En el hospital, el aire estaba impregnado de un olor áspero a desinfectante, un aroma invasivo que se pegaba a la garganta y hacía arder los ojos.
Las luces blancas del área de urgencias caían sin piedad sobre los rostros tensos, resaltando cada gesto de ansiedad, cada miedo mal disimulado, cada mirada rota por la desesperación. Todo parecía expuesto, desnudo, sin espacio para ocultar la fragilidad humana.
Candy gritaba.
Su voz, aguda, quebrada, desesperada, atravesaba los pasillos como un cuchillo afilado, rebotando en las paredes y haciendo que algunas enfermeras se miraran con incomodidad.
No era un grito de dolor físico; era algo más profundo, más visceral. Era pánico puro. Rabia. El terror absoluto por perder aquello que para ella lo era todo: su imagen, su perfección, su belleza.
—¡Me duele! ¡Me duele! —chillaba, retorciéndose sobre la camilla—. ¡No quiero verme así! ¡No pueden dejarme así!
Las lágrimas corrían por sus mejillas perfectamente maquilladas, arrastrando rímel y base, manchando ese rostro que siempre había sido su mayor arma.
Para Candy, verse vulnerable era peor que cualquier herida. Su cuerpo temblaba, no tanto por el dolor, sino por el miedo a dejar de ser quien creía ser.
A unos pasos de distancia, el doctor intentaba mantener la calma mientras hablaba con Isidro. Bajó la voz, como si el simple acto de hablar en un tono más suave pudiera contener el caos que se desbordaba en la sala.
—No es nada grave —dijo con profesionalismo, midiendo cada palabra—. La herida cicatrizará bien, pero… quedará una marca.
Isidro frunció el ceño, apenas escuchó la palabra marca. Algo en su interior se tensó.
Antes de que pudiera decir nada, Candy giró la cabeza con violencia, como si aquella palabra le hubiera atravesado el pecho.
—¿Una cicatriz? —gritó, incorporándose de golpe—. ¡No! ¡No puedo tener una cicatriz! Soy modelo, soy importante, ¡Isidro, por favor!
Su mirada se clavó en Isidro con una desesperación que rozaba la histeria. En sus ojos había súplica, pero también exigencia.
—¡Soy una it girl nacional! —continuó—. ¡Mi imagen lo es todo! Si quedo marcada… —su voz se quebró, teatral— me voy a deprimir… me voy a morir.
Isidro apretó los labios, incómodo, sintiendo cómo la presión se cerraba alrededor de su pecho. Conocía ese tono. Sabía lo que venía después.
El doctor respiró hondo antes de continuar, consciente de que cada palabra podía detonar otra explosión.
—Existe una solución —añadió—. Necesitará un injerto de piel. Podemos tomar tejido del glúteo o del tobillo. Son zonas discretas, que no se notan demasiado.
Candy abrió los ojos, horrorizada, como si acabara de escuchar la peor ofensa imaginable.
—¡No! —gritó—. ¡No puedo! ¡No puedo permitir eso!
Negó con la cabeza una y otra vez, como si rechazar la idea pudiera hacerla desaparecer.
De pronto, como si una chispa oscura hubiera explotado en su mente, su expresión cambió. El llanto se detuvo de golpe. Sus ojos se iluminaron con una mezcla peligrosa de emoción y crueldad.
—Isidro… —dijo con voz temblorosa, casi dulce—, tengo una idea.
Él la miró con recelo, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.
—La piel de Tiana —continuó Candy, bajando la voz hasta convertirla en un susurro venenoso— es tan blanca como la mía. Tan delicada. Tan suave… igual que la mía. ¿Podríamos usar esa?
El silencio cayó pesado, aplastante, como una losa. Incluso el doctor se quedó inmóvil.
Isidro dio un paso atrás, como si aquellas palabras lo hubieran golpeado físicamente.
—Eso es… demasiado, Candy —dijo con dificultad—. Estás yendo muy lejos.
Pero ella ya no escuchaba razones.
Su rostro se descompuso y comenzó a llorar de forma descontrolada, con sollozos fuertes, teatrales, desgarradores, diseñados para romper cualquier resistencia.
—Claro… —lloró—. Es que la amas más que a mí, ¿verdad? —lo señaló con un dedo tembloroso—. Ahora ella es tu esposa… ahora ella vale más que yo.
Cada palabra estaba cargada de veneno y victimismo.
—Yo ya no importo —siguió—. Yo soy la que sobra.
Candy se dobló sobre sí misma, llorando como si el mundo se le viniera abajo. Isidro sintió cómo su voluntad se debilitaba, como siempre ocurría con ella.
Ese llanto lo desarmaba, lo hacía sentirse culpable, responsable, atado.
Se acercó y la abrazó con torpeza.
—No llores —murmuró—. Por favor… Candy…
—Voy a suicidarme si quedo marcada, ¿Eso es lo que quieres? ¿Qué yo muera?
Cerró los ojos, derrotado.
—Eres mi debilidad —confesó en voz baja—. Está bien. Lo haré. Compensaré a Tiana por esto.
Candy dejó de llorar casi al instante.
El cambio fue casi imperceptible, pero real. Una sonrisa leve, satisfecha, se dibujó en sus labios. Había ganado. Y lo sabía. Aquello no solo era una victoria: era algo peor.
Una humillación cruel para una rival que solo existía en su mente, pero cuya derrota necesitaba saborear.
Minutos después, Isidro salió del área de urgencias con el pecho apretado y la cabeza llena de pensamientos oscuros. Todo lo que esperaba era silencio, aire, distancia… pero se encontró con Rey Monteblanco.
No tuvo tiempo de reaccionar.
Reynaldo lo tomó del cuello de la camisa con violencia, empujándolo contra la pared.
—¡Tú! —rugió—. No mereces a Tiana Romanov.
Sus ojos ardían de furia, de una rabia contenida que había esperado demasiado tiempo.
—Si le haces daño, pagarás caro —amenazó—. Te hundiré.
Isidro se soltó de un empujón, respirando agitado.
—¿Quién te crees que eres para defender a mi esposa de mí? —escupió con desprecio.
La respuesta fue inmediata.
Reynaldo le dio una bofetada brutal que lo lanzó al suelo. El golpe resonó seco, humillante.
Isidro intentó levantarse para devolver el ataque, pero una mano firme lo detuvo.
—¡Señor! —intervino su asistente, alarmado—. Es el heredero de los Monteblanco. Si va contra él, podría provocar problemas financieros graves. Podría hundir nuestras empresas.
Isidro se quedó quieto, temblando de rabia, con la mandíbula tensa y los puños apretados
Levantó la mirada y se cruzó con los ojos de Reynaldo, llenos de desprecio.
En ese momento, el teléfono de Reynaldo sonó. Contestó y su expresión cambió, endureciéndose aún más.
—Me voy —dijo con frialdad—. Pero si intentas algo contra Tiana… lo lamentarás.
Reynaldo Monteblanco se alejó sin mirar atrás.
Isidro se quedó ahí, respirando con dificultad, frunciendo el ceño.
—¿Por qué ese loco tiene interés por mi esposa? —murmuró, inquieto.
Entonces el doctor apareció con unos documentos en la mano.
—Señor —dijo—, necesita firmar aquí. Es la autorización para la donación de tejido de piel de su esposa, la señora Valenzuela, a la señorita Candy.
Isidro tomó los papeles. Sus manos temblaban. El peso de lo que estaba a punto de hacer se le clavó en el pecho como una culpa silenciosa.
Pensó en Tiana.
—Voy a compensarte —susurró, más para sí mismo que para alguien más.
Y firmó.