostuvo entre sus manos, observando su nombre impreso en ellos. Sintió un nudo en la garganta, una presión dolorosa, pero no lloró. No podía. Ya no quedaban lágrimas para ese hombre. La puerta se abrió de golpe. Una risa femenina, aguda y burlona, llenó la habitación como una cuchillada. —Oh… no me digas que te vas, querida Tiana —dijo Candy, entrando sin ningún pudor—. ¿Es porque Isidro me dio parte de tu piel? Se acercó, despacio, saboreando cada palabra, disfrutando la herida abierta. —¿De verdad no aguantas nada? —continuó—. Siempre fuiste demasiado sentimental. Tiana no la miró de inmediato. Pero algo dentro de ella se quebró para siempre. Giró de pronto, con una rapidez que ni ella misma esperaba, y le tomó el brazo a Candy justo donde estaba la herida. Presionó con fuerza, sin compasión. El grito fue inmediato. Candy chilló y comenzó a llorar como un animal herido, retorciéndose de dolor. Esta vez no había actuación. No había teatro. Le dolía. Y mucho. Tiana la empujó con b********d contra el suelo. Candy cayó pesadamente, jadeando. Tiana la abofeteó En ese instante, se escucharon pasos apresurados en el pasillo. La puerta volvió a abrirse. Isidro apareció acompañado de varios guardias. —¡Tiana! —gritó—. ¡Suéltala! ¿Qué crees que estás haciendo? ¡Estás lastimando a Candy! Tiana levantó la mirada lentamente. Sus ojos estaban fríos. Vacíos. Irreconocibles. Con la mano libre, lanzó los papeles del divorcio al suelo, justo frente a Isidro. —Firma el maldito divorcio —dijo con una calma aterradora— o enviaré el video tuyo con Candy engañándome a todo el mundo y mostraré que son infieles. Isidro la miró, incrédulo, pálido. —¿Te volviste loca? —espetó—. ¡No puedes hacer esto! —O firmas el divorcio o juro que destruiré la reputación de tu querida hermanastra y amante. El silencio se volvió insoportable. Isidro tragó saliva. Por primera vez, entendió algo que siempre había ignorado. Tiana no estaba fingiendo. Y hablaba muy en serio.
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